Reporte Católico Laico

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JGH: Notas Biográficas

JGH: Notas Biográficas

La prole de Don Benigno

 

 

José Gregorio Hernández fue el segundo hijo del matrimonio de don Benigno Hernández y doña Josefa Antonia Cisneros. A la primogénita, nacida el 24 de mayo de 1863,  le dieron el nombre de María Isolina, quien murió el 4 de diciembre de ese mismo año, sumándose a la altísima mortalidad infantil que en aquella época diezmaba a la muy reducida población venezolana, a lo que se agregaban  endemias y  epidemias, que tanto preocuparon a Rafael Rangel, el más talentoso de los discípulos de José Gregorio Hernández, también trujillano. Los otros hijos de esa unión fueron: María Isolina del Carmen (1866), María Sofía (1867), César Benigno (1869), José Benjamín Benigno (1870)  y Josefa Antonia (1872).

Doña Josefa Antonia Cisneros murió en 1872, pocos días después del nacimiento de su última hija, quizás por lo que entonces se llamaba fiebre puerperal. Cuatro años después (1876) don Benigno se casó en la iglesia de San Alejo, en Boconó,  con María Hercilia Escalona. Con ella procreó  a María Avelina (1877), Pedro Luis (1878), Ángela Meri (1880), Sira María (1882), José Benigno (1884) y Hercilia del Carmen (1887).

De los trece hijos de don Benigno, Sira María se hizo monja dominica en Puerto España, lo que indica que en su segundo matrimonio mantuvo él la misma religiosidad que en el primero. Y dos de sus hermanas también fueron monjas, una clarisa en Mérida, la otra dominica en Trujillo.

En 1878, antes de cumplir los 14 años, José Gregorio fue enviado  a estudiar en el  Colegio Villegas, que en Caracas dirigía el doctor Guillermo Tell Villegas. Iba solo. Un niño campesino. Pero tenía la fortaleza de su fe y de su inteligencia. Fue el mejor estudiante que pasó por las aulas de aquella famosísima institución.

 

 

La muerte de la madre

En 1872, cuando perdió su madre, José Gregorio Hernández tenía 8 años, período etario en el que la presencia materna no sólo es necesaria para el cuidado físico, sino para la determinación de la personalidad. Dudo al decir “perdió su madre”. Pude escribir “quedó huérfano”. O simplemente que ella murió, como tantas otras en aquella época de tan pocos recursos para enfrentar las enfermedades. Pero esos  tres términos, que para otros casos significan más o menos lo mismo, no califican exactamente la situación del niño José Gregorio. No perdió la madre porque hasta su muerte mantuvo virtualmente una estrecha vinculación con ella, presente siempre en sus sentimientos y decisiones, de modo que no murió para él, y por lo mismo no fue un huérfano. Se dio una separación física muy dolorosa, pero ya no marcadora de la esencia de su personalidad.

Interpretemos esta situación con la sabia conclusión de la siquiatra Ana Freud, la madre como símbolo de la leche y la miel bíblicas: perdió José Gregorio la miel que brinda la madre natural, pero recibió hasta su adolescencia la leche nutritiva, aunque también muy espiritualizada, de María Luisa Hernández, Mama Luisa, tía paterna, su segunda madre.

Cerca del cementerio de Isnotú había unas piedras muy grandes que los vecinos llamaban “las piedras negras”. Se cuenta que allí, después de la partida de su madre, todas las tardes se sentaba el niño José Gregorio a orar por ella. A este ambiente luctuoso se agregó la presencia de Sor Ana Josefa del Sagrado Corazón de Jesús,  hermana de don Benigno, quien se la trajo a su casa en 1874, cuando Guzmán Blanco decretó el cierre de los conventos. Vivía en el solar, en un modesto claustro construido para ella. Y flotaba el recuerdo de la otra tía paterna monja, Sor María de Jesús, del Convento Santa Clara, en Mérida, muerta pocos días antes de que se cumpliera aquel mefítico decreto.

 

 

Los estudios primarios

 

Cuando José Gregorio Hernández llegó a la edad de la primera escolaridad,  ya conocía los rezos y las oraciones fundamentales del ejercicio católico, y mucho de la historia sagrada, impartidos por su madre Josefa Antonia y su tía paterna María Luisa, quienes también se encargaron, como era lo usual en aquellos años de tan enorme atraso, de enseñarlo a leer y escribir, tarea que no les fue difícil, pues el niño, de inteligencia excepcional y voluntarioso para todo lo que fuera aprender, asimilaba rápidamente las lecciones.

Más tarde, cercano a los 9 años de su edad, cuando le fue necesario ampliar esos conocimientos básicos, de muy acentuado peso religioso,  lo inscribieron en la escuelita privada que en Isnotú regentaba don Pedro Celestino Sánchez, antiguo marinero, quien le completó la enseñanza primaria con materias más terrenales. Al cabo de cuatro años, el admirado maestro  informó a don Benigno que  no tenía nada más que enseñarle al casi adolescente discípulo, y le recomendó que lo encaminara a estudios superiores, porque el talento del muchacho era prodigioso. Así se hizo. Poco antes de que cumpliera sus 14 años fue enviado al Colegio Villegas de Caracas, institución de un altísimo prestigio. Travesía larga y riesgosa: Isnotú, Betijoque, Sabana de Mendoza, Santa Apolonia y La Ceiba en mula; por el lago hasta Maracaibo, y después por mar a Curazao, Puerto Cabello y La Guaira, y por tren, desde este puerto, a la ciudad capital. Dos generales, diputados al Congreso, amigos de la familia, fueron sus compañeros de viaje: Jesús Romero y Francisco Vásquez. Con esos dos señores, el largo viaje debió de ser para el inteligente y ávido muchacho un curso intensivo sobre la muy compleja historia trujillana, sobre todo la de los años de relativo progreso de don Juan Bautista Carrillo Guerra.

 

Por: Raúl Díaz Castañeda


Francisco José González Cruz

Universidad Valle del Momboy