Reporte Católico Laico

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Los hijos si nos cambian

Los hijos si nos cambian

RCL les invita a leer a Juvenal Salcedo Cardenas.-

En nuestra entrega anterior: “Cuando me case yo lo cambio”, decíamos, al final, quienes  sí lo cambian a uno  son los hijos.

Por razón de mi trabajo profesional, en una etapa de mi vida fui: Inspector General de los Servicios. Me tocaba viajar por todo el país a inspeccionar. Las inspecciones eran  exhaustivas, rigurosas. Al llegar  yo al sitio temblaban. A mí me llegaba siempre  ese rumor: hacia mi trabajo, pero tratando  de “endulzar”. Sin embargo la fama quedó. Igual me sucedió  como profesor en la Universidad.

Un día invité, a uno de los Jefes inspeccionados, a mi casa. Al llegar, ya se sabía que venía, mi doña  abrió la puerta. Yo estaba ocupado en el jardín con mi hijo mayor, pequeñito. Al entrar el invitado  y verme  en el jardín  jugando caballito con mi hijo: el montado y yo haciendo de caballo, se quedó estupefacto, admirado. Yo lo capté inmediatamente. Pensaría: ¿Este es el Inspector General, aquel que conocimos? Me saludó, entramos a la casa y me dijo: Doctor, ¡como lo cambian a uno  los hijos! ¿Verdad?  Pues  sí, le contesté.

Tenemos cinco varones y cada uno con su personalidad, por supuesto, y por eso  el trato  es individual, como ser único e irrepetible. Ante esta gran responsabilidad de padres  invocamos el auxilio  del Espíritu Santo, que llena los corazones  de los fieles  y enciende  el fuego del Amor de Dios, para orientarlos.

Y  en la Universidad, algunos  se inscribían en mi sección  por necesidad  de horario, etc. otros no se  inscribían  en mi sección  porque decían  que el profesor  era ‘estricto’ .Eso era pura pantalla. Una fama que no sé de donde salió. También son hijos los alumnos (nunca los llamé mis discípulos, eso pertenece al maestro)  y lo cambian a uno también. Ellos ameritan un trato individual.  Al principio de mi carrera  de profesor no se los di, pero el tiempo  y  la experiencia me hicieron  cambiar. Y le di el trato de hijos, que lo son  en la materia que uno enseña. Ellos nacen  y   crecen bajo nuestra orientación.

La Amoris  Laetitia   nos  conduce a  la formación, a la educación de los  hijos, y le  dedica  el capítulo séptimo. Nos dice: Aceptar “…esta función inevitable…consciente, responsable, entusiasta y apropiada…es tan importante (n. 259).

La familia no puede renunciar a ser sostén, acompañamiento y guía…hablando con sencillez, cariño…orientarlos  y prevenir (n. 260).

La obsesión no es educativa… tú debes generar  en los hijos, con mucho amor, procesos de maduración, en libertad…cultivo de auténtica autonomía.

Preguntas que hago a los padres- dice el Papa- ¿Intentamos comprender realmente…si los hijos  están  en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos?  y sobre todo  ¿queremos saberlo? ( n. 261).

Es inevitable que cada hijo nos sorprenda  con proyectos  que broten de esa libertad…es bueno que suceda (n. 262).

Esto puntos comentados supra  fueron escogidos por mi  como un “abreboca” para que los padres  de familia  se entusiasmen  a meditar esta Encíclica.

Este capítulo séptimo  tiene: Formación moral de los hijos. Valor de la sanción como  estímulo. Paciente realismo. La vida familiar como contexto  educativo. Si a la educación sexual. Transmitir la fe.

Hace muchos años, queriendo documentarme  sobre los hijos,  me encontré con el poeta Kahlil Gibran que dice: Sus hijos no son suyos/ son hijos  del anhelo de la vida misma/…Vienen de ustedes  pero no son de ustedes/… No se esfuercen  para que ellos  sean  como ustedes…./ ustedes son los arcos  de los cuales  sus hijos  como flechas  vivas son enviados …/…que  su torción en la mano del arquero sea por alegría/Porque mientras El ama a la flecha que  vuela, también ama el arco que es estable”. Les invito que  a que lean  el poema completo.

También les invito a releer  el poema de Andrés Eloy Blanco: “Los hijos infinitos”, que termina diciendo que“…toda angustia, toda esperanza, luz y el llanto…son modo de llorar del universo…modo de alumbrar de la  estrellas”.

El Papa Francisco nos insiste en  el sentido eclesial de la familia  y de toda la acción cristiana: Ir hacia donde está el necesitado.

Andrés Eloy Blanco dijo, cuando escribió “Los hijos infinitos”: Cuando  se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera/al que cabalga en el cuadril  de la mendiga/ y al del coche que empuja la institutriz  inglesa/ al niño gringo  que carga la criolla / y al niño blanco que carga la negra/ y al niño indio que carga la india/ y al niño negro  que carga  la tierra.

Nosotros, los padres, ¿acogemos  a todos  los niños de la tierra como nuestros hijos?

Hemos escrito, o pretendido escribir  sobre  nuestros  hijos, y ¡cómo nos cambian!

Otro capítulo de nuestra  vida es el amor a los nietos. Ya diremos “algo” de ellos… Algo es  poco. Laus Deo.

Montreal 10 de octubre 2017.