Reporte Católico Laico

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Acerca de los Límites

Acerca de los Límites

RCL les invita a leer a James V. Schall, S.J., quien sirvió por treinta y cinco años como profesor en la universidad de Georgetown.

 

 

En latín, la palabra limes significaba lindero; a menudo, marcado por una piedra / signo. En el siglo II d. C., los lejanos límites del Imperio Romano se extendían desde Escocia hasta Arabia. En inglés, tenemos muchas expresiones: “límites de edad”, “límites de velocidad”, “oportunidades ilimitadas”, “solo por tiempo limitado” y “límites de la ciudad”. El título de un libro de Schall es: At the Limits of Political Philosophy [(En los Límites de la Filosofía Política)].

 

La cuestión con el límite es que: una cosa es lo que es, y no otra cosa; no puede ser ninguna otra cosa, o todo lo demás, sino, solamente, lo que está limitado a ser —esta cosa, no aquella cosa. De hecho, no queremos que algo continuamente sobrepase sus límites para convertirse en lo que no es.

 

Los límites de las aguas territoriales indican cuán lejos —tres millas, 200 millas— se extiende en el océano la jurisdicción de las leyes de un país, hasta donde comienza el “mar abierto”. “Más allá de los límites de nuestra resistencia” indica lo que razonablemente podemos esperar que alguien sufra o logre. Podríamos proyectar que los 100 metros se podrán correr en nueve segundos, pero no en dos segundos.

 

La palabra, límites, tiene varios buenos sinónimos: fronteras, márgenes y linderos. “Las buenas fronteras (cercas) hacen buenos vecinos” porque dejan poco espacio a la disputa respecto de quién posee qué. Si el límite entre lo que es suyo y lo que es mío es claro, ambos tenemos la libertad y la responsabilidad de hacer que nuestra propiedad prospere. Las disputas sobre límites y linderos ocasionan pleitos, litigios, conflictos e incluso guerras.

 

Los griegos pensaban que la palabra “infinito” significaba un caos sin forma. Los templos griegos eran cerrados, espacios limitados. Solo más tarde, en el uso medieval, la palabra “infinito” llegó a referirse a Dios, de quien se dice que no tiene límites o que está más allá de ellos, pero, aún así, no un caos. Dios era la perfección a la que apuntaban todas las cosas limitadas. Él no era la negación de ellas.

 

En su libro de 1980, A General Theory of Authority [(Una teoría general de la autoridad)], Yves Simon destacó que, para que seamos nosotros mismos, lo que cada uno de nosotros es, no podemos ser ninguna otra cosa. Podemos saber lo que no somos nosotros mismos. De hecho, ese conocimiento revela que tenemos mentes. Pero solo podemos “ser” nosotros mismos. Esta singularidad de cada cosa sustancial es la razón por la cual no podemos predicar, de una persona, lo que es otra. No podemos decir: “John es Joe”. Si la proposición “John es Joe” fuera verdadera, significaría que no hay un verdadero John o Joe.

Espacio finito: el Polo Grounds, 1913

¿Por qué es necesario pensar en límites, en finitud y límites? En primer lugar, creo, porque, al menos algunos de nosotros, consideramos nuestros límites como un defecto de nuestro ser, en lugar de la condición necesaria para que existamos, en primer lugar. Somos seres que están limitados por la muerte, o al menos parece que lo estamos. En la resurrección, no nos convertimos en otra persona que no sea el mismo yo, un día engendrado y nacido en este mundo. La vida eterna no nos absorbe en el todo. No nos convertimos en Dios o viceversa.

 

En otras palabras, está bien ser un ser limitado. En el universo existe más lugar que sólo para Dios. La mayor parte del desorden en este mismo universo ocurre cuando un ser limitado se esfuerza por operar más allá de los límites de su propio ser. El título del libro de Owen Francis Dudley – Will Men Be Like Gods? [(¿Llegarán los hombres a ser como Dios?)]- hace una pregunta legítima; porque los hombres, en efecto, se esfuerzan por ser como dioses; es decir, criaturas sin los límites de su propio ser, seres que se esforzarán por definir la distinción entre el bien y el mal, en lugar de aceptarla de Dios.

 

Aquino dijo que la única forma en que podríamos tener un universo es si teníamos seres diferentes—de mayor y menor valor— en él. Si todas las cosas son idénticas las unas a las otras, no podemos tener un universo. El hecho de que las cosas estén limitadas a ser lo que son significa que no deberíamos tener envidia de lo que no somos. Las cosas diferentes tienen sus propios lugares.

 

Un bien común significa que permitimos que todas las cosas florezcan dentro de los límites dados de lo que son. Nuevamente, podemos regocijarnos de que no somos más que lo que somos en nuestros detalles. Todo el desorden en el universo de los hombres es el resultado de intentar ser una cosa distinta de lo que cada uno es.

 

¿Serán los hombres como dioses? A menudo lucharán por serlo, como lo demuestra la historia nuestra. Tendrán éxito? Tendrán éxito en destruir, junto con su mundo, aquello que son, en su búsqueda de lo que no pueden ser. Los límites de nuestro ser nos permiten ser lo que somos y no alguien ni ninguna otra cosa. No nos damos a nosotros mismos lo que somos. Nos es dado.

 

Se hacen esfuerzos científicos para extender la duración de nuestros días. Si tienen éxito, lo que tendremos no serán hombres viejos, sino hombres muy, muy viejos. Anhelaremos los límites originales.

James V. Schall, S.J.

Diciembre 5, 2017

Tomado/traducido, por Jorge Pardo Febres-Cordero, de: https://www.thecatholicthing.org/2017/12/05/on-limits/

James V. Schall, S.J. sirvió por treinta y cinco años como profesor en la universidad de Georgetown. Es uno de los escritores católicos más prolíficos en Los Estados Unidos. Entre sus libros recientes están The Mind that is Catholic (La Mente que es Católica), The Modern Age (La Edad Moderna), Political Philosophy and Revelation: A Catholic Reading (Filosofía Política y Revelación: Una Lectura Católica), Reasonable Pleasures (Placeres Razonables), Docilitas: On Teaching and Being Taught (Docilitas: Sobre enseñar y ser enseñado) y Catholicism and Intelligence (Catolicismo e Inteligencia).