Reporte Católico Laico

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La Comunión realmente compartida

La Comunión realmente compartida

RCL les invita a leer a Alfredo Coronil Hartmann.-

Este, mas de mes y medio, de combates diarios, de afirmaciones de autoafirmaciones, de grandezas y mezquindades, de encuentros y desencuentros, de glorias y miserias, han sido decisivos para mi valoración de mi país, de sus gentes y evidentemente del campo de acción que en base a esa nueva ponderación pudiera intentar cumplir.

Por simple honestidad intelectual, es necesario admitir que el proceso de desencuentro, de alejamiento, podríamos decir de divorcio, se venía operando desde antes del deslave chavista y sus aludes de inmundicias. Nuestra democracia civil, que tanta sangre, sudor y lágrimas había costado salvaguardar e imponer, se había ido desdibujando y sus valores y principios éticos, habían sido sustituidos por una visión cosmética de la política y de los políticos, un juego de máscaras, vacías de real sustento y entidad. Solo entendiendo esa realidad pre-existente puede concebirse que Venezuela se haya arrojado, no resignada sino de manera entusiasta, en 1998, al magma destructivo de un volcán de lugares comunes y de resentimientos bastardos del que nadie podía, en buena ley, esperar nada positivo.

Tampoco el mediocre taumaturgo del cuento, ofrecía grandes cosas, programas concretos, tangibles, realizables. Apenas asomó la ilusión de una nueva telenovela, pletórica de demagogia populista y se vendió a si mismo como el ángel del castigo y de la redención de las clases oprimidas, su deplorable verbo escatológico habló de camiones de cochinos destinados al matadero, de cabezas fritas en aceite y otras lindezas de ese estilo, por ello mismo, un grupo importante de capitostes millonarios, ignorantes e inescrupulosos, ágrafos como una buena parte de la mal llamada alta clase social, que en una sociedad fluida, no estratificada y determinantemente mestiza, no pasa de ser un mal chiste, lo rodearon y se disputaron un inexistente papel de tutores o guías intelectuales y políticos del baturro, pero también cazurro individuo. Todos ellos, mas temprano que tarde, se enteraron que su descubrimiento ni les quería, ni les agradecía nada.

Las caras compungidas, de los ya algo otoñales pretendientes a Tayllerand y aún a Fouche, fueron prolongadas, estrepitosas, lacrimosas -como el mejor coro griego de plañideras contratadas- algunos siguen llorando su desconsuelo. El engendro no solo fue malagradecido, no pocas veces fue feroz, de una crueldad innecesaria, se podría decir lujosa, les quitó empresas y negocios, los despreció de manera pública y reiterada, con recochineo.

Por su parte los políticos “profesionales” o supuestos a serlo, se encontraban inmersos en la apoteosis de la mediocridad, era la platitud de un grupo de mozos de estoque, sin matador que los condujera y emulsionara, los líderes fundadores y sus relevos escogidos por ellos, habían muerto o pasado a retiro y en los roles protagónicos quedaron, como por olvido, unas cuadrillas de yes man incapaces de alguna iniciativa propia. Alguna vez dije en público, creo que en la UCV, que los líderes habían sido sustituidos por sus secretarios y estos a su vez por sus ofice boys y que esa era la curva de la decadencia de nuestros partidos.

Todos estos deplorables elementos contribuyen a explicar la lentitud e ineficacia de la reacción necesaria para que Venezuela se sacudiera de esta ignominia, no obstante el pueblo estuvo donde era necesario, las marchas de abril del 2002 no fueron una ilusión óptica, ni un truco fotográfico, de desilusión en desilusión la calle se fue enfriando, los aspirantes unánimemente aupados que resultaron patarucos, los diálogos de sordos, fueron minando la fe colectiva. No obstante, las hazañas del 2014 fueron categóricas y épicas y llegamos al 2017. Ya se está hablando y me parece bien que se haga, de la generación del 2017, nada falta a estos admirables muchachos para regatearles el imponer su sello en nuestra Historia, lo están haciendo, con grandeza, con coraje, con impronta épica y a su lado nuestra Iglesia, aportando su sabiduría y su coraje combatiente.

Venezuela no es un país muerto, ni cobardón ni embozalado, sí somos el bravo pueblo, que fue capaz de luchar catorce años consecutivos, de perder un tercio de sus pobladores, por alcanzar la libertad y llevársela a los hermanos de la Nueva Granada, del Ecuador, de Perú, de Bolivia y de un Panamá aún no nacido. A ese pueblo, a sus mejores causas nos debemos, no quedan razones para la depresión, Venezuela existe y está de pie ¡ Adelante !

Alfredo Coronil Hartmann

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