Reporte Católico Laico

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“Necio, esta noche, te van a exigir la vida”

“Necio, esta noche, te van a exigir la vida”

Estados Amigos y Hermanos, la enseñanza de hoy es particularmente densa y difícil de aceptar si no se tiene un corazón noble y sencillo. Las siguientes frases nos pueden ayudar enormemente cuando el corazón esta dispuesto:

“A aquel amo lo aquejaba la miopía. No alcanzaba a mirar más allá de sus posesiones… Jesús califica a este hombre de necio. Necio a pesar de ser rico. O mejor, a causa de las riquezas que le han trastornado la mente. Y al final, el Maestro lo coloca sobre el escenario de una manera que llamaríamos trágica: “Necio, esta noche, te van a exigir la vida”.

 MONS RAMON CASTRO, México

Todos sabemos que la miseria material es muy mala, pero también nos conviene saber que el excesivo afán de dinero y poder es malísimo
 !Ánimo!

Entre los discípulos del Señor, no faltó alguien con esta petición importuna: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Jesús le replica: “¿Quién me ha nombrado juez entre Uds.?” Pero aprovecha la ocasión para enseñarnos sobre los bienes materiales.  El Maestro ilustra su lección con la parábola de un terrateniente, a quien sus campos le dieron aquel año abundantes cosechas. Se vio obligado entonces a derribar sus viejos silos, para construir otros más amplios. Porque se dijo: “Tienes ya acumulados bienes para muchos años. Descansa, come, bebe y date buena vida”. Un ideal que -¿quién lo creyera? – perseguimos a veces los cristianos. No señala Jesús que fuera injusta la prosperidad de aquel hombre. La adquirió probablemente cultivando sus campos. Las mañanas lo vieron madrugar y el mediodía lo encontró en el surco, bajo el peso del día y del calor. Estaría alerta cada día en el lagar y en el molino. De otro lado, habría usado su ingenio para negociar olivares, trigales y viñedos. Pero a este amo lo aquejaba la miopía. No alcanzaba a mirar más allá de sus posesiones. Aquella advertencia del Eclesiastés, más realista que amarga: “Vanidad de vanidades y todo vanidad” no le había tocado el corazón, sobre el peligro de acumular muchos bienes, en perjuicio de la paz interior y el equilibrio. Por todo ello Jesús califica a este hombre de necio. Necio a pesar de ser rico. O mejor, a causa de las riquezas que le han trastornado la mente. Y al final, el Maestro lo coloca sobre el escenario de una manera que llamaríamos trágica: “Necio, esta noche, te van a exigir la vida”.

 

1.- PELIGRO DE LAS RIQUEZAS. Jesús denuncia el peligro que encierra la codicia, el deseo incontrolado de acaparar. Ya hacia el 250 a. C. Qohelet (el maestro de la sabiduría), autor del Eclesiastés advierte que “todo es vanidad de vanidades”. Está claro que necesitamos de los bienes económicos para vivir. Nunca la miseria fue buena, ni querida por Dios. Pero hay riquezas injustas, adquiridas a costa de la explotación de los más débiles. ¿Qué diríamos hoy día de la especulación del suelo, del dinero negro y de aquellos que han convertido un bien de primera necesidad como es la vivienda en objeto de negocio?

Hay un segundo peligro de las riquezas: pueden esclavizar, cuando la “mammona”, nombre hebreo de las riquezas, es un falso dios objeto de adoración. Mientras millones de personas pasan hambre, nuestra sociedad derrocha a raudales lo que otros necesitan para vivir. Como cristianos estamos llamados a compartir lo que hemos recibido y debemos tener cuidado, pues “no podemos servir a Dios y al dinero”. Hay riquezas carísimas y riquezas baratas. Es triste que, mientras la gente se pasa la vida llorando por no poder alcanzar los bienes caros, se dejen de cultivar los que tenemos al alcance de la mano. La más grande y “barata” de las riquezas es la amistad. Un buen amigo vale más que una mina de oro. Sentirse comprendido y acompañado es mayor capital que dar la vuelta al mundo. Alguien que nos ayude a sonreír cuando estamos tristes es más sólido que mil acciones en bolsa. ¡Y qué barato sale tener un buen amigo!; cuesta menos que un refresco, menos que una barra de pan. Lo pueden tener los pobres y los ricos y casi les es más fácil a los primeros. Hace falta mucho dinero para hacer un safari por África, pero no hace falta una sola moneda para acariciar la cabeza de un perro y ver cómo levanta hacia nosotros sus ojos agradecidos. No hace falta dinero para comprar la felicidad que proporciona la paz interior o palpar la presencia de Dios en un momento de oración meditativa.

 

El amor verdadero no se compra ni se vende, como tampoco se compra la felicidad que proporciona el hacer una obra buena en favor de un necesitado, acompañar a un enfermo o escuchar a una persona atormentada. Nos han engañado, nos han estafado acostumbrándonos a creer que es el dinero y el lujo la verdadera moneda de la felicidad. Hay multimillonarios que gastan la vida en llorar por creerse pobres, que se encuentran solos sin nadie que les quiera. ¿Dónde está la verdadera felicidad, en Dios o en el dinero?

2.- LO IMPORTANTE ES SER GENEROSO Y COMPARTIR. Cuando Dios creó al mundo y al hombre quiso que hubiera un desarrollo armónico. El trabajo produce bienestar y riqueza. No se trata –por supuesto– de que todos vivamos en el desierto vestidos de sayal. El problema no es tener riquezas. La cuestión está en ser generoso. En saber que hay gentes necesitadas que necesitan de nosotros. La pobreza de espíritu no está enfrentada a la pobreza más radical. Se trata de no poner nuestro corazón junto a las riquezas para que éstas no nos tiranicen. Hemos conocido a algún adorador del dinero. Cuando esa pleitesía llega, la gente cambia profundamente. El adorador del dinero se hace feroz, menos alegre y, de manera pertinaz, sólo habla de dinero hasta convertirse en un estribillo insoportable. Y, por supuesto, también hablan de dinero, quien lo tiene y quien carece de él. Y, sin embargo, la música es la misma. También algunos pobres sitúan en lo más alto de su alma el ídolo del dinero con efectos muy graves para su vida.

La parábola de la limosna de la viuda nos marca un buen camino de interpretación. Hay mucha gente sin recursos que da todo lo que tiene. Y hay otra con mucho que escatima hasta en la moneda que echa en el canasta de la limosna dominical (muchos dan solamente las monedas que les estorban en su bolsillo). Hay ricos que equivocadamente mantienen que la Iglesia es más poderosa que ellos y que no tienen obligación de compartir ni siquiera una moneda. El mundo de las riquezas suele tener muchas determinaciones nefastas. Los grandes dramas familiares, el enfrentamiento a muerte –no es un eufemismo– de familias siempre se produce por la disputa ante una herencia.

La frase que hoy nos dice Cristo es perfecta: “Guárdense de toda codicia”. Es la codicia la que cambia nuestras almas y nuestros corazones. En este mundo de hoy un cristiano va a medir bien su posición de autentico seguimiento al Maestro al evaluar su “enganche” con el dinero y su nivel de codicia. Todo el entorno está lleno de adoración por el dinero. El consumismo ha ido complicándose no solo por el deseo de tener muchas, si no además por tenerlas de marcas con alto precio. Una de las mayores tonterías que pueden existir es pagar el doble o el triple por algo que siendo igual que el resto “se distingue” por su “imagen”. Debemos meditar muy en serio sobre nuestra posición respecto a las riquezas y a la codicia. Puede pasar desapercibida desde el punto de vista cristiano esa mala inclinación, porque en pocas ocasiones se considera como pecado el mal uso de las riquezas. Y, sin embargo, la terrible inestabilidad de este mundo surge de ahí. Los pueblos ricos explotan a los pobres. Y los hombres ricos precarizan el trabajo de otra gente para tener más riquezas. La oposición del cristianismo al mal uso de las riquezas o a la explotación económica no es un invento moderno de los cristianos progresistas.

“La avaricia que es una idolatría”. Pablo lo define estupendamente en la Carta a los Colosenses. Pocos adjetivos hacen falta ya. Es dinero es un ídolo de nuestro tiempo, que esta ahí, conviviendo con nuestras creencias y haciéndose sitio. Es muy importante que el cristiano piense en su posición exacta respecto a las riquezas y cual es el sitio que esas riquezas ocupan en su corazón.

 

A MODO DE CONCLUSIÓN.   Qué verdad tan grande es que la vida no depende de los bienes materiales que tengamos. Dicen las estadísticas que se suicidan más ricos que pobres y no hace falta consultar estadísticas para saber que la salud y el bienestar no están directamente relacionados con el mucho comer, ni con el mucho gastar. Todos sabemos que la miseria material es muy mala, pero también nos conviene saber que el excesivo afán de dinero y poder es malísimo. Tenemos que predicar la religión de la generosidad y de la solidaridad, del compartir lo necesario y de saber renunciar a lo superfluo.