Reporte Católico Laico

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Los cristianos nos encontramos en una lucha sin fronteras con las fuerzas del mal

Los cristianos nos encontramos en una lucha sin fronteras con las fuerzas del mal

 

 

(Heb 12, 5-7.11-13)

 

En este domingo, como segunda lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos presenta una bella exhortación que nos revela a Dios como un Padre que nos ama, y porque nos ama, nos corrige. Al estudiar este pasaje debemos tener presente la íntima relación que existe entre las palabras disciplina, discípulo y discipulado. Su primer sentido es el de aprendizaje o educación. Es verdad que también tiene el sentido de castigo; pero, como se ve claramente por este pasaje, no es el castigo que la ley penal inflige a los malvados, sino el castigo paterno que tiene por objeto la corrección. En general podemos comprender que disciplina quiere decir educación; pero no una educación permisiva y consentidora, sino que recurre al castigo cuando es necesario para bien del hijo. Es también provechoso considerar el sentido de la disciplina en la vida deportiva, que tantas veces se presenta como un ejemplo a considerar en la vida cristiana. Los atletas para alcanzar la victoria deben someterse a una disciplina que implica entrenamientos, dietas, sacrificios. Igualmente el cristiano, para alcanzar el cielo, debe asumir una disciplina en su vida de fe que lo lleve por el verdadero camino.

 

Un padre siempre disciplina a su hijo. No sería señal de amor dejarle hacer lo que le diera la gana sin preocuparse; más bien sería señal de que el padre no considera a esos niños como sus propios hijos, de los que se siente responsable. Nos sometemos a la disciplina que un padre terrenal nos aplica por poco tiempo, hasta que llegamos a la mayoría de edad, y que a veces es bastante arbitraria. El padre terrenal es aquel al que le debemos nuestra vida física; pero, cuánto más debemos someternos a la disciplina de Dios, a quien debemos nuestro espíritu, que es inmortal, y que, en su sabiduría, no busca sino nuestro bien supremo.

 

Los cristianos nos encontramos en una lucha sin fronteras con las fuerzas del mal. En esa lucha no encontramos sólo momentos de debilidad, sino que también estamos expuestos al peligro de tomar caminos torcidos, alternativos y que nos desvían. La corrección tiene, en esos casos, un fin altamente terapéutico, como cualquier corrección paterna. Según las enseñanzas de la carta, el Señor emplea con cada uno de nosotros una corrección que puede provocarnos, en ese momento, tristeza y dolor, pero que es todavía más capaz de dar alegría y de producir frutos de paz y de justicia.

 

Para quien cree, nada sucede por casualidad o por necesidad, sino en virtud de una providencia, la cual, aunque en ocasiones resulte difícil verla, ésta, no obstante, siempre está presente en la vida y en la actividad de los hombres. Demos gracias a Dios que nos ama y busca siempre nuestro bien, a pesar de que a veces lo haga por medio de caminos que no comprendemos. Que jamás perdamos la confianza en Él y caminemos según sus mandatos. Amén.

 

21 DE AGOSTO DE 2016

Pbro. Juan Carlos Benítez E.

Parroquia San José de Chacao.