Reporte Católico Laico

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Los obispos de Cuba irán al Vaticano a finales de este mes

Los obispos de Cuba irán al Vaticano a finales de este mes

Como telón de fondo, el momento complejo y prometedor de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, y las potencialidades de una comunidad eclesial «con freno de mano»

 

La última visita «ad limina» del episcopado de Cuba fue el 8 de mayo de 2008, cuando el Papa era Benedicto XVI. Ahora, a 9 años de distancia, los 12 obispos cubanos (de tres arquidiócesis, 9 diócesis y un auxiliar) vuelven al Vaticano para su nueva visita «ad limina», que comenzará el martes 25 de abril. Se reunirán con el nuevo Papa, Francisco, el jueves 4 de mayo, y será, seguramente, una reunión fuera de lo normal. Es más, podría marcar, aunque no con efectos inmediatos, el comienzo de un cambio para esa Iglesia latinoamericana tan querida por el Papa.

 

Hace ocho años el entonces arzobispo de Camagüey (y desde el 26 de abril de 2016, por voluntad de Francisco, arzobispo de La Habana, sustituyendo al cardenal Jaime Ortega), monseñor Juan García Rodríguez, saludó a Benedicto XVI en nombre de sus hermanos. En su discurso del 2 de mayo de 2008 a los religiosos cubanos, Benedicto XVI tocó principalmente seis temas: la promoción de la vida espiritual, una atención especial por los presbíteros, un renovado compromiso a favor de las vocaciones religiosas, la cercanía a los religiosos, religiosas y misioneros (muchos de ellos extranjeros), un cuidado intenso de la pastoral matrimonial, familiar y del laicado, y, para concluir, el servicio a los pobres y necesitados. En ese entonces, el Pontífice evitó afrontar otros temas importantes, como la relación entre la Iglesia cubana y la sociedad, el Estado y las instituciones socialistas del país. Se prefirió no dar espacio público a algunas cuestiones pendientes en este terreno, puesto que quedaba claro que muchas cosas estaban cambiando, aunque con mucha lentitud.

 

Grandes hechos en los últimos años

 

Desde entonces han pasado 9 años y durante este tiempo, entre dos Pontificados, han cambiado, sin duda, muchísimas cosas. Antes que nada, la Iglesia y el pueblo de Cuba han recibido a tres Papas: Benedicto XVI, del 26 al 28 de marzo de 2012, y después Francisco en dos ocasiones (del 19 al 22 de septiembre de 2015 y el 12 de febrero de 2016, cuando se reunió con el Patriarca Kirill en La Habana). En la isla, la ejecución y aplicación del Plan pastoral 2014-2020 está a medio camino. En el Episcopado de ahora, los eméritos son cinco y entre ellos hay una figura clave, el ex-arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, artífice de la primera negociación con el gobierno del presidente Castro, que permitió la liberación de decenas de prisioneros en 2010.

 

En febrero de 2008 tomó posesión, como nuevo presidente y sucesor de su hermano Fidel, anciano y enfermo, el general Raúl Castro, quien se quedará en su puesto hasta febrero de 2018, cuando pasará la estafeta al primer vice-presidente Miguel Díaz Canal (de 57 años), pero seguirá siendo Secretario general del Partido comunista hasta 2021. Raúl Castro se reunió con Papa Francisco por primera vez el 10 de mayo de 2015 en el Vaticano. Mucho antes del fallecimiento de Fidel Castro, que fue hace algunos meses, está en marcha en el país un proceso gradual de renovación de la clase dirigente: una nueva generación está ocupando los puestos de responsabilidad de los líderes históricos de 1959. El mismo modelo y sistema económico, socialista, desde hace medio siglo, está viviendo con éxito la introducción de micro-empresas que ya no dependen del Plan (estatal), sino de las reglas del libre mercado. Mientras tanto, la hegemonía del Partido comunista y los mecanismos de la democracia popular siguen intactos. La gran mayoría de los cubanos parece aceptar con convicción la ecuación socio-política e institucional de la actualidad: fuertes límites a la dialéctica democrática representativa en cambio de un estado social universal, eficiente y garantizado, que asegura, entre muchos beneficios, salud y educación completamente gratis para todos.

 

Además, desde el 17 de diciembre de 2014, se está llevando a cabo la compleja normalización de relaciones entre Washington y La Habana, aunque siga en pie, como una roca en el camino, la cuestión del embargo estadounidense contra la isla. En Washington estaba Barack Obama en esa época. Ahora, con la administración de Donald Trump, un velo denso de incógnitas ha caído sobre el desarrollo de estas relaciones. Como se sabe, el aporte de Papa Francisco, en la larga y compleja (además de secreta) intermediación entre Cuba y Estados Unidos (que comenzó en Haití en 2010 y prosiguió en Canadá, para concluir el 2014 en las oficinas de la Secretaría de Estado vaticana), fue determinante en un momento histórico muy delicado para ambos interlocutores.

 

Un paso delicado pero fundamental para el futuro

 

La Iglesia cubana que se está preparando para describir estos años cruciales a las autoridades vaticanas, al Papa y a sus colaboradores más cercanos (los prefectos), ya no es la de hace ocho años: su presencia parece haberse ido enrareciendo pero su papel y su autoridad en el país han crecido mucho, por lo que muchos sectores de la clase gobernante cubana quisieran que tuviera mayor protagonismo. Sin embargo, también es cierto (y esto no se tiene mucho en cuenta) que para que esta Iglesia tenga un mayor protagonismo necesita condiciones mínimas, bastante limitadas en la actualidad, que le permitan una integración social menos burocrática.

 

El pasado 30 de marzo, en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán, monseñor Paul R. Gallagher, Secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, en ocasión del congreso «De la Cristiada a los desafíos de la actualidad. El camino de la libertad religiosa» hizo una reflexión que hay que tener en cuenta para interpretar la próxima visita «ad limina» de los obispos cubanos: «En Cuba, por ejemplo, en enero de 1998, el Papa lo recuerda desde su llegada al aeropuerto de La Habana: “Hoy, como siempre, la Iglesia en Cuba desea poder disponer del espacio necesario para continuar sirviendo a todos, en conformidad con la misión y con las enseñanzas de Jesucristo”. Algunos días más tarde, en la plaza José Martí, definió la libertad de conciencia “base y fundamento de los demás derechos humanos”».

 

Al respecto, es interesante el comentario que hizo el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, que, recordando los momento más importantes de la visita de Papa Wojtyla a Cuba, afirmó: «La Iglesia es soberana (católica, universal) y su misión trasciende los límites físicos de las naciones; por tanto, es su deber buscar un espacio de libertad para enseñar, predicar y adorar. Al mismo tiempo, es necesario que en las relaciones Iglesia-Estado exista una total y cordial armonía, puesto que el hombre desarrolla su vida tanto en el ámbito eclesial como en el ámbito civil. Ignorar uno de los dos ámbitos implicaría una absurda contraposición. No hay que olvidar que el mensaje evangélico no se circunscribe únicamente a la esfera del culto y de la práctica religiosa, sino que está tendido a iluminar todo el hombre, todas las acciones humanas y cada una de ellas. La Iglesia hace esfuerzos constantes para comprender y ser partícipe de la realidad del hombre de manera cada vez más activa». El derecho a la libertad religiosa nunca es comprendida aisladamente, y tan es verdad que Juan Pablo II, dirigiéndose al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, habló al mismo tiempo de «libertad de pensamiento, de conciencia, de religión, de expresión, de pluralismo político y cultural».

 

Estas reflexiones, que podrían ser llamadas «programáticas» aunque la palabra no sea completamente apropiada, son la brújula que orienta desde hace más de un año las conversaciones (reservadísimas) entre una Delegación episcopal y otra del gobierno cubano, y seguramente será, en las próximas semanas, utilizada también en el Vaticano como una instrumento para analizar el momento actual que vive la Iglesia católica en la isla. El objetivo concreto de estas negociaciones será la definición de un estatuto jurídico compartido, para definir las actividades regulares de la Iglesia, respetando su autonomía y su especificidad, dentro del marco institucional del país.

 

Una mirada sobre la Iglesia cubana

 

Estuvimos en Cuba a mediados de febrero y, después de una visita llena de encuentros con estudiosos, expertos, periodistas, académicos y hombre de iglesia en tres ciudades (La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba) se formó una cierta opinión de conjunto que ha sido confirmada, en particular con las conversaciones con muchos jóvenes que nacieron en los últimos 35 años. En nuestra opinión, la mayor parte del pueblo de Cuba apoya la Revolución cubana, a pesar de sus sombras, de sus límites y de sus insuficiencias, porque siente profundamente que le garantiza dignidad. Claro, se trata de una vida humilde, con lo mínimo necesario, pero serena y segura, en la que todos tienen garantizado, justamente, «lo mínimo digno». Obviamente aspiran a que esto aumente, aunque vean en el horizonte dos obstáculos notables: un sistema monetario con dos monedas (el Peso cubano, moneda corriente para las principales transacciones cotidianas, y el Peso cubano convertible, moneda necesaria para comprar determinados bienes, sobre todo tecnológicos, cuya unidad corresponde a un dólar estadounidense y que se obtiene convirtiendo 25 pesos normales) y el bloqueo estadounidense, que afecta drásticamente la economía doméstica desde hace más de 50 años, cuando fue concebido en Washington para acelerar la caída de Fidel Castro.

 

Indagando sobre la percepción que el cubano promedio tiene de la Iglesia católica, escuchamos a menudo esta respuesta: «Parece ausente», no porque lo esté verdaderamente, sino porque se tiene la impresión de que camina «con el freno de mano, con tal discreción que no permite advertir su presencia». «No se tiene la impresión de que su presencia pastoral, indiscutible, sea valiente ni audaz», fue la respuesta cuando preguntamos por qué las comunidades eclesiales parecen tan ocultas.

 

Gran parte de nuestros interlocutores se demostraron deseosos de conocer el pensamiento de Papa Francisco sobre la «Iglesia en salida», intuyendo que la cuestión también tiene que ver con los católicos cubanos. No es fácil en Cuba encontrar los textos del magisterio de Francisco. La prensa oficial no publica las intervenciones del Papa. A veces se limita a indicar algunas frases y pequeñas reflexiones, pero estos textos no se encuentran ni siquiera en el sitio de la Conferencia Episcopal o en otros como Palabra Nueva o Vitral. Lo poco que circula del magisterio de Francisco son recuerdos de su visita de 2015.

 

Se podría decir que ante la gran curiosidad, tanto fuera como dentro de la Iglesia, sobre el magisterio del Papa no hay una oferta adecuada de textos, análisis y comentarios. Sin embargo, comprendimos también que de este magisterio se siente una gran necesidad, aunque lleguen solo reflejos y referencias indirectas, parciales e incompletas. La Iglesia en Cuba está viva y trabaja intensamente en cada diócesis, grande o pequeña, del oriente y del occidente, pero nos dio la impresión de que la jerarquía ejerce una especie de vigilancia de vieja guardia sobre el laicado, casi pre-conciliar, y los laicos mismos son muy clericales. Todavía falta un dinamismo diferente, por lo que los laicos más comprometidos y activos se desplazan rápidamente dentro del trabajo, egregio, que llevan a cabo grupos como la Comunità di Sant’Egidio y otros movimientos apostólicos. Son realidades muy abiertas que dirigen sus miradas hacia afuera de la isla con un interés universal. Hace poco, por ejemplo, un gran grupo de laicos voluntarios que trabajan en las obras de Sant’Egidio vivió en Italia una experiencia que dará muchos frutos desde el punto de vista de la apertura y que será capaz de derribar las visiones reducidas.

 

Esta apertura le falta al Episcopado local, que en algunos momentos parece condicionado por la mirada en el extranjero sobre los cubanos, en particular en Estados Unidos. Claro, es cierto que estos ciudadanos son parte de la Iglesia cubana y deben ser tratados como tales, pero no existe una Iglesia cubana en el exilio. La lista de los retos de la Iglesia cubana de hoy y del mañana es larga y articulada, pero no hay duda de que el principal y verdaderamente decisivo se relaciona con la urgencia de superar una actitud, que seguramente tiene razones históricas, constantemente auto defensiva frente a una sociedad en constante movimiento que la estima y aprecia, pero que no la ve como un protagonista. Las causas de esta realidad forman parte de la relación con las instituciones del país, pero también de los límites intrínsecos de la misma comunidad eclesial.