Reporte Católico Laico

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Liturgia de la semana del 27 de agosto al 02 de septiembre de 2017

Liturgia de la semana del 27 de agosto al 02 de septiembre de 2017

Domingo XXI del tiempo litúrgico ordinario. 

27 de agosto de 2017

 

Comentario a la segunda lectura

(Rm 11, 33-36)

La segunda lectura de este domingo viene a ser continuación del domingo anterior, donde Pablo afirma la universalidad de la salvación de Dios, quien “ha permitido que todos (judíos y gentiles) cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia.” Ante esta verdad, Pablo se admira y eleva al Señor una oración de alabanza y de acción de gracias que hoy escuchamos y podemos hacer también nuestra: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios!”

¿Qué es la sabiduría en el contexto de la Sagrada Escritura? Lo primero que tenemos que afirmar es que no es exactamente lo que podemos entender hoy en nuestra cultura occidental. En la Biblia, como en las culturas orientales, la sabiduría es el arte de vivir honestamente y en justicia respecto de Dios y del prójimo. El sabio es la persona madura en plenitud humana. Acumulan sabiduría, es decir, experiencia liberadora y plenificante, el hombre y la mujer que son personas de perfección moral y siguen los caminos que marca la ley del Señor.

Para el hombre de la actual cultura occidental, la sabiduría es poseer conocimientos, ciencia y especialización. El sabio actual es el científico, y ya no el santo, porque la sabiduría moderna no es ciencia de la vida, sino de las cosas, de los objetos y de la técnica. Así la sabiduría pierde proyección en la persona y en su vida moral; ya no es la medida de la plenitud humana, porque se ha hecho un objeto y queda fuera de la vida del hombre.

Cristo es Sabiduría de Dios para el creyente, para nosotros; pero no en el sentido estático del saber científico sino en la línea dinámica de la sabiduría bíblica: plenitud personal, perfección moral y madurez humanista. Cristo es luz, verdad y vida para la salvación, liberación y santificación del hombre; más aún, para su filiación adoptiva por Dios. Hoy tenemos que pedirle al Señor nos conceda el don de la Sabiduría, esa Sabiduría que Él sólo puede dar. Una sabiduría para la vida y que se proyecta en nuestra relación con Él y con nuestros hermanos. Amén.

Pbro. Juan Carlos Benítez E.

Parroquia San José de Chacao.

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Domingo XXI del tiempo litúrgico ordinario

27 de agosto de 2017

 

Comentario al Evangelio

(Mt 16, 13-20)

En la liturgia de los domingos anteriores, Jesús revela su gran sensibilidad hacia la gente que le sigue: Él sabe ver sus necesidades, siente compasión hacia ellos y actúa con solicitud su salvación. Así llegamos al texto del evangelio de este domingo, que nos convierte en testigos de un acontecimiento en la región de Cesaréa de Filipo, mientras Jesús, con sus discípulos, continúa su camino. En los versículos que preceden a este pasaje del evangelio según San Mateo, podemos ver cómo Jesús va formando a sus discípulos: les enseña con las palabras y con la propia vida, a través de los milagros y de los simples gestos de bondad y de acogida de los otros. Los discípulos tienen muchas posibilidades de conocer más profundamente a su Maestro. Sin embargo, a menudo vemos que son incapaces de comprender la enseñanza de Jesús, de entrar en su lógica, en su modo de pensar, de sentir y de ver las cosas bajo una luz diferente. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Jesús se pone a preguntar a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Las respuestas de la gente indican que intuyen que Jesús es un gran profeta, pero no logran llegar al pleno conocimiento de su verdadera identidad. Jesús pregunta entonces a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Pareciera que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

El evangelio nos invita a ver cómo la decisión de fe, de adhesión a Jesús, debe ser tomada con plena consciencia y de un modo totalmente personal. En la medida en que un discípulo personalice su fe, se irá aquilatando su vida creyente. Pero el discípulo llega a este conocimiento de Dios no sólo a través de sus propios esfuerzos de profundización intelectual de la doctrina, o a través del cumplimiento de ciertas prácticas religiosas. Lo hace, sobre todo, a través de la relación personal con Jesús; en apertura a la gracia de la revelación del Padre: “esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. De ahí que la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, también va dirigida a nosotros, a la Iglesia de hoy, a mi comunidad, a mí, en orden a personalizar el seguimiento de Jesús. Conviene preguntarse: ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Tengo “relación personal” con Jesús?

Pbro. Francisco José Morales Villegas.

Seminario Santa Rosa de Lima.