Reporte Católico Laico

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Promesa de futuro luminoso y un Partido sustituyendo a la Iglesia: así se hace una revolución

Promesa de futuro luminoso y un Partido sustituyendo a la Iglesia: así se hace una revolución

 

 

Armando Zerolo Durán, profesor de Filosofía del Derecho y de Filosofía Política en la Universidad San Pablo CEU de Madrid, presentó este lunes 9 de octubre una ponencia sobre el “homo sovieticus” y el comunismo como una religión secular, dentro del congreso  “Cien Años de la Revolución Rusa” en esta universidad.

Para Armando Zerolo, la causa de la Revolución Rusa fue espiritual más que económica. Había un vacío espiritual y el comunismo desembarcó como una nueva religión que ofrecía un futuro luminoso. El Partido Comunista mediaría entre los hombres y la salvación igual que la Iglesia había hecho. El padrecito que era el Zar sería sustituido por el padrecito Stalin o el abuelito Lenin.

A la Rusia zarista no le iba muy mal
Su postura va contra el discurso comunista habitual que dice que Rusia era un país desastroso, ineficaz y oprimidísimo bajo el Zar y que no podía sino acabar en la Revolución. Zerolo señala que la realidad era otra: la Rusia zarista era un país con retos, pero con importantes éxitos.

–       112 millones de habitantes (en 1910), y ganando 3 millones al año (hoy tiene 144 millones y pierde población)
–       Un 90% de la tierra era trabajada por pequeños propietarios, hacía 58 años que se habían abolido los siervos de la gleba
–       De 1900 a 1913 la producción industrial aumentó un 74%
–       Antes de la Guerra Mundial, había logrado reducir un 50% su deuda externa
–       En 15 años se había doblado el porcentaje de población alfabetizada y en 1913 era ya el 40%. (En España en 1910, con Alfonso XIII y elecciones con Maura y Canalejas, era el 35%).
–       Las élites eran un foco de ciencia y cultura: Iliá Méchnikov (Nobel de medicina), Lobacevskiy (matemática), Mendeleyev (tabla periódica), Pavlov (psicología del reflejo condicionado), Popov (ondas de radio), Dostoevski, Chejov, Tolstoi, los músicos Musorgskiy, Tchaikowsky, Rimski Korsakov, Stravinsky, pintores como Kandinsky, Malevic, Chagall, filósofos como Berdiayev, Lot-Borodin…


Armando Zerolo es profesor de Filosofía Política

El zarismo y la Iglesia Ortodoxa se debilitaron como fuentes de autoridad y los bolcheviques entraron con una retórica y acción de fanáticos religiosos.

El bolchevismo era, en realidad, otra religión
El filósofo cristiano Nikolai Berdiáyev, expulsado por los comunistas en 1922 con otros 160 intelectuales, lo explicó así: “El bolchevismo ruso es un fenómeno de orden religioso en el que se agitan ciertas energías religiosas últimas, si por energía religiosa entendemos no sólo aquello que se dirige a Dios. La falsificación religiosa, la religión arruinada, la pseudo-religión es un fenómeno de orden religioso que tiene un absoluto, una integridad, una plenitud […] Según todos los elementos formales el bolchevismo pretende imponerse como una religión, y necesita establecer qué tipo de religión es, qué tipo de espíritu introduce en el mundo. Los bolcheviques como todos los fanatismos religiosos divide el mundo y la humanidad en dos reinos: el reino de Dios, que es el del proletariado socialista, y el reino del Diablo, perteneciente a la burguesía”.

Sistemáticos en imponer su “comprensión materialista”
El mismo año de 1922 en que los intelectuales no comunistas eran expulsados, una circular del Comité Central del Partido pedía en todo el país ser sistemáticos al desmantelar “la cosmovisión religiosa y sustituirla por una comprensión científica y materialista”. 

Desde la Revolución Rusa en 1917 a la muerte de Lenin en 1924, unos 25.000 eclesiásticos ortodoxos fueron encarcelados y 16.000 ejecutados, según un estudio de 2004 del doctor en Ciencias Matemáticas Nikolay Yemelianov, de la Universidad Humanitaria San Tijon.

En la nueva Rusia, la juventud comunista (el Komsomol) organizaba procesiones blasfemas en fechas bien precisas: en Navidades y en Pascua. Por ejemplo, junto a la capilla de la Virgen de Iberia, en la Plaza Roja de Moscú, en vísperas de la Navidad de 1923, el Komsomol convocó un “carnaval comunista” con imágenes insultantes de Dios Padre, Jesucristo y la Virgen María.


Miles de personas fueron enviadas a los gulag, donde muchos murieron

La supuesta “comprensión científica y materialista” es un rasgo de esta ideología, de la nueva “religión”. Los estudiantes de Letras en las universidades rusas tuvieron clase de Ateísmo Científico e Historia del Partido hasta 1990.

La idolatría de la técnica
Armando Zerolo comenta: “La política funciona con símbolos y los soviéticos siempre recurrirán a símbolos de la técnica: el Sputnik en el espacio fue una eclosión de fe, y parece que la estrella roja era una alusión a Marte y la conquista del espacio, de relatos antiguos de ciencia ficción”.

El 23 de diciembre de 1935, el “Pravda” publicó una peculiar carta de Pável Póstyshev, secretario general del comité central del Partido Comunista de Ucrania, declarando que la Fiesta Soviética del Abeto ya no era burguesa y que los niños tenían derecho a ella. Los abetos se adornaron desde entonces con la estrella roja de 5 puntas, esquiadores, aviones, cohetes y astronautas, además de bolas con la cara de Lenin o Stalin. Sustituían a los ángeles y las estrellas de belén.

Armando Zerolo recomienda encarecidamente el libro de Svetlana Aleksiévich “El Fin del Homo Soviéticus” (Acantilado), donde se lee: “El comunismo se propuso la insensatez de transformar al hombre “antiguo”, al viejo Adán. Y lo consiguió […]. En setenta y pocos años, el laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre: el Homo sovieticus”.

El Homo Sovieticus: triste, solo, sin hijos…
Explica este experto de la Universidad San Pablo CEU que tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946, los supervivientes ya eran Homo Sovieticus. Se suponía que debía ser superhombres, habían ganado la guerra más cruenta. Rusia aún lo celebra como su gran orgullo.

“Pero en la vida real el Homo Sovieticus vivía solo, triste, en casas pequeñitas, uno de cada 3 habitantes eran espías, no tenían hijos, las tasas de suicidios -que no se publicaban- eran las más altas de Occidente, la esperanza de vida era baja, y en vez de la religión que se basa en la esperanza, el control llegaba mediante el miedo, sea miedo operativo con checas o creando miedo al exterior. Pensemos que solo en 1927, época sin guerra, el régimen provocó 700.000 muertos en su territorio”.


La propaganda tuvo un papel de vital importancia en la URSS

Llegó el futuro luminoso: eran hamburguesas…
Lo curioso es que cuando llegó la Perestroika en los años 90 hubo una epidemia de suicidios en Rusia, explica Zerolo. Habían sido verdaderos creyentes, “con fe verdadera”, lo habían apostado todo con fe al futuro luminoso del comunismo… y al final lo que llegó fueron  hamburguesas, cocacolas y tejanos.

¿Qué queda hoy de eso en Occidente? Parece que el “homo soviéticus” no consigue exportarse bien hoy. Estaba ligado al culto a la técnica, la industria y a la masa, era incompatible con el individualismo, visto como “un lujo burgués”.

El gemelo nazi: comer sano, hacer deporte, cuerpos fuertes
En cambio parece gozar mejor fama parte del mensaje de su otro “gemelo” totalitario: el romanticismo nacionalsocialista. “Mordor es la Unión Soviética y eso hoy no es atractivo.En cambio, el comer sano, la juventud, la camaradería, “Olympia, de Leni Riefenstahl, con sus cuerpos desnudos, sanos, fuertes…  Todo ese romanticismo de fuerza que gustaba a los nazis, eso sí está en nuestros ámbitos hoy”, apunta Zerolo.

Resentimiento a lo actual, predicar el futuro
Otra cosa que se mantiene hoy y se usó en el comunismo es la lógica del resentimiento y la promesa del futuro tremendamente mejor mediante la revolución.

“Las izquierdas actuales, por ejemplo, y los nacionalismos, tienen odio a lo que hay hoy y ofrecen un futuro maravilloso. En vez de reformar, revolucionan. Trabajan al estilo actual, que es más de afectos y menos de razones. La política sovietica era más racional y fría. Hoy todo son buenismos y sentimientos que hagan sentir bien. Al final desemboca en individualismo romántico, autodeterminación radical de la persona e ideología de género. Las izquierdas hoy son sobre todo un sentimentalismo, unos afectos, sin saber de nada: es lo que veo como docente al hablar con alumnos y jóvenes. Buscan un adversario, un enemigo visible, y predican el futuro maravilloso al que hay que llegar”.

En el nacionalismo catalán, y en otros similares, hay elementos así: no es en realidad “el pueblo” quien se mueve, sino un Partido quien mueve al “pueblo” (o al menos lo maneja) hacia la revolución. La estrella roja en muchas esteladas y las hoces y martillos en muchos eventos de las CUP proclaman su inspiración comunista.

Todo parte de un motor necesario, que es el resentimiento.

Hay resentimiento contra la realidad, contra los límites de lo humano. No quieren aceptar que el hombre es pecador, tienen tendencia al mal. Creen que con recursos materiales lo arreglarán, lo redimirán. Piensan que pueden derribarlo todo y luego construir algo mejor de cero… pero empezando una y otra vez, como Sísifo. Al resentimiento se le da bien destruir, pero no construir”.

¿Contra el resentimiento? El agradecimiento
¿Qué es lo opuesto al resentimiento? Según Armando Zerolo, es el agradecimiento. Una cultura de dar gracias, de apreciar, de celebrar lo que se tiene, es muy molesta para la revolución, es su antídoto. Y todo en el cristianismo consiste en alabar y estar agradecido. La misma Eucaristía significa “acción de gracias”.

Se supone que la libertad occidental ganó a la opresión comunista, pero el vencedor parece imitar al vencido.

Como en la URSS, abundan hoy las casas pequeñas y familias sin niños. “El hombre sin esperanza, aplaza los hijos o no los tiene y busca otras cosas para entretenerse; sí, un tercio de españoles vive en la soledad; se pueden morir y pasan 3 días hasta que alguien descubre su cadáver”, señala Zerolo.

¿Recordar el horror? Mejor recordar a los grandes hombres
Este profesor de Filosofía Política no cree que valga mucho la pena poner en marcha un Museo del Horror comunista, como en Budapest, y propone más bien investigar el bien, la espiritualidad firme y depurada que nació bajo la opresión comunista.

“Cuando a la Iglesia se la maltrata, a menudo crece. La Iglesia perseguida, bajo el comunismo, o hoy, bajo los yihadistas, da ejemplo con sus mártires. Resulta que sí nace un hombre nuevo, pero no el que decía Lenin, sino el que comenta San Pablo. Se están publicando muchos libros buenos sobre la Revolución Rusa y el comunismo, pero hay muy poco investigado y publicado sobre esa espiritualidad bajo la persecución. Svetlana Aleksiévich en su libro logra mostrar ese choque entre el hombre soviético y la viejecita cristiana, el campesino cristiano”.

Un autor que Zerolo cree que se debería recuperar y difundir es Semyon Frank, como ejemplo de esa edad gloriosa de la filosofía cristiana rusa. Nació en 1877 en una familia judía ortodoxa practicante. A los 17 años era un entusiasta marxista, a los 22 lo expulsaron de Moscú por un panfleto revolucionario. Viajó y empezó a ver más y más fallos en el socialismo. En 1912, casado y con niños, se convirtió a la Iglesia Ortodoxa, declarando que “mi cristianismo completa mi crianza en el Antiguo Testamento, como una evolución orgánica de los cimientos religiosos que acepté en mi infancia”. Fue expulsado de la URSS con Berdiayev y tantos otros en 1922 en el famoso “barco de los filósofos”, lleno de disidentes. Su filosofía fue fértil y profunda.

Este tipo de hombres dejó más fruto, y más edificante, que el “homo sovieticus”.

Pablo J. Ginés/ReL

13 octubre 2017