Reporte Católico Laico

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“Compartir la fe es una acción de familia”: hermosa homilía de Mons Biord Castillo

“Compartir la fe es una acción de familia”: hermosa homilía de Mons Biord Castillo

Homilía en la ordenación diaconal

de Phan Ahn Tuan, Víctor Mendoza y Rafael Guarique

7 octubre 2017

 

 

Mons. Raúl Biord Castillo, SDB

 

La Virgen del Rosario y la Auxiliadora

Hoy, en este Santuario de María Auxiliadora en Caracas, estamos celebrando la gracia de Dios que se derrama sobre tres jóvenes salesianos que serán ordenados diáconos al servicio del pueblo de Dios, especialmente de los jóvenes.

Es una bendición especial que hoy es la fiesta de La Virgen del Rosario. Ambas devociones están unidas estrechamente. La gran ocasión de la entronización oficial del título “Auxilium Christianorum” se dio con la invocación del papa san Pío V, que le confió los destinos de la fe cristiana en la batalla de Lepanto (el 7 de octubre de 1571). Los ejércitos cristianos afrontaron y vencieron a la flota musulmana. Como memoria de esta victoria, el papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, al mismo tiempo se abría espacio entre el pueblo la invocación a la celeste protectora como “Auxilio de los cristianos”.

El grito de alegría del pueblo cristiano se perpetuó en esta invocación; el senado veneciano hizo escribir bajo el cuadro conmemorativo de la batalla de Lepanto, en el Palacio Ducal: “Ninguna potencia, ni armas, ni generales ni líderes nos condujeron a la victoria, sino María del Rosario”, y así al lado de los antiguos títulos de “Consoladora de los afligidos y “Refugio de los pecadores”, se añadió para el pueblo y para la Iglesia “Auxilio de los cristianos”. En el ochocientos dos grandes figuras, el beato Bartolo Longo en Pompeya y don Bosco en Turín, reavivaron la devoción a la Virgen del Rosario y a la Virgen Auxiliadora.

Las Memorias Biográficas nos relatan que “los que conocieron a Juanito Bosco nos atestiguan su amor a la oración y su gran devoción hacia María santísima. El santo Rosario le debía ser familiar a Don Bosco, porque desde los primeros tiempos del Oratorio hasta los últimos años de su existencia quiso que fuera recitado por los jóvenes todos los días. Era para él una práctica de piedad necesaria para vivir bien, como el pan cotidiano para mantener las fuerzas y no morir”.

Juanito aprendió a amar y a rezar el Rosario en la escuela de Mamá Margarita, como él mismo nos cuenta en las Memorias del Oratorio: “Su máximo cuidado fue instruir a sus hijos en la religión, encaminarlos a la obediencia y ocuparlos en las cosas compatibles a esa edad. Mientras era pequeño, me enseñó ella mismas las oraciones; hacía que me arrodillara en la mañana y en la tarde con mis hermanos y todos juntos recitábamos las oraciones con la tercera parte del Rosario”.

Mamá Margarita se destacó como maestra de oración, y compartir la fe es una acción de familia. Juanito no tuvo vergüenza de invitar a rezar el rosario a sus amigos, anticipando la oración y la catequesis a los juegos y a la diversión. Todos recordamos con emoción este el fragmento de las Memorias del Oratorio: “Existe en I Becchi un prado… que en aquel tiempo me fue muy útil. Ataba a ese árbol una cuerda que anudaba a otro situado a cierta distancia; a continuación, colocaba una mesita con una bolsa y una alfombra en el suelo para dar los saltos. Cuando todo estaba preparado y todos ansiosos por admirar las novedades, antes de nada, los invitaba a recitar la tercera parte del rosario, tras la cual se hacía un canto religioso. Acabado esto, subía a una silla y bien hacía una plática –mejor dicho, repetía lo que recordaba de la explicación del evangelio que había escuchado por la mañana en la iglesia–, bien contaba hechos o ejemplos oídos o leídos en algún libro. Terminada la plática, se hacía una breve oración y enseguida comenzaban las diversiones”.

Describiendo cuáles era las prácticas de piedad más comunes en el Oratorio, las Memorias Biográficas relatan: “Tanto era devoto al santo rosario Don Bosco que hacía recitar una tercera parte del Rosario en todas las fiestas, exhortando con fervor a sus jóvenes a rezarlo en sus casas durante la semana”.

Finalmente hay que recordar que en I Becchi, en la planta baja de la casa de José, el hermano menor, se adaptó un pequeño ambiente para capilla, y Don Bosco lo dedicó a la Virgen del Rosario. La capilla fue inaugurada por él mismo el 7 de octubre de 1848. Nuestro padre celebraba ahí todos los años la fiesta de la Virgen del Rosario, solemnizándola con la banda musical y el coro de los muchachos de Valdocco. Éste fue el primer centro de culto mariano querido por don Bosco y testigo privilegiado de los inicios de la Congregación Salesiana. Ahí, el 3 octubre 1852, Miguel Rua y José Rocchietti recibieron el hábito clerical. En esa capilla rezó ciertamente Domingo Savio el 2 octubre 1854, en ocasión de su primer encuentro con don Bosco.

Don Bosco consideraba el Rosario como uno de los puntos fundamentales de su método educativo. A un alto político que visitando el oratorio, le recomendó: “Quite esa costumbre tan atrasada de repetir 50 avemarías”, Don Bosco le respondió: “Sobre la devoción a la Virgen y el rezo del Rosario se basa toda mi obra educativa. Preferiría renunciar a cualquier otra cosa, antes que al Rosario”.

 

CONSAGRADOS PARA SER DIÁCONOS

Queridos hermanos Phan Ahn Tuan, Víctor y Rafael, el Señor los llama para un ministerio específico en la Iglesia. La primea lectura nos habla de una llamada que tiene dos componentes: una consagración y una misión.

La Consagración: indica el ser llamados, separados para un servicio especial. El profeta Isaías bien conoce su condición. Es un hombre de labios impuros. Isaías en una visión contempla la gloria del Señor Dios, sentado en un trono excelso y elevado, rodeado de ángeles que indican una esfera celestial, y que cantaban en coro el trisagio: “Santo, santo, santo, el Señor: llena está toda la tierra de su gloria”.

Isaías siente la distancia entre la santidad y la pureza de Dios y su propia situación. Se dice: “¡Ay de mí, estoy perdido pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito”. Todos nosotros, llamados al servicio de Dios, somos pecadores, débiles, indignos para cualquier vocación. Es Dios quien nos hace dignos, nos levanta de nuestra miseria y nos capacita con su gracia para la misión que Él nos confía. Dios purifica a Isaías, quien relata esta experiencia mística con estas palabras: “Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca y dijo: “He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado.”

La misión: la consagración no es para hacernos más perfectos, una élite espiritual separada del pueblo. Todo lo contario, la consagración es la condición previa para el envío a una gran misión. Por eso el Señor confía a Isaías una tarea. “Entonces oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte nuestra? Respondí: “Aquí estoy: envíame”.  Dios sigue llamando hoy, hace falta que cada uno responda personalmente y le diga al Señor: “Cuenta conmigo”.

 

Nuestra misión es la evangelización

La segunda lectura tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios, nos expone el contenido de la misión: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!”.

El Señor nos llama para confiarnos la obra de la evangelización, anunciar el Evangelio a todas las gentes como dice el mandato del Resucitado, colorear de evangelio toda la realidad: la creación, las personas, la historia, la vida. Colorear de Evangelio… es una frase que me gusta. El Evangelio tiene muchos rostros y muchos colores, no es una tarea aburrida, gris, incolora. Todo lo contrario es una maravillosa aventura llena de luz y de colores.

Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, a nosotros como salesianos nos toca sobre todo entregar el Evangelio a los jóvenes, y de entre ellos a los más pobres, a los indígenas, a los campesinos, a los que viven en los barrios populares, a los que han perdido toda esperanza.

San Pablo además nos cuenta que por el Evangelio hay que renunciar a sí mismo, a los propios derechos e intereses: “Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo”. Muchos laicos comparten con nosotros el carisma salesiano, muchos comparten algunas horas, días o hasta un año como voluntarios. Pero a los consagrados en la familia salesiana se nos pide renunciar al derecho legítimo de tener una familia propia, una esposa, unos hijos, por entregar el Evangelio a los jóvenes. Una renuncia de la propia vida para dar toda la vida por los jóvenes, es lo que nos enseñó don Bosco. Queridos jóvenes aquí presentes: se los digo con todo corazón, “vale la pena entregar la vida como Jesús”, “vale la vida ser salesianos”, se experimenta una gran alegría… ¡Sean generosos con Dios!

 

Multiplicar el pan y la esperanza

El evangelio de San Lucas que escuchamos hoy nos habla de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús predicaba el Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. La gente acudía masivamente a escucharlo, a buscar consuelo, a pedir salvación, a escuchar su Palabra de vida.

Pero Jesús tenía bien claro que la evangelización no se podía reducir a lo que muchos piensan que es lo “espiritual”. El Evangelio como en la encarnación toca todo lo humano: nuestra carne, nuestra vida, nuestra historia, nuestra hambre. Los apóstoles se dieron cuenta que la gente tenía hambre, pero lo único que se les ocurrió fue decir a Jesús: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar solitario”, pero Él les dijo: “Denles ustedes de comer.” No basta conocer la realidad de sufrimiento, no bastan los análisis de la realidad, hace falta hacer algo, involucrase en la búsqueda de soluciones. Jesús nos sigue repitiendo: “Denles ustedes de comer.”

Nosotros, como los Doce, sabemos que: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Pero el Señor cuenta con lo poco que tenemos y lo poco que somos. Él sabe que a partir de nuestra nada, de nuestro aporte, se puede multiplicar el bien. Él cuenta con nosotros. Jesús multiplicó los cinco panes y los dos peces, levantando los ojos al cielo, y pronunciando sobre ellos la bendición. El milagro lo hizo Jesús, pero pidió a los doce que “fueran sirviendo a la gente”. A todos, pero especialmente a ustedes diáconos, el Señor les pide que sirvan a la gente, que alimenten su hambre material y espiritual, que den consuelo a los jóvenes que han perdido su esperanza.

Que María del Rosario, Consuelo de los afligidos y Auxiliadora de los cristianos, los acompañe y lo bendigan en su servicio diaconal. María sea modelo en el servicio y el acompañamiento al pie de la cruz de tantos jóvenes crucificados por la situación de Venezuela. María Auxiliadora de los cristianos, ruega por nosotros.