Reporte Católico Laico

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Educación y esperanza

Educación y esperanza

 

RCL les invita a leer a Bernardo Moncada Cárdenas.-

No obstante las abrumadoras dificultades de la actualidad, o quizá precisamente para afrontarlas, por un año más reinicia la actividad lectiva en el sistema educacional venezolano. Se hace destacar en medios y redes la deserción estudiantil, la emigración de docentes, los costos de matrícula, uniformes y lista de útiles escolares, cerco a las universidades y fuga de cerebros en las mismas; por otro lado sin embargo las calles otra vez se pueblan de infantiles y alegres uniformaditos y en mi curso universitario tengo un nuevo grupo de chicos y chicas dispuestos a aprovechar y exigir lo mejor de mí.

Envueltos en la psicopatología resultante de efectos del desastroso manejo de un aparato estatal con pretensiones totalitarias, los venezolanos hemos potenciado lo que el psicólogo Axel Capriles llama el síndrome del fatalismo latinoamericano, un conjunto de disposiciones muy frecuentes caracterizadas por una imagen peyorativa y denigratoria de nosotros mismos. Hemos llegado a ser adictos a las malas noticias y víctimas de un inmediatismo ansioso, que obstaculiza la correcta medición de los problemas que nos agobian y nos hace, por tanto, menos capaces de emprender acciones correctivas con la debida perspectiva. Hay actos que se intentan con la idea de remover mágicamente las causas de una crisis de la que siempre culpamos a los demás: a erradas y perversas políticas dictatoriales, viveza criolla, corrupción, pereza, dejando a un lado nuestra personal responsabilidad con los deberes básicos para con el funcionamiento de una nación. Pareciéramos preferir la emigración o la inmolación que abordar el desafío de esos deberes ingeniándonos entusiasta y tozudamente, batallando para vencer las dificultades. Pero ese síndrome no es la única manera posible de encarar una realidad que nos avasalla; es más, tal ramillete de actitudes contribuye decisivamente a mantener el status quo, siendo astutamente aprovechado por los beneficiarios de la hegemonía. Hay otras opciones.

Si la pesada sensación de derrota que se manifiesta –aún en nuestros triunfalismos infundadamente optimistas- como telón de fondo de nuestra actitud, fuese la respuesta unívoca a situaciones donde el mal pareciera tener todas las de ganar, la historia del mundo se hubiese detenido hace milenios. En lugar de esto, la vida de los pueblos ha logrado reflotar tras frecuentes períodos de tenebrosa oscuridad. Venezuela misma lo había hecho, después de un siglo diecinueve signado por los costos de la guerra,  por el caudillismo y el anacronismo político. Hay sin duda modos de combatir la resignación derrotista, o el infundado optimismo inmediatista, y podemos decir que de tales modos el principal es la educación. En lo personal, al presentar críticamente al estudiante una visión total de la realidad que vivimos, al confrontarla con otras situaciones socio-políticas y otros momentos históricos, cosa que tengo la fortuna de hacer como enseñante, veo fortalecida la determinación y lucidez del ciudadano que se requiere para salir de este circunstancial drama.

En la universidad hablo de arquitectura con aspirantes a arquitectos, y hablo de quienes recientemente y en otras latitudes, sometidos por duras crisis económicas, reprimidos por estrechos sistemas de dominación, y limitados por carencias tecnológicas y culturales, mantienen su pasión por el oficio y por sus retos, con creatividad y competencia profesional. De tal manera no solamente alcanzan logros para el bien de su sociedad en plena vorágine, sino preparan el advenimiento de inimaginables novedades de valor universal cuando el mal gobierno es superado.

Es que no puede haber labor educacional si no se basa en la certeza de la perfectibilidad del ser humano, así como en la posibilidad de evolución de sus talentos y en la profundización de su compromiso con la sociedad. Esa certeza se llama fe, esperanza, confianza en la humanidad del alumno; la mayor compensación en la labor del maestro es ver tal confianza correspondida, es ser testigo de la exitosa auto-edificación de hombres y mujeres con nuestra discreta e imperfecta guía.

La oscuridad parece dominarlo todo, mas siento que conformamos, mis estudiantes y yo, un pequeño pero terco y potente foco de radiante expectativa dispuesto a reconstruir esa parcela del mundo del cual somos responsables. Retamos y desmentimos el derrotismo al proponernos construir ciudadanos abiertos, combativos, conscientes y laboriosos. Así la educación diseña el ideal de un mundo mejor, es esperanza pura y por ello renace en nuestros salones aunque el contexto no parezca ayudar.

En esto, mis oficios de arquitecto y docente se asemejan. Están hechos de desafío y de esperanza: “A mi amigo el arquitecto, –así me hizo el honor de dedicar su libro el gran Carlos Fuentes- en este mundo que está siempre por construir”.

bmcard7@gmail.com