Reporte Católico Laico

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Los nietos juegan con las estrellas

Los nietos juegan con las estrellas

RCL les invita a leer a Juvenal Salcedo Cárdenas.-

En artículo anterior, y en relación con una experiencia en un curso patrimonial, una joven dijo que: cuando me case yo lo cambio, dijimos que esto no era posible. Que lo posible era que los hijos si lo cambiaban a uno y les anuncié que los nietos merecían un capítulo aparte que es único y especialísimo.

Cuentan que un intelectual francés solía salir con sus amigos de tertulia los fines de semana, a conversar y tomar vino. Les propuso una adivinanza y les dijo que el que adivinara no pagaba el vino. Lo pagaba él; pero si no adivinaban pagaban ellos. Estuvieron de acuerdo. Hela aquí: ¿Por qué Papá Dios puso las estrellas tan alto? En el grupo había un astrónomo y expuso su teoría, había un físico nuclear e hizo lo mismo, y así sucesivamente. Ninguno acertó. La respuesta fue: Si las pone bajitas, los abuelos las bajan para que los nietos juegan con ellas. ¡Vea pues, qué les parece! diríamos en el Táchira.

En casa de mis hijos hay cosas (dulces, chocolates, galletas) que están guardadas en un estante alto. Ninguno de los nietos las alcanzan. En casa de los abuelos están a la mano para que los nietos las bajen. Ellos saben que al llegar a casa de los abuelos las cosas funcionan de forma distinta que en sus casas. Anécdota: un día los nietos pequeños vinieron con su papá a casa y después de saludar: Besitos, abrazos y “ciónnnn…”, fueron directamente a la nevera y la abrieron. Su papá los regañó, y con razón. Los padres siempre tienen la razón. Hay un poeta que dice que “hay razones de la mente que el corazón no conoce”: Las flores me ponen alegre cuando estoy alegre y triste cuando estoy triste. Un ramo de flores para la madre muerta.

Mi hijo tenía la razón y se la di. Hijo, así tiene que ser; eso no tiene discusión, pero aquí tengo para ello una excepción y sugiero que la apruebes. ¡Hummm…! Ante el argumento del viejo… vayan y abran la nevera, pero, antes, deben decir: ¿abuelo podemos a abrir la nevera?

Abuelo, ¿qué tienes en la nevera? Adivinen, les digo. Dicen: chocolates. Frío, frío, frío. Frutas. Frío, frío, frio. Entonces, abuelo, ¿qué hay? No les estoy diciendo: frio, frio, frio ¡ Helados! ¡Guao! Vamos todos a comer helados. Esto no lo dicen suavemente, sino gritado a todo pulmón. Abuelo, de ¿qué clases y sabores? De todos. ¡Viva, viva el abuelo!

Ligia y yo (en ese orden) pusimos una regla para los helados de los niños nuestros: solo los sábados (para enseñarles que no siempre lo que a uno le gusta lo puede tener). Los niños sabían que eso era así. Vino mi mamá de San Cristóbal y sin saber la norma (¿?) o pretendiendo no saberla, les compraba helados a sus nietos todos los días. Un día regresé más temprano a la casa y había el gran festín: chocolate de los helados en las manos, en las ropas. Yo le dije a mi mamá la norma y la razón para ello. Me contestó: yo salgo a comprar para mí y, ellos vienen detrás y cómo no les voy a comprar. Usted (los tachirenses no usamos el tú) me da permiso, ¿verdad? ¡Claro mamá! Como no te lo voy a dar. Los dos teníamos razón.

Hay historias de nietos comunes, pero abuelos de culturas distintas. Mis nietas me cuentan que cuando van a San Cristóbal y llaman a su abuelo le dicen: Abuelo, tal cosa, él les responde: “a yo no me llamen abuelo, yo no soy viejo, llámenme nono”. Y así es. Nosotros los tachirenses no decimos: mi abuelo, mi abuela, sino mi nono, mi nona. Algún tachirense que lea esto dirá: sería así, pero ahora no. Le respondo: no, no. No es verdad.

Cada lector recordara con gran cariño a sus abuelos. Tengo recuerdos de mi nona: Me traía un quesito envuelto en hojas de plátano, hecho especialmente para su niño, cada vez que venía de la hacienda. Al llegar, la saludaba y me pegaba detrás de ella. Mi mamá y ella intercambiaban miradas: Alargaba la entrega de su regalo. Me decía: “Juvenal, a que no adivinás que le traigo”. Recuerdo mi regalo, como si fuera hoy. Tenía cinco años, hoy ochenta.

Oí por la televisión a un político joven, de esta generación, que cuando le nació el primer hijo les dijo a sus amigos: Hermanos. Cásense y tengan un hijo que es lo más grande que Dios me ha dado. Le adelanto: Esperáte a que tengás un nieto. Ya verás.
Llego hasta aquí y me pregunto: ¿cómo termino? Obvio, me dije: Vivan los nietos de Reporte Católico Laico. Dios me los bendiga y jueguen con las estrellas. LAUS DEO.

Montreal, 10 de noviembre 2017.