Reporte Católico Laico

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Vaclav Havel: Política, moralidad y civilidad

Vaclav Havel: Política, moralidad y civilidad

Por ridículo o quijotesco que suene hoy en día, una cosa me parece cierta: que tengo la responsabilidad de enfatizar, una y otra vez, el origen moral de toda auténtica práctica de la política; de poner hincapié en el significado de los valores y normas morales en todos los aspectos de la vida social, incluida la economía, y explicar que si no hacemos el intento, desde dentro de nosotros mismos, de descubrir, redescubrir o cultivar lo que llamo «la responsabilidad superior», las cosas terminarán muy, pero muy mal para nuestro país.

El retorno de la libertad a una sociedad que ha sido moralmente trastornada produjo algo claramente inevitable, que pudimos haber esperado, pero que, a la vez, ha terminado por revestir una mayor gravedad de la que cualquiera pudiera haber pronosticado: ello es, una enorme y deslumbrante explosión de cada vicio humano imaginable. Una amplia gama de tendencias humanas cuestionables o, al menos, moralmente ambiguas, sutilmente fomentadas a lo largo de los años y, al tiempo, solapadamente destinadas a servir las operaciones cotidianas del sistema totalitario, de repente se han liberado, por así decirlo, de su camisa de fuerza y, por fin, han ganado la libertad. El régimen autoritario impuso un cierto orden — si es esta la palabra apropiada — sobre dichos vicios (con lo cual, de alguna manera, los «legitimó»). Aquel orden hoy se ha hecho añicos, pero uno nuevo que pondría límites en lugar de servirse de esos vicios, un orden basado en la responsabilidad libremente asumida frente a, y por parte de la sociedad en su conjunto, aún no ha sido construido; tampoco pudo haberlo sido, ya que desarrollar y cultivar esa clase de orden requiere muchos años.

Es así que nosotros pasamos a ser los testigos de un estado de cosas extrañísimo: si bien es cierto que la sociedad se ha liberado, en algunos aspectos se comporta de peor manera que cuando se encontraba aprisionada. La criminalidad ha crecido con rapidez y los conocidos contenidos de cloaca, que en tiempos de reversión histórica siempre brotan de los bajos fondos de la psíquis colectiva, se han desbordado hacia los medios masivos de la comunicación, sobre todo a la prensa roja. Pero hay otros síntomas, más graves y más peligrosos aún: el odio entre las nacionalidades, la sospecha, el racismo, incluso señales de fascismo; la politiquería, la lucha desenfrenada y ciega por intereses puramente particulares; la ambición no adulterada, fanatismo de todo tipo concebible, variedades nuevas y sin precedente de robo, el surgimiento de distintos tipos de mafias, y una falta predominante de tolerancia, comprensión, buen gusto, moderación y cordura. Existe también una nueva atracción hacia las ideologías, como si el marxismo hubiese dejado tras sí un vacío enorme y perturbador que fuera preciso volver a llenar a toda costa.

Basta con echar un vistazo al escenario político (cuya falta de civilidad no es sino el reflejo de una crisis más generalizada de vacío de urbanidad). En los meses inmediatamente anteriores a las elecciones de Junio de 1992, prácticamente toda actividad política, incluidos los debates sobre proyectos de ley de suma importancia en el Parlamento, se han desarrollado a la sombra de una campaña preelectoral, de una avidez extravagante de poder y la disposición hacia ganar el favor de un electorado confuso, ofreciéndole una colorida gama de necedades atractivas. Las acusaciones mutuas, las denuncias y calumnias entre los oponentes políticos no conocen límites. Un político socavará el trabajo de otro, sólo porque cada uno pertenece a un partido distinto. Las consideraciones partidarias todavía tienen precedencia por sobre los intentos pragmáticos de llegar a soluciones razonables y útiles para los problemas. El análisis serio queda marginado de la prensa por privilegiar la propagación de escándalos. Prestarle apoyo al gobierno por una buena causa es prácticamente visto como vergonzoso; y propinarle golpes bajos, por otro lado, como loable. Los ataques solapados a políticos que apoyan abiertamente a otro grupo político, son el pan de todos los días. Cualquiera puede acusar a cualquiera de incompetencia o de practicar intrigas, o de tener un pasado o intenciones sospechosas.

Abunda la demagogia, e incluso algo tan importante como el anhelo natural del pueblo por la autonomía es explotado en luchas de poder, mientras los rivales compiten entre sí en mentirle al público. Muchos miembros de la cúpula partidaria, la llamada nomenklatura, quienes hasta hace muy poco fingían estar preocupados por la injusticia social y la clase trabajadora, han dejado de lado las máscaras y, casi de la noche a la mañana, se transforman abiertamente en especuladores y ladrones. Más de un comunista a ultranza de antaño, hoy está convertido en capitalista inescrupuloso, que se ríe abierta y desvergonzadamente del mismo trabajador cuyos intereses alguna vez supuestamente defendieron.

Los ciudadanos se tornan cada vez más disgustados con todo esto y su disgusto se dirige comprensiblemente contra el gobierno democrático que ellos mismos han elegido. Aprovechándose de la situación, algunos personajes de antecedentes sospechosos han estado ganando el creciente apoyo popular con ideas tales como, por ejemplo, la necesidad de echar el gobierno entero en el río Moldava.

Y, sin embargo, si un puñado de amigos y yo pudimos durante años dar cabezazos contra la pared, declarando la verdad sobre el totalitarismo comunista en medio de un mar de apatía, entonces hay razones de sobra para que siga haciendo lo mismo, hablando ad nauseam —a pesar de las sonrisas condescendientes en mi derredor— sobre la responsabilidad y la moralidad frente a nuestro actual marasmo social. No hay razón para pensar que esta lucha sea una causa perdida. La única causa perdida es aquella a la cual renunciamos antes de entrar al campo de batalla.

Una y otra vez me he persuadido de que un enorme potencial de buena voluntad duerme en el seno de nuestra sociedad; sólo que es incoherente, reprimido, confuso, estropeado y perplejo —como si no supiera en qué apoyarse, por dónde empezar, dónde o cómo encontrar los cauces significativos para su expresión.

En tal estado de cosas, los políticos tienen el deber de despertar ese potencial dormido, de ofrecerle una dirección y facilitar su pasaje, de animarlo y darle espacio o, simplemente, esperanza. Dicen que una nación recibe los políticos que se merece. En cierto sentido, es cierto: los políticos son de hecho el reflejo de su sociedad y una suerte de encarnación del potencial de ésta. Depende mayormente de los políticos qué fuerzas sociales se liberarán, y cuáles serán suprimidas; si se apoyarán en lo bueno de cada ciudadano, o en lo malo. El régimen anterior sistemáticamente movilizó las peores cualidades humanas, tales como el egoísmo, la envidia y el odio. Aquel régimen fue mucho más que lo que nos merecíamos, también fue el responsable de aquello en el cual nos transformamos. Quienes se encuentran desempeñando el papel de políticos, por lo tanto, llevan una responsabilidad mayor por el estado moral de la sociedad, y es su deber descubrir lo mejor dentro de ella, desarrollarlo y fortalecerlo.

A propósito de lo anterior, hasta los políticos cuya mala voluntad y falta de visión me enfurecen, no son en su mayoría de pensamiento maldadoso. Más que esto, son faltos de experiencia, fácilmente contagiados por las coyunturas del momento, fácilmente manipulados por las sugestivas tendencias y costumbres predominantes. A menudo, simplemente han sido absorbidos, sin querer, por la vorágine de la politiquería y se encuentran incapaces de salir de ella por temor a los riesgos que les pudiere acarrear tal acción.

Algunos afirman que soy un soñador ingenuo que siempre intento combinar lo incompatible: la política y la moralidad. Conozco esta canción muy bien: la he escuchado toda la vida. En los años ochenta, un filósofo checo que vivía en California publicó una serie de artículos, en los cuales sometió la «política antipolítica» de la Carta 77 y —particularmente— la manera en que expliqué ese concepto en mis ensayos a una crítica demoledora. Atrapado en sus propias falacias marxistas, creyó que, como estudioso, había comprendido científicamente la totalidad de la historia del mundo. La veía como una historia de violentas revoluciones y brutales luchas de poder. La idea de que el mundo pudiese ser de veras cambiado por la fuerza de la verdad, el poder de una palabra verdadera, por la fuerza de un espíritu libre, por la conciencia y la responsabilidad —sin armas, sin el deseo de poder, sin artificios politiqueros— superaba bastante su horizonte de comprensión. Naturalmente, si una persona concibe la ética y la moral como meras «superestructuras» de las fuerzas de la producción, entonces jamás podrá entender el poder político en términos de la ética y la moralidad.

Debido a que su doctrina le había enseñado que la burguesía jamás renunciaría su papel protagónico voluntariamente, y que era menester arrastrarlo sin más al basurero de la historia a través de la revolución armada, aquel filósofo presumió que no existía otra forma de deshacerse del gobierno comunista. Sin embargo, resultó ser posible que hubiese otra; es más, que [la vía no violenta] era la única manera de lograrlo —y no sólo eso, sino que era la única con sentido, ya que, como lo sabemos, la violencia engendra más violencia. Es por esta razón que la mayoría de las revoluciones se degeneran en dictaduras que devoran a la generación joven, dando lugar a nuevos revolucionarios que se preparan para la nueva violencia, inconscientes de estar cavando la propia tumba y empujando a la sociedad hacia atrás, al encaramarla sobre el carrusel fatal de la revolución y la contrarrevolución.

El comunismo fue derrotado por la vida, por el pensamiento, por la dignidad humana. Nuestra historia reciente ha confirmado que el profesor checo-californiano no estaba en lo cierto. Asimismo, quienes persisten en afirmar que la política es principalmente la manipulación del poder y de la opinión pública y que la moralidad no ocupa lugar en ella, están igualmente equivocados. La intriga política no es política de verdad, y aunque se puede salir con lo suyo por un tiempo mediante la política superficial, tal logro no traerá consigo muchas esperanzas de un éxito duradero. Por medio de la intriga uno puede fácilmente convertirse en primer ministro, pero hasta ahí llegará su éxito, y bien poco podrá cambiar en el mundo mediante esa vía.

Me conformo con dejar la intriga política a otros; no intentaré competir con ellos y, si lo hiciera, ciertamente no utilizaría sus armas.

La política genuina —política que merece llamarse como tal, y la única clase de política a cuya práctica estoy dispuesto a dedicarme— es simplemente una cuestión de servir a los que nos rodean, servir a la comunidad y servir a los que vendrán después de nosotros. Sus raíces más profundas son morales porque es una responsabilidad expresada a través de la acción, hacia y para con el conjunto humano; una responsabilidad que es lo que es —una responsabilidad superior— sólo porque tiene un fundamento metafísico. O sea, es una responsabilidad que crece de la certeza consciente o subconsciente de que nuestra muerte no da término a nada, porque todo está eternamente siendo registrado y evaluado desde otro sitio, desde un lugar «por encima de» nosotros, que es lo que he denominado «la memoria del Ser» —un aspecto integral de la orden secreta del cosmos, de la naturaleza y de la vida, que los creyentes llaman Dios, y a cuyo juicio están sometidas todas las cosas. La auténtica conciencia y la auténtica responsabilidad siempre son, a fin de cuentas, explicables sólo como expresión de la suposición silenciosa de que estamos siendo observados «desde las alturas», de que todo está visible, nada es olvidado y, por lo tanto, el tiempo terrenal no tiene poder de borrar las desilusiones punzantes de los fracasos terrenales: nuestro espíritu sabe que no es la única entidad que tiene conciencia de esos fracasos.

¿Qué puedo hacer yo, como presidente, no sólo para mantenerme fiel a esta noción de la política, sino también para llevarla, al menos parcialmente, a la realización? (Al fin y al cabo, lo primero es impensable sin el segundo. No poner aunque sea algunas de mis ideas en práctica sólo podría tener dos consecuencias: o con el tiempo me vería obligado a dejar mi cargo, o me convertiría en un excéntrico tolerado por todos, arengando a un público que me ignora, alternativa que no sólo sería menos digna, sino, además, altamente deshonrada, ya que equivaldría a otra forma de dimisión, tanto a mí mismo como a mis ideales.)

Al igual que en cualquier otra situación, debo empezar conmigo mismo. Esto es: en toda circunstancia, esforzarme por ser una persona decente, justa, tolerante y comprensiva, a la par de intentar resistirme a la corrupción y el engaño. En otras palabras: debo esforzarme al máximo por actuar en armonía con mi conciencia y con lo mejor de mí mismo. Por ejemplo, frecuentemente se me aconseja ser más «táctico», no decirlo todo de inmediato, actuar con un sutil disimulo, no temer cortejar a ciertas personas más allá de los límites que mi naturaleza me imponga, o de distanciarme de otros en contra de mi verdadera voluntad dentro de una situación dada. En el interés de fortalecer mi posición, se me aconseja a veces consentir la ambición de poder de otros, halagar a cierta persona simplemente porque le agradará, o de rechazar a otra aunque vaya en contra de mis convicciones, sólo porque esa persona no goza el favor de otros.

Y oigo constantemente otra clase de consejos también: que debería ser más duro, más decisivo, más arbitrario. Para servir una buena causa, no debería tenerle miedo a golpear la mesa ocasionalmente, a gritarle a las personas, a tratar de producir un poco de pavor en los demás. Sin embargo, si yo quiero guardar fidelidad a mí mismo y a mi concepto de la política, no debo hacer caso a consejos de este tipo —no sólo en el interés de mi propia salud mental (lo cual se podría percibir como un deseo personal y egoísta), sino principalmente en el interés de lo que más me preocupa: el simple hecho de que no se puede establecer el trato directo mediante conductas indirectas, ni tampoco la verdad mediante la mentira, ni el espíritu democrático mediante las directivas autoritarias. Por cierto que no sé si la rectitud, la verdad y el espíritu democrático tendrán el éxito final. Pero sí sé cómo no tener éxito : optando por medios que se contraponen a los fines deseados; tal como lo aprendemos de la historia, es esta la mejor forma de eliminar los fines mismos que nos proponemos lograr.

En otras palabras: si hubiera alguna posibilidad de tener éxito en la empresa, existe una sola forma de luchar por el logro de la decencia, la cordura, la responsabilidad, la sinceridad, la civilidad y la tolerancia: esto es, actuando con decencia, con cordura, con responsabilidad, con sinceridad, con urbanidad y con tolerancia. Estoy consciente de que, en la política de todos los días, esta no se percibe como la manera más práctica de hacer las cosas. Pero sí tengo una ventaja, ella es, que entre mis muchas fallas personales, hay una que casualmente no tengo: el deseo o el amor por el poder. Al no estar limitado por el, soy esencialmente más libre que aquellos que se aferran a su poder o posición, hecho que me permite darme el lujo de comportarme olvidando el criterio de la táctica.

Veo el único camino hacia adelante en aquel viejo y conocido mandato: «Viva en la verdad.»

Pero cómo se hace esto, hablando en términos prácticos, cuando se es presidente? Veo tres posibilidades básicas.

La primera posibilidad: Debo repetir ciertas cosas, en voz alta, reiteradamente. No me gusta ser repetitivo, pero en este caso resulta inevitable. En mis muchas elocuciones públicas, siento el deber de enfatizar y explicar repetidas veces la dimensión moral de cada aspecto de la vida social, y señalar que la moralidad, de hecho, se halla oculta en todo. Y esto es verdad: cada vez que me encuentro con un problema en mi trabajo e intento llegar a su última raíz, siempre descubro algunos aspectos morales subyacentes, trátese de la apatía, la falta de buena voluntad para admitir el error o la culpabilidad personal, la negativa a renunciar a ciertas situaciones y sus ventajas, la envidia, un sentido desmedido del orgullo, o lo que fuera.

Siento que es necesario remover la buena voluntad que está dormida en la gente. La gente necesita escuchar que tiene sentido comportarse decentemente o ayudar a otros; poner los intereses comunes por sobre los propios, respetar las reglas básicas de la convivencia humana. Quieren que se les diga estas cosas públicamente. Quieren saber que los que «están arriba» se ponen de su parte. Se sienten fortalecidos, apoyados, esperanzados. La buena voluntad ansía ser reconocida y cultivada. Para que pueda desarrollarse y ejercer un impacto, debe recibir la se–al de que el mundo no la ridiculiza.

Con frecuencia, los oyentes de mis charlas por la radio dirigidas a la nación, «Diálogos desde Lány», piden escuchar lo que se podría llamar reflexiones «filosóficas» o «éticas». Ocasionalmente las dejo de lado por temor a repetirme demasiadas veces, pero la gente vuelve a pedirles nuevamente. Trato de evitar dar consejos prácticos a las personas sobre cómo dar respuesta a la maldad que les rodea, ni tampoco podría hacerlo aunque lo quisiera —y, sin embargo, la gente quiere oír que la decencia y la valentía tienen sentido, que algún riesgo se debe correr en la lucha contra las malas jugadas. Quieren saber que no están solos, olvidados, desechados.

La segunda posibilidad: Puedo intentar crear en mi alrededor, en el mundo de la llamada alta política, un clima positivo, un clima de generosidad, tolerancia, apertura, amplitud de criterio, y una suerte de compañerismo elemental y confianza mutua. En este ámbito estoy lejos de ser el factor decisivo, sin embargo, puedo ejercer una influencia sicológica.

La tercera posibilidad: Existe un área significativa en la cual sí ejerzo influencia política directa en mi cargo de presidente: se me requiere tomar ciertas decisiones políticas. En esto, puedo y debo hacer valer mi concepto de la política, infundiendo mi quehacer con mis ideales políticos, mis ansias de justicia, decencia y civilidad, mi noción de lo que llamaré, para los fines presentes, «el estado moral». En cuanto a si tendré éxito o no, eso le corresponderá a otros decidir, por supuesto, pero los resultados siempre serán disparejos ya que, al igual que cualquier otra persona, soy un ser humano falible.

Los periodistas y en particular los corresponsales extranjeros, a menudo me preguntan cómo la idea de «vivir en la verdad», la idea de la «política antipolítica», o la idea de la política como subordinada a la conciencia, puede llevarse a cabo en la práctica. Tienen curiosidad sobre si, al encontrarme a mí mismo ocupando un alto cargo político, acaso no he tenido que revisar mucho de lo que alguna vez escribí como crítico independiente de la política y los políticos. ¿Acaso no me he visto obligado a rebajar mi nivel de expectativas frente a la política, con lo cual se refieren a los estándares que yo había internalizado de «la vivencia de un disidente» —estándares, por consiguiente, de escasa aplicabilidad fuera de ese ámbito?

Puede que hayan algunos que no me van a creer, pero durante mi segundo término presidencial en un país lleno de problemas, que los presidentes de países estables ni siquiera sueñan con tener, puedo decir con bastante seguridad que no me he encontrado forzado a retractar nada de lo que he escrito anteriormente, ni de cambiar mi opinión referente a cualquier cosa. Pudiera parecer increíble, pero es así: no sólo no he tenido que cambiar de parecer, sino que he visto mis opiniones confirmadas.

A pesar del malestar político que enfrento cada día, sigo profundamente convencido de que la política no es esencialmente un quehacer de mala fama, y que, hasta donde sea así, es sólo la gente de mala fama que hace que lo sea. Concedería sí que, más que otras esferas de la actividad humana, puede ofrecer mayores tentaciones a caer en malas prácticas, y que por lo tanto impone mayores exigencias sobre las personas. Pero simplemente no es cierto que un político debe a la fuerza mentir o inmiscuirse en la intriga. Afirmarlo es una pura tontería, diseminada por la gente que —por las razones que fueran— buscan desanimar a quienes pudieren interesarse por los asuntos públicos.

Naturalmente, en la política, al igual que en cualquier otro ámbito de la vida, es imposible y carente de sentido decírselo todo de una vez a cualquiera que se ponga por delante. Pero esto no equivale a tener que mentir. Todo lo que uno necesita es el tacto, tino, y buen gusto. Una experiencia sorprendente que proviene de la «alta política» es la siguiente: he descubierto que aquí, el buen gusto es más útil que un postrado en ciencias políticas. Es en gran medida una cuestión de forma: de saber cuánto tiempo hablar, cuándo empezar, y cuándo terminar; cómo decir algo cortésmente que su contraparte pudiese no querer escuchar; cómo decir, siempre, lo que es más significativo en un momento dado, y prescindir de mencionar lo que no es importante ni pertinente; cómo insistir en la propia posición sin ofender; cómo crear el tipo de atmósfera amistosa que hace que las negociaciones complejas se vuelvan más fáciles; cómo mantener una conversación sin entremeterse o ser distante; cómo equilibrar los temas políticos serios con otros más livianos y distensos; cómo planificar los viajes oficiales con mucho criterio y saber cuándo es más apropiado no ir a alguna parte; cuándo ser abierto o reservado, y hasta qué grado.

Pero más que eso, significa tener cierto instinto para con los tiempos, la atmósfera de la época, el ánimo de la gente, la naturaleza de sus preocupaciones, su disposición mental; estas cosas, también, pudiesen tener mayor utilidad que las encuestas sociológicas. Una formación en ciencias políticas, derecho, economía, historia y cultura es un activo invaluable para cualquier político, pero me he encontrado convencido una y otra vez de que no son el activo más esencial. La cualidades tales como el poder sentir al otro, la capacidad de hablar con los demás, el discernimiento, la capacidad de entender rápidamente, no sólo los problemas sino también el carácter humano, la habilidad de entablar el contacto, un sentido de moderación: todos estos son inmensamente más importantes en la política. No digo -Dios me guarde- que yo mismo me encuentro dotado de estas cualidades: ¡en absoluto! Estas no son más que mis observaciones.

En síntesis: si tu corazón está en el lugar apropiado y tienes buen gusto, no sólo serás una persona aceptable para la política: tendrás vocación para ella. Si eres modesto/a y no tienes ansias de poder, no sólo eres apto/a para la política, perteneces absolutamente a ese ámbito. El sine qua non de un político no es la capacidad para mentir; sólo necesita ser sensible y saber cuándo, qué, a quién y cómo decir lo que tiene para decir. No es verdad que una persona con principios no pertenece a la política; es suficiente que sus principios sean imbuidos de paciencia, deliberación, un sentido de proporción y la comprensión de los demás. No es verdad que sólo los escépticos insensibles, los vanidosos, los atrevidos y vulgares pueden tener éxito en la política. Es cierto que tales personajes se sienten atraídos a la política, pero, al fin y al cabo, el decoro y el buen gusto siempre tendrán mayor peso.

Mis experiencias y observaciones confirman que la política como la práctica de la moralidad es posible. No niego, sin embargo, que no siempre es fácil tomar esa ruta, ni tampoco lo he afirmado nunca.

En base al enunciado de mis ideales políticos, debería quedar suficientemente claro que lo que quisiera acentuar en todas las formas posible en mi práctica de la política es la cultura. La cultura, en el sentido más amplio de la palabra, incluido todo, desde lo que pudiese llamarse la cultura de la vida cotidiana —o la «urbanidad»— hasta lo que conocemos como la alta cultura, incluidas las artes y las ciencias.

No me refiero a que el estado debería subsidiar fuertemente la cultura como área específica del quehacer humano, ni tampoco comparto en absoluto el temor indignado de muchos artistas de que el período que hoy atravesamos está estropeando la cultura y que, con el tiempo, terminará destruyéndola. La mayoría de nuestros artistas, sin darse cuenta, se han acostumbrado a la generosidad sin fin del estado socialista. Este ha subsidiado varias instituciones y oficinas culturales, sin importar que un filme determinado tuviera un costo de un millón o de diez millones de coronas, o si una sola persona hubiese siquiera ido a verla. No importaba cuántos actores ociosos figuraban en las plantillas de pago de los teatros; lo principal era que todos y cada uno se encontrase registrado en alguna y, por lo tanto, estuviera «asegurado». Bien sabía el estado comunista —y mucho mejor que el filósofo checo-californiano— dónde residía el mayor peligro para el: en el reino del intelecto y del espíritu. Sabía quienes eran los que tenía que pacificar primero mediante su dadivosidad irracional. Que el estado haya tenido cada vez menos éxito en su propósito es otro tema, que simplemente confirma cuán acertado estuvo al tener miedo —porque, a pesar de todos los sobornos y premios y títulos que recibieron, los artistas estuvieron entre los primeros en rebelarse.

Es entonces esta la razón por la que las quejas nostálgicas de aquellos artistas que acarician la memoria de su «seguridad social» bajo el socialismo me dejan indiferente. La cultura debe aprender, al menos parcialmente, a arreglárselas por sí misma. Debería ser parcialmente financiada mediante franquicias impositivas y por fundaciones, fondos de desarrollo y cosas parecidas —las cuales, por lo demás, son las formas que mejor se adecuan a su pluralidad y libertad de expresión. Cuanto más variadas sean las fuentes de financiamiento para las artes y ciencias, mayor serán la variedad y la competencia en el ámbito de las artes y en el campo de la investigación erudita. El estado debería apoyar, mediante mecanismos racionales, abiertos al escrutinio y muy bien pensados, sólo aquellos aspectos de la cultura que son fundamentales para nuestra identidad nacional y las tradiciones civilizadas de nuestra patria, y que no pueden conservarse mediante los mecanismos del mercado por sí solos. Estoy pensando al decir esto en los lugares que constituyen el legado nacional (no es posible tener un hotel en cada castillo o mansión para costear su mantención, ni tampoco se le puede pedir a la vieja aristocracia que vuelva para mantenerlos sólo con el fin de conservar el orgullo familiar), las bibliotecas, los museos, los archivos públicos y otras instituciones del mismo tipo, las cuales hoy se encuentran en un estado pasmoso de decadencia (como si el anterior «régimen del olvido» se hubiese puesto de adrede la meta de destruir aquellos importantes testigos de nuestro pasado). Asimismo, es difícil imaginar que la Iglesia Católica u otras religiones en el futuro previsible pudieren tener los medios para restaurar todas las capillas, los catedrales, monasterios y edificios eclesiásticos que han caído en la ruina a lo largo de cuarenta a–os de comunismo. Forman parte de la riqueza cultural de todo el país y no son únicamente el orgullo de la Iglesia.

Hago mención de todo esto a modo de introducción, en el interés de una mayor exactitud. Mi punto principal en realidad es otro: lo considero de enorme importancia que nos preocupemos de la cultura, no sólo como una actividad humana más entre muchas, sino en el sentido más amplio de la palabra, vale decir: la «cultura del todo», el nivel general de los modales públicos. Con esto quiero decir la clase de relaciones que existe entre la gente, entre los poderosos y los débiles, los sanos y los enfermos, los jóvenes y los ancianos, los adultos y los ni–os, la gente de negocios y los clientes, hombres y mujeres, profesores y estudiantes, oficiales y soldados, policías y ciudadanos, y así siguiendo.

Más aún, también estoy pensando en la calidad de las relaciones de la gente con la naturaleza, con los animales, con la atmósfera, con el paisaje, con los pueblos, con los jardines, con sus hogares; la cultura de la vivienda y la arquitectura, de los grandes negocios y las peque–as tiendas; la cultura del trabajo y de la publicidad; la cultura de la moda, de la conducta y de la entretención.

Y hay más todavía: todo esto sería difícil de imaginar sin una cultura legislativa, política y administrativa, sin la cultura de las relaciones entre el estado y el ciudadano. Antes de la guerra, en todas estas áreas, nos encontrábamos en el mismo nivel que las democracias prósperas de Occidente, si no más arriba. Para evaluar nuestra condición actual, basta con cruzar la frontera y adentrarse en Europa Occidental. Sé que la merma catastrófica del nivel cultural general, del nivel de los modales públicos, guarda relación con la caída de nuestra economía e, incluso, en un grado importante, es una de sus consecuencias directas. Aún así, la caída cultural me asusta más que el decaimiento económico. Es más visible: es más invasora en un sentido «corpóreo» , por así decirlo. Bien me puedo imaginar que, como un ciudadano medio, me perturbaría más si el “pub” que frecuentase fuera un lugar donde la clientela escupiera al piso y el personal tuviera un trato tosco conmigo, comparado con si ya no tuviera los medios para poder acudir ahí todos los días y pedir la comida más cara del menú. De igual modo, me importaría menos no poder comprar casa propia, que dejar de ver casas bonitas en alguna parte.

Tal vez lo que intento decir esté claro: sin perjuicio de lo importante que es sanar nuestra economía, está lejos de ser la única tarea que enfrentamos. No es menos importante hacer todo lo posible para mejorar el nivel cultural general de la vida cotidiana. A medida que se desarrolle la economía, esto tenderá a pasar de todos modos. Pero no podemos confiar sólo en ello. Debemos dar inicio a un programa a gran escala para elevar las normas culturales generales. Y no es cierto que para hacerlo debemos esperar a que nos hagamos ricos: podemos empezar ahora mismo, sin ni una corona en el bolsillo. Nadie me puede convencer que precisa que una enfermera perciba un sueldo más alto para que proporcione un trato más humano a sus pacientes; que sólo una casa lujosa puede ser agradable; que sólo un negociante rico puede tratar con cortesía a sus clientes y colocar un hermoso letrero fuera de su local; o que sólo un agricultor próspero puede proporcionar un buen cuidado a sus animales. Incluso, iría más lejos —diría que, en muchos aspectos, mejorar la civilidad de la vida cotidiana puede acelerar el desarrollo económico, desde la cultura de la oferta y demanda, la del comercio y la empresa, hasta llegar directamente a la cultura de los valores y del estilo de vida.

Quiero hacer todo lo que sea posible a fin de apoyar, de un modo específico, un programa para elevar el nivel general de la civilidad o, al menos, comunicar con la máxima eficacia el gran interés personal que tengo en tal mejoría, lo haga como presidente o no. Lo siento como parte integral al igual que la consecuencia lógica de mi concepción de la política como la práctica de la moralidad, y la aplicación de una «responsabilidad superior». Después de todo, ¿acaso hay algo que a la ciudadanía (y esto es doblemente válido para los políticos) le debería preocupar más, en último término, que hacer la vida más agradable, más interesante, más variada y más llevadera?

Si hablo aquí sobre mi programa político (o, más precisamente, de mi programa civil), sobre mi concepto de la clase de política y valores e ideales por los cuales quiero luchar, ello no quiere decir que acaricio la esperanza ingenua de que algún día esta lucha llegue a su fin. Un paraíso sobre la tierra en el cual todo el mundo amará a todos y cada persona será trabajadora, educada y virtuosa, en que la tierra será floreciente y todo será dulzura y luz, en armoniosa resonancia para la satisfacción de Dios —un mundo así jamás existirá. Por el contrario, el mundo ha tenido sus peores experiencias con los pensadores utópicos que prometieron todo eso. La maldad quedará con nosotros, nadie jamás eliminará el sufrimiento humano, el escenario político siempre atraerá a aventureros y charlatanes irresponsables y ambiciosos. Y el ser humano no dejará de destruir el mundo. Con respecto a este punto, no tengo ilusiones.

Ni yo ni nadie ganará esta guerra de una vez por todas. A lo más, podremos ganar una batalla o dos —y ni siquiera eso está asegurado. Sin embargo, sigo creyendo que tiene sentido luchar con perseverancia. La batalla se ha estado librando durante siglos y continuará —esto lo esperamos— durante los siglos venideros. Hay que hacerlo por principio porque es lo correcto. O, si Uds. prefieren, porque Dios quiere que así sea. Es una batalla eterna y sin fin, librada por la gente buena (entre quienes me incluyo, más o menos) contra la gente mala, por la gente honrada contra la gente deshonrada, por las personas que piensan en el mundo y la eternidad, contra las personas que sólo piensan en sí mismos y el momento. La lucha sucede en el interior de todos. Es lo que hace que una persona sea persona, y la vida, vida.

Así es que cualquiera que afirme que soy un soñador que espera transformar el infierno en el cielo está equivocado. Tengo pocas ilusiones. Pero siento que tengo la responsabilidad de trabajar por las cosas que considero buenas y correctas. No sé si podré cambiar ciertas cosas por mejor, o en absoluto. Los dos resultados son factibles. Sólo hay una cosa que no estoy dispuesto a admitir, eso es, que no tenga sentido esforzarse en una buena causa.

Estamos reconstruyendo nuestro país. El destino me ha colocado en una situación donde la influencia que ejerzo sobre ese proceso es algo mayor que aquella de mis conciudadanos. Es entonces apropiado que reconozca cuáles son mis ideas acerca del país que debiera ser el nuestro, y articular la visión que me sirve de guía —o, más bien, la visión que fluye naturalmente de la política, según mi entendimiento de esta.

Tal vez todos estaríamos de acuerdo que queremos un estado basado en el principio del derecho, un estado democrático (en otras palabras, con un sistema político pluralista), pacífico y con una economía de mercado floreciente. Algunos insisten que tal estado debería ser, además, socialmente justo. Otros, a su vez, captan en esa frase los vestigios del socialismo y arguyen en su contra. Objetan la noción de la «justicia social» como ambigua, afirmando que podría significar cualquier cosa y que una economía de mercado que funciona jamás podrá ser garantía de la auténtica justicia social. Señalan que la gente siempre ha tenido, y siempre tendrá, distintos grados de laboriosidad, talento y —último en orden pero no en importancia— suerte. Obviamente, la justicia social en términos de equidad social es algo que el sistema de mercado no puede, por su naturaleza misma, entregar. Más aún, obligarla a hacerlo sería profundamente inmoral. (Nuestra experiencia del socialismo nos ha dado más que suficientes ejemplos de por qué esto es así.)

No veo por qué, sin embargo, un estado democrático, dotado de una legislatura y facultado para preparar un presupuesto no podría esforzarse por lograr un cierto grado de equidad en, por ejemplo, las políticas de jubilación o tributarias, o de asistencia a los desempleados, o la política salarial para empleados públicos, o de planes de asistencia para adultos mayores que viven solos, para gente con problemas de salud o aquellos que, por varias razones, se encuentran en los estratos más bajos de la sociedad. Cada estado civilizado intenta, de diferentes formas y con distintos grados de éxito, formular políticas razonables en cada una de estas áreas, y ni siquiera los defensores más fervorosos de la economía de mercado tendrán algo que decir en contra de ellas, en principio. A fin de cuentas, se trata de un conflicto, no de creencias, sino más bien de terminología.

Repito estos puntos que son elementales, evidentes y bastante generales a fin de poder abordar estos temas de un modo acabado y ordenado. Sin embargo, me gustaría decir más sobre otros aspectos del estado que pudieran ser algo menos obvio y que ciertamente son un tema de conversación bastante menos frecuente, aunque sin ser para nada menos significativos, ya que habilitan y hacen posible todo lo que consideramos incuestionable.

Estoy convencido que jamás podremos construir un estado democrático basado en el principio del derecho si no construimos al mismo tiempo —sin importar cuán poco científico esto pueda sonar al oído de los cientistas políticos— un estado que es humanitario, ético, intelectual, espiritual y cultural. Las mejores leyes y los mecanismos democráticos mejor concebidos no podrán por sí solos garantizar la legalidad ni la libertad ni los derechos humanos —cualesquiera de las cosas, en otras palabras, para las cuales han sido instituidos— si no están anclados en ciertos valores sociales y humanos. De qué serviría, por ejemplo, una ley si nadie la respetara, si nadie la defendiera y nadie tratara responsablemente de acatarla? No sería nada más que un pedazo de papel. Qué utilidad tendrían unas elecciones en que la única opción de los electores sería elegir entre un canalla y otro bribón? De qué serviría una gran variedad de partidos políticos si ninguno de ellos tuviere como primaria el bienestar general de la sociedad?

Ningún estado —es decir, ningún sistema constitucional, legal y político— no es nada por sí mismo fuera del tiempo histórico y el espacio social. No es ninguna invención técnica brillante de un equipo de expertos, como un computador o un teléfono. Cada estado, por el contrario, se desarrolla a partir de tradiciones culturales, espirituales e intelectuales que lo imbuyen con sustancia y le otorgan sentido.

Así es que volvemos al mismo punto: sin la presencia de valores morales y obligaciones comúnmente compartidos y ampliamente enraizados dentro de una sociedad, ni la ley, ni el gobierno democrático, ni siquiera la economía del mercado funcionará adecuadamente. Son todos los productos maravillosos del espíritu humano, mecanismos que pueden, a su vez, servir magníficamente al espíritu, suponiendo que el espíritu humano quiera que tales mecanismos estén al servicio de el, los respete, crea en ellos, los garantice, comprenda su significado, y esté dispuesto, si fuera necesario, a luchar y hacer sacrificios a fin de preservarlos.

Nuevamente, me gustaría recurrir a la ley para ilustrar este punto. La ley es, sin duda, un instrumento de la justicia, pero sería un instrumento absolutamente carente de sentido si nadie la utilizara responsablemente. En base a nuestra experiencia reciente, todos nosotros sabemos demasiado bien lo que puede suceder hasta a las leyes decentes en manos de un juez inescrupuloso, y cuán fácilmente las personas inescrupulosas pueden servirse de las instituciones democráticas para introducir la dictadura y el terror. La ley y otras instituciones democráticas aseguran muy poco si no tienen el respaldo de la buena voluntad y valentía de gente decente dispuesta a resguardarlas del abuso. Está patente el hecho que aquellas instituciones nos pueden ayudar a ser más humanos: es la razón por la cual fueron creadas, y la razón de que hoy estemos emprendiendo su construcción. Pero si han de devolverse una garantía real de cualquier cosa para nosotros, recaerá en nosotros, en primerísimo lugar, ser garantía de ellas.

En medio de la actividad provisional y algo caótica que rodea los aspectos técnicos de la construcción del estado, no nos hará mal hacer memoria, de tanto en tanto, del sentido del estado, que es -y así debería siempre permanecer- verdaderamente humano. Esto significa que el estado ha de ser intelectual, espiritual y moral.

¿Cómo vamos a construir tal estado? ¿Cuál es el compromiso que nos impone, o la oportunidad que nos ofrece en términos prácticos, una pretensión de esta naturaleza? No existe un conjunto hecho de instrucciones sobre cómo proceder. Un estado moral e intelectual no puede establecerse por medio de una constitución o mediante la ley, ni por medio de directivas, sino solamente mediante una labor —compleja, de largo aliento y que no termina jamás— que involucra la educación y el autoeducación. Lo que se necesita es la consideración responsable y ágil de cada paso político, de cada decisión; un constante énfasis sobre la deliberación moral y el juicio moral; la sostenida autoreflexión y autoanálisis, un repensar sin fin de nuestras prioridades. No es, en breve, algo que simplemente podemos declarar o introducir. Es una manera de llevar adelante las cosas, y exige la valentía de infundir aliento moral y motivación espiritual en todo, de buscar la dimensión humana de todas las cosas. La ciencia, la tecnología, la pericia y el llamado profesionalismo, no bastan. Algo más es necesario. Para hablar en términos simples, lo que se necesita podría llamarse espíritu… o sentimiento… o conciencia.

octubre 10, 2007

Vaclav Havel, Summer Meditations

Nueva York: First Vintage Books, 1993