Reporte Católico Laico

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Lecturas venezolanas

Lecturas venezolanas

Atesoro en un lugar principal de mi biblioteca un viejo libro que compré en una librería de ocasión. Las Lecturas venezolanas es una “colección de páginas literarias, de escritores nacionales, antiguos y modernos, con notas de”, nada menos, “Mario Briceño-Iragorry”, reza su portadilla. Se trata de una novena edición de 1959, impresa en Madrid bajo el sello caraqueño de Edime, a pocos meses de la muerte de su ilustre antólogo. La primera, según fecha bajo la firma de don Mario, se remonta a 1926, cuando aún no llegaba a los treinta años. Los ciento veinticuatro textos que componen el libro están, en efecto, acompañados de notas explicativas acerca de su autor y su obra.

El libro está dividido en siete grandes ejes temáticos. Ellos son: “La patria”, “La naturaleza”, “Las actividades sociales”, “La mujer y el amor”, “El hogar”, “La muerte” y “La religión”. Las lecturas son breves y, en mayor o menor medida, claras y precisas. La primera parte comienza nada menos que con Mi delirio sobre el Chimborazo, el único poema escrito por el Libertador. Le siguen otros fragmentos de cartas y proclamas de Bolívar, pero también lecturas acerca de los orígenes étnicos de nuestro país y de historia colonial, siempre de la pluma de los mejores autores venezolanos. Otros textos de y sobre otros próceres de la independencia componen esta parte, Miranda, Sucre, Páez, Urdaneta. Pero también de héroes civiles como Cristóbal Mendoza. Cierra este capítulo el hermoso poema de Antonio Arráiz, Quiero estarme en ti.

El segundo capítulo reúne textos en torno a la idea de “la naturaleza”, pero que el título no nos engañe. No se trata de la naturaleza en general, como concepto abstracto. Se trata de nuestra naturaleza venezolana, descrita por venezolanos. Componen la sección, por ejemplo, fragmentos de la Silva criolla de Lazo Martí, el poema La media noche y la claridad de la luna de José Ramón Yépez o la leyenda de Las cinco águilas blancas de Tulio Febres Cordero, donde se recoge el mito indígena del origen de la Sierra Nevada de Mérida. El tercer capítulo, “Las actividades sociales”, nos habla de nuestras costumbres y valores colectivos. Hay poemas como Caridad, de Eduardo Calcaño (“Da limosna, hijo mío…”), cuentos como El diente roto, de Pedro Emilio Coll, y textos como La libertad y la ley, de Fermín Toro. El cuarto capítulo, “La mujer y el amor”, contiene bellísimos textos como “Miel de aricas”, que es parte de un capítulo de la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, cuando Marisela y Genoveva se confiesan enamoradas de Santos Luzardo; o el poema Te amo de Pérez Bonalde. El quinto, titulado “El hogar”, contiene narraciones breves como El tío que volvía de Brasil, de Mariano Picón Salas, o poemas como Los hijos infinitos, de Andrés Eloy Blanco. En el sexto, “La muerte”, hay narraciones como El reloj de la muerte, de Teresa de la Parra; sonetos como El caballero de la muerte, de Eduardo Carreño, o la Geórgica, tomada de El cielo de Timón de José Antonio Ramos Sucre. El último capítulo, “La religión”, contiene poemas como Dios, de Abigaíl Lozano, o un hermoso Soneto del obispo Mariano de Talavera, pero también textos de tono apologético como La iglesia, de Cecilio Acosta. Cierra este capítulo, y el libro todo, un largo fragmento de La oración por todos (“Ve a rezar, hija mía, ya es la hora…”), imitación del poema homónimo de Víctor Hugo por nuestro maestro Andrés Bello.

En unas palabras de “advertencia”, en la primera edición, don Mario enuncia el objeto preciso de esta selección: “que en nuestras escuelas se tengan a la mano trozos literarios de nuestros escritores, para que el niño se familiarice con el nombre de algunos de ellos”. Y más adelante: “nada más lógico que cuando el niño ya sepa leer, dirija sus miradas a nuestros propios escritores”. Termina el breve prólogo con estas palabras: “Nuestra satisfacción sería que esta colección fuese bien acogida por las autoridades que velan por nuestra Instrucción oficial (…) y por los encargados de la educación de los que serán mañana nuestros hombres”. Como vemos, nuestros ancestros sí sabían que la única manera posible de construir ciudadanía es a través de la educación. Con honesta intención paidéutica, don Mario no busca explicarnos nada, sino mostrarnos cómo los venezolanos hemos sido capaces de explicarnos a nosotros mismos con nuestras propias palabras, de la mano de nuestros escritores y pensadores. Los grandes temas que toca, la patria, la naturaleza, el amor, la familia, la muerte, Dios, se van hilando sabiamente en la configuración de un ethos nuestro, esa amalgama de principios, cultura y sentimientos que llamamos “patria”.

Cada vez que me pregunto qué fue lo que nos pasó, cuándo fue que nos extraviamos y cómo será que volveremos a encontrarnos, vuelvo a este pequeño libro que un día por fortuna me topé en una vieja librería de Mérida. En su primera página, con letra nerviosa y diminuta, está garabateado un nombre y una sección: “Blasco Acevedo, 3er. año A”.

@MarianoNava

Fuente: http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/lecturas-venezolanas_641911