Reporte Católico Laico

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La soberbia, uno de los mayores motivos de separación de Dios”

La soberbia, uno de los mayores motivos de separación de Dios”

Domingo XXII:

El Evangelio de hoy coloca a Jesús en una situación que podríamos llamar “comprometida”. Es sábado, día de descanso judío, ha entrado en casa de un fariseo y se ha sentado a la mesa con él, además no es un fariseo cualquiera, sino “uno de los principales”, dice el Evangelio. Además es una “comida-trampa” porque le están espiando a ver cómo actúa para después echárselo en cara. Y con todo esto, Jesús no se acobarda, sino que aprovecha la situación para hacer dos pequeñas catequesis: una sobre la vanidad y la humildad, y la otra sobre la gratuidad.          Jesús nuestro Maestro y Señor nos recomienda hoy, mediante una parábola, la humildad activa. No dejarnos, ni siquiera agasajar en un banquete, en un acto público.                    Pero, ¿para qué sirve la humildad en estos tiempos de tanto brillo, relaciones públicas, y méritos expresados con la mayor exageración posible? La humildad es una virtud rara, porque pocos son los humanos que la asumen sincera y completamente. La soberbia es lo contrario de la humildad y es uno de los mayores motivos de separación de Dios. La soberbia nace precisamente en personas que, tal vez, llevan un camino aceptable de perfección, pero que un exceso de autoestima les lleva a desvariar. Sería el caso del fariseo que rezaba en el lugar más importante del templo agradeciendo a Dios lo que bueno que era él mismo, cuando “el único bueno es Dios”. La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes tremendos enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias. No es ocioso pedir a Dios todos los días para que nos libre de caer en las redes demoníacas de la soberbia.

 

1.- EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO. Nos resulta claro que el mensaje fundamental de este domingo es la humildad. Dios mismo es humilde, pues Jesús se “anonadó” hasta someterse a la muerte de Cruz. “Hazte pequeño en las grandezas humanas” nos recomienda el autor del eclesiástico (1ra. Lectura). Cuando más grande seas, más debes rebajarte. Se hablará bien de ti, pues la gente no soporta a los soberbios y a los que creen que todo lo hacen bien. Admiramos sobre todo a aquél que ha conseguido con su trabajo grandes cotas, pero no presume de ello. Es sin embargo difícil para los grandes de este mundo el no mirar desde lo alto. Se creen superiores a los demás……No es porque alguien nos mira desde arriba por lo que debemos rebajarnos. La humildad no consiste en arrodillarse ante la fuerza. La humildad cristiana no es falta de autoestima, eso sería “falsa humildad”. Para Santa teresa de Jesús la humildad “es andar en la verdad”.

La soberbia es un gran pecado. Jesús en el Evangelio reprendía a los fariseos porque se creían perfectos. Cuando entró en casa de uno de los principales fariseos le estaban espiando. Les llama en alguna ocasión “hipócritas” y “sepulcros blanqueados“. El soberbio religioso es muy peligroso porque fácilmente condena, denuncia y desprecia a los demás porque se creen que lo suyo es lo único válido. San Agustín dice que a los soberbios les conviene caer para que experimenten también la debilidad: “Si es más soberbio, jamás será mejor; si es mejor, sin duda alguna será más humilde. Si quieres descubrir que eres mejor, interroga a tu alma por si ves en ella alguna hinchazón. Donde hay hinchazón, hay vaciedad. El diablo intenta hacer su nido donde encuentra un lugar vacío”.

 

Por experiencia San Agustín recomienda que “el primer paso en la búsqueda de la verdad es la humildad. El segundo, la humildad. El tercero, la humildad. Y el último, la humildad”. Virtud difícil, pero muy conveniente en el camino del cristiano, pues Dios revela sus secretos a los humildes.

 

2.- HUMILDAD, PERO DE VERDAD.   Narra una bonita leyenda que, un peregrino que volvía de Tierra Santa, cuando le preguntaron cómo había vivido su fe y qué había sentido en esos caminos por los que Jesús predicó, contestó: “sólo sé que he visto al Señor muy pequeño”.  En lo débil, Dios, desconcertó a los hombres contemporáneos de Jesús. Lo esperaban grande, apareció pequeño. Miraban hacia las nubes y nació en un pesebre. Pretendían sangre noble y real y, en una humilde nazarena, se gestó durante nueve meses el Dios Encarnado.

¿Qué tiene la humildad que tanto gusta a Dios? Goza de la verdad. Santa Teresa lo decía constantemente a sus monjas “humildad es andar en la verdad”.

Siempre es bueno recordar la aventura de dos amigos. Uno era rico y, el otro mísero. Un buen día, el potente, quedó arruinado y solicitó ayuda al segundo al que, mientras pudo, siempre le salió a su paso. No le defraudó su contestación: “nunca te he querido por lo que tenías ni por lo que me dabas, sino porque te quería de verdad”.

Con Dios pasa algo parecido. La humildad, ante El, nos hace grandes y únicos. Los grandes inconvenientes y obstáculos que existen entre el hombre y Dios, entre la humanidad y Dios, es el empeño por parte del humano de ser arrogante, seguro de sí mismo prescindiendo de toda ley divina y dejándose llevar exclusivamente por las de turno.

 

Sólo una humanidad, consciente de sus errores, sin pretender ser una diosa….. podrá tener futuro. Cuando se convierte en juez de los demás, dicta lo que está bien y lo que está mal o cuando decide quién, cuando y cómo tiene que morir (en la pena de muerte o en el patíbulo del aborto) es un sociedad corrompida y altiva.

El Eclesiástico nos recuerda “hazte pequeño en la grandeza”. Es difícil ese arte de empequeñecer. ¿Cómo llevar a cabo esa indicación? ¿Cómo ser diminuto en un mundo que valora lo supersónico? ¿Cómo ser humilde en una realidad que exalta lo ruidoso?

Ni más ni menos que, como siempre, volviendo a las fuentes de nuestra fe. La respuesta nos la da el evangelio: “los primeros, serán los últimos”.

Recientemente en un medio de comunicación social se reflejaba la siguiente noticia: “un ejecutivo es despedido de su trabajo por defender su posición frente a determinados temas como la vida y la familia” “He preferido dejar el terreno profesional a no ser yo mismo”. Respondía en una entrevista el afectado.

Ser los primeros, como cristianos, nos puede complicar la vida.A Jesús le ocurrió algo parecido: su humildad le llevo a hablar siempre con claridad. No se cruzó de brazos. No sucumbió ante el poder establecido. Sabía que, los poderosos de su tiempo, no valían un segundo de la eternidad que su Padre le tenía preparado.

Ser humilde no significa no ser combativo. Una visión incompleta de la humildad cristiana sería el ocupar los últimos puestos a la hora de defender los postulados cristianos, la vida de la Iglesia, la cruz o el mismo evangelio.

Siempre y en todo lugar, humildemente, aunque no nos comprendan, nuestra misión es dar muestras, razón y pruebas de lo que creemos y en quién creemos: JESÚS

 

CONCLUSIÓN:  ¡Hazte pequeño para que seas grande!  ¡Ánimo!

Monseñor-Ramón-Castro-Castro

Mons Ramon Castro, México