Reporte Católico Laico

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“El Padrenuestro resiste a todo cambio y a toda sensación de cansancio”

“El Padrenuestro resiste a todo cambio y a toda sensación de cansancio”

Estimados Amigos y Hermanos:

Tratamos de nuevo un tema esencial para nuestra vida espiritual: la oración. Jesús mismo desde hace dos mil años nos ha enseñado. Redescubramos el tesoro ofrecido por nuestro Maestro y Señor a través del Padrenuestro.
!Ánimo!

El pasaje evangélico de hoy nos propone un tema de enorme claridad e importancia: la oración. En primer lugar la fórmula del Padre Nuestro. Después la parábola del amigo importuno, y finalmente unas consideraciones sobre la confianza en la oración. Todo el texto ofrece una gran unidad y viene a ser como un comentario a la petición: “enséñanos a orar”.  Tenemos aquí una verdadera catequesis sobre la confianza en la oración. Nuestra oración será oída por poco que insistamos en pedir, pero sobre todo porque Dios es bueno. Esta eficacia de la oración, y consiguientemente nuestra confianza en ella estriba en la intercesión de Cristo.

1.– EL PADRENUESTRO. A pesar que desde hace dos mil años Cristo nos enseñó a orar, actualmente se nos anuncian constantemente fórmulas de oración, maneras de adentrarse en el misterio de Dios, se olvidan, o no saben que hace ya tanto tiempo el Maestro nos dijo: cuando oren digan: “Padre nuestro, que estás en el cielo…”     Esta ha sido la oración universal del pueblo cristiano después de tanto siglos. Pero podemos preguntar: ¿sigue siendo válida? ¿No hay motivo para lanzarse a la aventura de un descubrimiento en la oración?  Por otra parte cómo explicar el cansancio de tantos ante fórmulas hechas de oración que no les dicen nada?

El Padrenuestro resiste a todo cambio y a toda sensación de cansancio. Contiene en si mismo una fuerza trascendente que nos fortifica, hay que decirlo siempre como si fuese la primera vez.  Como los Apóstoles lo decían o como tantos hermanos nuestros en la historia (monjes, santos) que condensan siempre su oración en el Padrenuestro. Todos, pues, los que sienten cansancio, rutina, a quienes ya nos les dice nada, que vuelvan a decir despacio: “Padrenuestro….”.

Esta oración tiene un valor intrínseco y una original simplicidad sorprendentes. Esta oración es fundamentalmente el encuentro del hijo con su padre.

2.- RECONOCEMOS A DIOS COMO PADRE. Hay que constatar que el Padrenuestro es la experiencia vital que Cristo tenía de su Padre. En seguida nos pone en trance de diálogo con un ser cercano y trascendente al mismo tiempo, totalmente otro. Y le llamamos “Padre”.  El Padrenuestro, la oración del Señor, suscita inmediatamente en nosotros la relación de un yo, hijo de Dios, con alguien que es mi Padre. Hasta que no hayamos descubierto esto no habremos comprendido toda la novedad de la oración.  Orando en esta dimensión se descubre el gran poder de tranquilidad y seguridad que suscita en nuestra vida este diálogo con quien sabemos que nos oye, porque es nuestro Padre.   Y hoy más que nunca necesitamos encontrar a ese Padre amoroso que llene el vacío y la soledad de nuestra vida; cuántos huérfanos van por el mundo sin saber que tienen un Padre.

El Padrenuestro es punto de partida de la vida humana. Nuestra vida con todo lo que supone, son sus interrogantes y misterios carece de sentido si no se refiere a Dios.

3.- DESEAMOS SU GLORIA Y SU REINO. Contrariamente a lo que algunos dicen, la oración no es una alienación. No es un salir el hombre de sí mismo y de su ambiente para desentenderse de él. Más bien es encontrar la dimensión religiosa y su relación con los valores trascendentes.  No es extraño, por tanto, que el Padrenuestro como fórmula perfecta de oración nos lleva a desear el reconocimiento de los derechos de Dios por todos los seres humanos.

 

 

a.- SANTIFICADO SEA TU NOMBRE. Un antiguo catecismo resumía el significado de este derecho y petición: “que el nombre de Dios sea conocido y santificado en el mundo”: Deseamos que el nombre de Dios y lo que significa sea algo más que una palabra vacía. El santo nombre de Dios debe significar para nosotros lo más íntimo y lo más trascendente: la verdad, el bien, la justicia, la santidad, en alguien que es totalmente “el Otro”, nuestro Padre Dios.

b.- VENGA A NOSOTROS TU REINO. Es el evangelio quien ilumina esta realidad: El Reino de Dios, el Reino de los cielos. Hay que reconocer que para nosotros no es ya una idea fuerza. Pensamos en el reino de la democracia u otros reinos, pero ¿quién piensa en el Reino de Dios?   Sin embargo es lógico que si glorificamos el nombre de Dios, deseemos que este nombre sea aceptado y bendecido por todos. Toda la Biblia, desde la primera página hasta la última, no es más que un inmenso deseo por la implantación efectiva y real del Reino de Dios en el mundo.  ¿Qué es pues el Reino de Dios? ¿Qué deseamos al decir: venga a nosotros tu Reino? ¿Por qué queremos que venga el Reino de Dios?                                      El Reino de Dios no es más que el reconocimiento por parte de los hombres de su palabra y de su acción en el mundo. En concreto es la aceptación incondicional por parte de todos del Hijo de Dios, Jesucristo, enviado del Padre. En Cristo, Dios quiere salvar a todos los hombres liberándoles de la mentira y del pecado y conduciéndolos a la salvación eterna.   El Reino de Dios viene al mundo, a todos los hombres, en la media que aceptamos a Cristo y su doctrina, y nos dejamos guiar por su Espíritu. En la medida en que colaboramos con la verdad, el bien y la justicia, la gracia y la libertad para el desarrollo total del ser humano.

c.- HÁGASE TU VOLUNTAD. Es una consecuencia de las peticiones anteriores. Lejos de nosotros, una anulación del hombre por Dios: un despotismo destructor de la libertad del hombre. Todo lo contrario: Deseamos que el hombre se realice en la bondad y en la verdad, en la justicia y santidad, en la libertad y obediencia que encuentran en Dios su realización plena.

4.- LE CONFIAMOS NUESTRA VIDA.  El Padrenuestro no sólo es una afirmación y un deseo pleno de Dios y su Reino. Es también una afirmación y una apertura del hombre que se confía totalmente a Dios.

a.- DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DIA. El hombre de hoy que parece tener asegurada la vida, puede estar tentado a creer que no depende de nadie, que no necesita de nadie. Tiene una fe ciega en su trabajo. Pero hoy es más necesario que nunca pedir el pan de cada día, el trabajo, el sueldo, la salud, la casa, la habitación, una colocación para los hijos, la seguridad social. Seguridad de cada día que nos viene de arriba.

b.- PERDÓNANOS NUESTROS PECADOS. Tocamos aquí la fibra más sensible y vulnerable del hombre: el pecado. Tenemos conciencia de que somos pecadores. ¡Ay del que no se siente pecador!  ¡Ay de los satisfechos y contentos con su vida! Sólo Dios y nosotros sabemos cómo el pecado ha entrado en nuestra vida.

c.- COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. Nuestro perdón a los demás es la garantía y la condición para que Dios nos perdone. Jesús sabe cuánto nos cuesta olvidar, comprender, tolerar y perdonar a nuestros hermanos. En la mismas medida y proporción en que nosotros perdonemos se nos perdonará.

d.- LÍBRANOS DEL MAL. NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN. Es una lección de sabiduría humana y divinal Qué bien conocía Cristo el corazón del hombre.

La presencia del mal en el mundo y su múltiple proyección sobre nosotros está constantemente empujándonos a realizarlo. ¡La continua tentación del mal! Sólo los que lo han experimentado saben lo difícil que es resistir al mal, no caer en la tentación. Por eso esta última petición y deseo, no sucumbir al mal y a la tentación. Sólo Dios nos puede librar.

 

A MODO DE CONCLUSIÓN. Les pido por favor a partir de esta Eucaristía que recemos despacio en el corazón esta oración perfecta… dejemos que la gracia nos inunde. Pidámosle con insistencia que se cumplan todos los deseos y peticiones de esta oración. La presencia del mal en el mundo y su múltiple proyección sobre nosotros está constantemente empujándonos a realizarlo. ¡La continua tentación del mal! Sólo los que lo han experimentado saben lo difícil que es resistir al mal, no caer en la tentación. Por eso esta última petición y deseo, no sucumbir al mal y a la tentación. Sólo Dios nos puede librar.

¡Ánimo!

Mons Ramón Castro/México