Reporte Católico Laico

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Jesús es el agua de la vida

Jesús es el agua de la vida

Estos cuarenta días, que conocemos con el nombre de Cuaresma, eran la última preparación que se daba a quienes iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, único día al año en que, en la Iglesia primitiva, se bautizaba a candidatos a formar parte de la comunidad cristiana. El tema esencial de toda la liturgia de esta semana era: Jesús es el agua de la vida.   El agua refresca, lava, fecunda, regenera; el agua es uno de los símbolos de la vida. En un lugar desértico el agua es la vida misma. Cristo es para nosotros, nos dice la liturgia en el desierto de la vida, el agua que nos lava, refresca, regenera y da la vida nueva.                             

Las lecturas hoy nos presentan escenas, fuertes, impresionantes. Y así, la primera, del Libro del Éxodo y el Evangelio, con el relato que hace San Juan de la escena del Pozo de Sicar, son sin duda unas páginas impresionantes de la Sagrada Escritura. El agua y la sed son argumentos de ambas y se construye, entonces, ese principio del agua eterna, instrumento de consuelo –nunca más habrá sed—para la vida eterna.        

1.- EL CÁNTARO.  Esta escena tiene todo lo ordinario de un día cualquiera, un mediodía normal, y la poesía de un encuentro. Hay dos personas esenciales, Jesús y la samaritana, y un interlocutor, mudo, entre Dios y el hombre:  ¡cántaro!                                                               

–un cántaro vulgar, porque es un día mas en la vida de la samaritana y porque Dios se hace el encontradizo junto al brocal de un pozo, o de un despacho, o en la clase, o en la cocina porque “también entre los pucheros anda Dios…”                                                                                  

 –Un cántaro rojizo, como avergonzado de las verdades que las vecinas dicen chismorreando de la samaritana, que huye de esas verdades yendo al pozo cuando no hay chismorreos, que a chismorreos nos suenan las verdades que un amigo sincero nos dice de nuestra conducta, cuando no queremos vernos sinceramente, como la sam

aritana.                                      

  –un cántaro vacío objeto de las iras de su ama cuando lo encuentra sin agua, porque hay que llenarlo constantemente, porque rezuma demasiado, porque no quita la sed, porque parece un secante, que no hay nada que nos satisfaga, ni cinco maridos, ni un amante, que es de la otra agua que necesitamos, agua viva que se hace fuente en el corazón, agua que solo da Dios.                             

–un cántaro traído y llevado con viveza por esta mujer de rompe y rasga, que se ríe del judío que le ofrece agua sin tener cubo ni cuerda, para no tener que venir a buscarla, que cuando se ve acorralada saca viejos problemas teológicos del culto a Dios, como último escape antes de abrir los ojos con sinceridad, apela al Mesías que va a venir a aclararlo todo, como si dijera “esperemos que el Mesías lo aclare todo, ¿de acuerdo?”

Como anguilas nos escapamos del Señor cuando nos busca para hacernos sinceros, porque Jesús no catequizó a la samaritana para convertirla al judaísmo, la quiso samaritana y sincera consigo misma. Porque el único culto que quiere Dios es en verdad y en espíritu, no de cumplido, no de resabios teológicos, no de críticas a como dan el culto los demás, culto sincero de corazón, anhelando escuchar a Dios, así no habría misa aburrida.

 

En fin, un cántaro olvidado junto al pozo, porque algo ha roto la monotonía de aquel vulgar día de la samaritana. Dios se ha derramado en su corazón como el agua en la esponja. Y ha sentido que pesar de todo Dios si está con ella y ya no le importan los chismes de las vecinas y corre a su encuentro a comunicarlas su alegría.              ¿No nos tropezaremos un día con Dios junto al pozo y sentiremos también nosotros que es verdad que a pesar de todo Dios está conmigo?

2.- SIN AGUA NO HAY VIDA.   Hay una bonita leyenda que narra cómo una vez dos peregrinos iban buscando a Dios, en el horizonte, y sintieron sed. Recorridos unos kilómetros se detuvieron ante un pequeño arroyo de aguas turbulentas y contaminadas. Uno de los peregrinos, impaciente y ansioso, sin pensarlo dos veces se lanzó sobre el río y bebió. El otro, con más precaución, se apartó del surco del río y excavó con sus propias manos un pequeño agujero donde, con un poco de esfuerzo y sudor, encontró unas aguas cristalinas, frescas y puras que le ayudaron a finalizar su aventura.                       Jesús, como a la Samaritana, nos invita a no quedarnos en la superficie de las cosas. El agua, como alimento, es imprescindible para la salud y para el organismo. Pero, la mente y el corazón, sin ese vaso del agua de eternidad que nos ofrece Jesús ¿podrán resistir a tanta contradicción que nos sacude en una realidad donde todo se mide, menos la profundidad de las personas ?pe                             

Ortega y Gasset llegó a decir: “Una buena parte de los hombres no tienen más vida interior que la de sus palabras, y sus sentimientos se reducen a una expresión oral”. Como la samaritana necesitamos llenar nuestra existencia con una nueva fuerza llamada Jesús. Hoy (en este maratón cuaresmal) la eucaristía y la oración, el sacramento de la penitencia, la contemplación o el ayuno, pueden ser unos milagrosos pozos donde Jesús se sienta para ofrecernos el agua de la paz y del amor, de la tranquilidad y de la fe, de la esperanza y de la converción

                   

 Para recoger el agua, que nos ofrece el Señor, es necesario primero vaciar el cántaro de esas aguas corrompidas fruto de vidas pasadas de las que, a veces, tanta cuenta nos lleva el mundo y los que nos rodean pero que quedaron en el olvido para Dios.

3.- “SEÑOR, DAME ESE AGUA”.  El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. La mujer samaritana había buscado también la felicidad, pero no la encontró. Sólo cuando Jesús se acerca a ella y le ofrece “el agua viva” descubre el secreto.      Sólo necesitamos una cosa: ir a Jesús, creer en El, pedirle de beber como la mujer samaritana que le dice “Señor, dame de ese agua: así no tendré más sed”. El secreto de la felicidad es aceptar el amor que Jesucristo te ofrece y responder con amor confiado. Creer en El es abrirte a El para que viva en ti y te transformes en El. Creer en Jesús es beber de los ríos que brotan de su corazón. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el Espíritu Santo. Jesús está diciendo a la samaritana que ha empezado un tiempo nuevo, la era del Espíritu, que olvide ya sus dioses y su culto en Garizín, porque el culto que Dios quiere es “en espíritu y en verdad”. Le propone que crea en El para obtener los frutos del Espíritu. Esto mismo te está diciendo a ti, hombre-mujer del siglo XXI, pero tienes que convencerte que sólo El puede apagar tu sed. Pídele: “dame ese agua”.

A MODO DE CONCLUSIÓN.

Tres frases sintéticas que deberían cuestionarnos seriamente en esta Cuaresma

–        La samaritana tenía sed, pero de felicidad.

–        Reconoce en Cristo al Mesías y culmina su conversión

–        Se convierte en “apóstol” de Jesús.

¿Y NOSOTROS?               ¿De qué tenemos sed? ¿Renocemos al Mesías y nos convertimos? ¿Somos apóstoles del Señor?

¡Ánimo!

Monseñor-Ramón-Castro-Castro

Mons Ramón Castro/México

DOMINGO III DE CUARESMA