Reporte Católico Laico

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Rafael Caldera, homenajeado en Lima

Rafael Caldera, homenajeado en Lima

Mireya Caldera, su hija mayor, viajó a Lima en compañía de su hermana Cecilia, invitadas por la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y la Seguridad Social “Guillermo Cabanellas”, organizadores del Congreso Internacional de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social que se celebró los días 22,23 y 24 de noviembre en la sede del Colegio de Abogados de Lima, en homenaje a Rafael Caldera. 

Ellas recibieron la orden “Justicia Social”, otorgada a RC post-morten, “por su brillante trayectoria académica, jurídica y científica en el Derecho del Trabajo y la Seguridad Social”. 

En este Congreso, fueron muchas las referencias a la influencia de Rafael Caldera en el Derecho del Trabajo en Latinoamérica. Al destacar su contribución en las aulas, textos y participación activa en esta rama del Derecho, lo confirmaron como una referencia obligada para quien tenga interés en la materia.

Mireya, en sus palabras, al agradecer el homenaje, se refirió al valor humano del trabajo y la necesidad de crear una civilización del trabajo: “Esta afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades”. .

Entre los participantes que tomaron la palabra estuvieron: Pedro M. .Angulo Arana, Presidente del Colegio de Abogados de Lima; Manuela García Cochagne, ex ministra del Trabajo del Perú; Iván Campero Villanueva, Presidente de la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social; Jesús Rodríguez Cebreros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Bajo California, México; Cora Sara Macoretta, de la Pontificia Universidad Católica Argentina; Jorge Rondón Vásquez, Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú; Augusto Valenzuela Herrera, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social “Guillermo Cabanellas” con sede en Guatemala; Estela Lazzari, representante del Poder Judicial de la Provincia de San Luis, Argentina; Francisco Pérez-Amoros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, España; Domingo Sávio Zainaghi, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social “Guillermo Cabanellas” con sede en Brasil; Augusto Ferrero Costa, miembro del Tribunal Constitucional del Perú;y Teodosio Palomino, autor del libro “El Salario”, presentado en el acto y también en homenaje a Caldera.

Palomino, en sus palabras, afirmó que “al Dr. Rafael Caldera no solamente lo reconocían y lo respetaban en todas las latitudes, como a un símbolo de la Política Social iluminado, sino también, por haber aportado, contribuido y dejado huellas indelebles a las ciencias jurídico-laborales en beneficio de la sociedad e integración de nuestros países”. Se refirió a Caldera como:“un jurista sobresaliente, un orador brillante y profundo, un politólogo cuyo renombre sobrepasó los linderos de América por la sencillez filosófica de sus ideas, por la comprensión y amplitud de sus conceptos y aptitudes y su permanente actualidad”. 

Texto completo de las palabras de Mireya Caldera en el acto de Lima:

Doctor Teodosio Palomino,

Queridos amigos:

 

Volver a Lima, adonde vine por primera vez con mis padres, en plena juventud, es ocasión de recordar tantos momentos buenos, llenos de esperanza en el porvenir de nuestros países; y de sentir de nuevo el encanto de la ciudad virreinal, con la acendrada cortesía peruana. Para una venezolana, la magia de Lima supera cualquier expectativa. No en vano la sintió muy hondamente el Libertador Bolívar. Volver hoy, invitada gentilmente por el destacado laboralista Teodosio Palomino, quien al presentar su libro sobre El salario quiere rendir especial homenaje a mi padre, ha hecho de esta visita un regalo que he de atesorar en mi recuerdo y agradecer siempre.

 

Obligada, por así decir, a dirigirles algunas palabras en nombre de nuestra familia, quisiera aportar, con mis saludos y la manifiestación de nuestra gratitud, algunas reflexiones en la escuela de mi padre, Rafael Caldera.

 

 

1

En su estupendo estudio sobre Rafael Caldera y el Derecho del Trabajo, María del Rosario Bernardoni recoge una anécdota narrada por el malogrado laboralista uruguayo Oscar Ermida Uriarte, donde se refleja la preocupación activa de Caldera por la situación del derecho laboral. Dice Ermida: “Corría el año 1995, Rafael Caldera inauguraba su segunda Presidencia y realizaba una visita oficial a Uruguay. En ese marco invitó a quienes calificó como “un grupo de amigos” a un desayuno privado en la residencia del embajador de Venezuela en Montevideo, donde se hospedaba. Éramos siete u ocho los invitados, entre los que recuerdo a Arturo Ardao, Adolfo Gelsi Bidart y cinco “juslaboralistas”: Américo Plá Rodríguez, Héctor-Hugo Barbagelata, Oswaldo Mantero y yo, que era por mucho el más joven y me sentía como un “infiltrado” en una reunión de viejos amigos de edad y posición venerables. Fui atento observador, no actor. La “velada matutina” comenzó con previsibles preguntas políticas que los invitados formulaban a Caldera, sobre Venezuela, Uruguay, América y el mundo (¿de qué otra cosa se iba a hablar con un dos veces Presidente y Senador de una nación importante?). Pero al cabo de unos veinte minutos en ese tren, Caldera cambió bruscamente de tema: “Mis amigos: lo que a mí me preocupa más es lo que está pasando con el Derecho del Trabajo. Hay una ofensiva mundial contra el Derecho Laboral. ¿Qué dicen ustedes? A partir de ese momento, por una hora y media, por lo menos, no se habló más que de flexibilidad, desregulación y otros asuntos del Derecho del Trabajo. Desde entonces guardo para mí este testimonio que, más allá —o más acá— de las discrepancias jurídicas y políticas que pueda tener con Caldera, lo erigieron —al menos ante mis ojos—, en un “juslaboralista” a carta cabal. Un hombre político de primerísimo nivel, que quería robarle unas horas a sus deberes de Estado para conversar privadamente con amigos y colegas no políticos, sobre el peligro que se cernía sobre el Derecho laboral”.[1]

 

Preocupaban a mi padre, siempre atento a la evolución de las sociedades, las amenazas que se cernían sobre el Derecho del Trabajo. Por una parte, de manera muy clara, la desregulación que, con el argumento de hacer más flexibles las condiciones del trabajo en las empresas, confunde las cosas y retrocede en lo que han sido verdaderas conquistas en la humanización de la vida. Es ese liberalismo que, como ha sido señalado[2], pone a competir las legislaciones en lugar de las empresas. Desde luego es lógico y puede ser necesario que se busque tener flexibilidad en un mundo en el cual los cambios tecnológicos se suceden a ritmo casi vertiginoso. Pero no podemos perder de vista el valor humano del trabajo, a lo cual quiero referirme un poco más adelante.

 

Por otra parte, la automación, con el componente —cada vez mayor— de lo que se ha llamado “inteligencia artificial”, amenaza la estabilidad del trabajo tal como se ha concebido hasta ahora, después de la Revolución Industrial. Son enormes las inversiones que se hacen en China, en Rusia, en Silicon Valley para desarrollar las máquinas autónomas que deben remplazar al hombre en muchas de las tareas que hoy por hoy realiza. Es una tendencia, quizás irreversible, que obliga a considerar el problema con mucha atención y explica en parte lo que se ha traducido como verdadera amenaza al Derecho del Trabajo, objeto de la conversación en el desayuno evocado.

 

Pero el trabajo no puede ser considerado como un simple medio para asegurar la subsistencia propia y de los nuestros. Cuando hablamos del valor humano del trabajo y, en la base, del derecho al trabajo y el deber de trabajar —con la solidaridad que nos hace a todos responsables de todos, como diría san Juan Pablo II[3]—, consideramos esa actividad humana, acto de la persona, sin la cual no se desarrolla el ser humano, no madura en su responsabilidad ante Dios, ante sí mismo y ante la sociedad.

 

La parábola evangélica de los talentos[4] ha sido siempre enseñanza elocuente. Con la vida, hemos recibido capacidades para dar fruto —en conocimiento, convivencia, transformación del mundo—. Son alabados y recompensados los que supieron poner empeño en su actividad; es reprobado aquel que, por cálculo, mezcla de temor y de pereza, se limitó a no perder lo recibido.

 

Rafael Caldera defenderá siempre este valor humano del trabajo. Con ello, el derecho al trabajo y, por consiguiente, la regulación jurídica de la relación laboral, el Derecho del Trabajo. Escribía en su libro Especificidad de la Democracia Cristiana[5]:

 

Sabemos que en la mayoría de los pueblos existen grandes contingentes humanos marginados del orden social, que no disfrutan de los elementos indispensables para una vida humana, y que no pueden realizar, ni siquiera en medida precaria, las aspiraciones inherentes a la dignidad de su propia persona. Estos marginados carecen de trabajo, que es el elemento fundamental de la organización social. Y al no tener acceso al trabajo, no lo tienen tampoco, a través del trabajo, a otros bienes que la sociedad puede y debe permitirles lograr: alimentación, vestido, vivienda, es decir, las necesidades primarias del orden económico; mas también educación, salud, recreación sana y posibilidad de progresar y mejorar. Estos marginados dentro de cada sociedad constituyen un testimonio permanente que hiere las conciencias acerca de la injusticia del orden social establecido. La situación se agrava y se hace más patente y dura, si se traslada de la escala nacional a la escala mundial.

 

En la misma obra, verdadero compendio de su pensamiento político, había explicado el valor del trabajo en la concepción social de los movimientos demócrata cristianos, a los cuales consagró su lucha[6]:

 

Para el movimiento inspirado por la Democracia Cristiana —dice—, el trabajo constituye valor esencial de la sociedad. Esto arranca de los textos, pero especialmente de un hecho histórico de rotundidad inconmovible: si los fundadores de todas las grandes religiones pertenecieron en una forma u otra a las clases o grupos más importantes de la sociedad, al cristianismo lo fundó un humilde trabajador. Moisés, aunque de origen desconocido para la sociedad egipcia, fue educado en la corte del Faraón. Mahoma era un gran conductor militar. Buda, un príncipe. Confucio, un filósofo. El cristianismo tuvo su fundador en un obrero, un trabajador manual. No hay en los textos sagrados nada que califique a Cristo siquiera como un artista en el ramo de la ebanistería. Al presentarlo como carpintero, lo señalan como un trabajador no calificado; tanto es así, que cuando va a su región natal, lo consideran poco autorizado para pronunciar discursos y dirigir exhortaciones al pueblo. Cuando predica, dicen: “pero, ¿no es este el carpintero, el hijo del artesano?”. Sus propios familiares lo consideran impreparado para la función de maestro. Por otra parte, la religión cristiana es, al mismo tiempo, la única de las grandes religiones en la que el fundador es no solamente un intermediario entre la divinidad y los hombres, sino la divinidad misma. Participa de la naturaleza divina. No es un simple enviado; es, dentro del dogma, el mismo Dios. Y esto constituye un hecho histórico de tal magnitud que nos cuesta trabajo imaginarnos en toda su proporción lo que significaría para la sociedad antigua el prestar adhesión a este credo religioso, cuyo inspirador no era solo un obrero manual, es decir, un representante de una clase social a la que no se le reconocía igualdad de derechos, capacidad y posibilidades, sino que ese obrero manual era, precisamente, una de las Tres Personas de la Divinidad.

 

Sin embargo, la proclamación del trabajo como valor fundamental, a pesar de ser, quizás, el elemento histórico más importante de la gran revolución que implicó el cristianismo, se desconoce y se deforma a través de los tiempos. Y llega a ser inconcebible para nosotros que, después de veinte siglos de vida cristiana, en los países cristianos esté por dársele verdadera vigencia al principio de la dignidad del trabajo.

 

 

 

Ante las transformaciones actuales, pienso que mi padre estaría en honda meditación y no vacilaría en afirmar con un texto del magisterio pontificio[7]:

 

De este modo, la solución para la mayor parte de los gravísimos problemas de la miseria se encuentra en la promoción de una verdadera civilización del trabajo. En cierta manera, el trabajo es la clave de toda la cuestión social (…) Unas relaciones de trabajo justas prefigurarán un sistema de comunidad política apto a favorecer el desarrollo integral de toda la persona humana.

 

La situación contemporánea, en efecto, y las tendencias que pueden marcar nuestro futuro hacen más necesario, quizás urgente, el planteamiento de una verdadera civilización del trabajo.

 

En todo tiempo, la finalidad del esfuerzo civilizatorio ha sido la afirmación de lo humano: ante el desafío de los elementos naturales, en primer término y —hay que decirlo— también de manera constante, como hemos visto en esta última temporada de catástrofes provocadas por huracanes o movimientos sísmicos.

 

Esa afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades.

 

El empobrecimiento interior a que conduce se manifiesta en una desmesurada atención a las diversiones y el entretenimiento. La sociedad de consumo es una sociedad volcada a los juegos, los espectáculos, la distracción continua a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Eso hace difícil la vida democrática, puesto que socava el sentido de responsabilidad ciudadana y abre la puerta a nuevas manipulaciones, muy eficaces a corto plazo pero incapaces de construir un orden social justo y estable.

 

Al mismo tiempo, no conduce al desarrollo económico y social de los pueblos. La inclinación al consumo no se ocupa de modo directo en aliviar la miseria, abrir nuevas oportunidades a la gente, impulsar los cambios necesarios para crear sociedades más humanas. Es cierto que toda elevación en el producto interno de las naciones repercute de algún modo en una mejoría de las condiciones de vida. Pero la creación de riqueza sin atender a la justicia social genera cada día mayores desigualdades y produce el que se concentren en muy pocas manos ingentes recursos.

 

 

 

El trabajo, todo trabajo, es manifestación de la eminente dignidad del ser humano. A través del trabajo no solo se puede implantar un orden humano en el medio ambiente sino que cada uno desarrolla sus cualidades personales. Signo claro de madurez es así la capacidad de producir obras que acrecienten el patrimonio de todos en una sociedad.

 

La automación permitirá liberar muchas energías, que podrán emplearse entonces en servicios para enriquecer y hacer más humana la convivencia. Nada de eso será posible, sin embargo, si no se afirma de modo inequívoco el valor de la persona y, con ello, el valor intrínseco —no tan solo utilitario— de su actividad laboral.

 

En cierta manera, el punto de referencia más claro y sólido al respecto lo aporta nuestra fe cristiana. Al concluir mis palabras, con profundo agradecimiento por este homenaje, permítanme citar de nuevo unas inspiradas líneas de mi padre[8]:

 

A la entrada del austero edificio que en Ginebra ha servido de sede a la Oficina Internacional del Trabajo, hay un mural inmenso. Fue regalado por la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos. Es una representación de las profesiones más diversas, alrededor de Cristo obrero.

 

Tal es el símbolo del concepto cristiano del trabajo, cuya realización cabal es premisa para la reorganización del mundo. Han transcurrido veinte siglos desde que Cristo vino, y la poderosa indiferencia de quienes no saben mirar hacia arriba ha opuesto innumerables obstáculos a la verificación de aquella idea. Pero al ver, allí donde se reúnen los representantes de los gobiernos y de las fuerzas vivas de los más lejanos continentes, la figura de Cristo obrero (figura de Dios hecho hombre, no en carne de filósofo o guerrero, sino en carne de trabajador), es imposible no experimentar una sana sensación de optimismo.

 

Pensando en Cristo carpintero se enaltece el papel de quienes por su oficio de trabajadores manuales pueden llamarle “compañero”. Meditando en las largas horas que pasó encorvado sobre el banco de carpintería, no cuesta mucho comprender la dignidad humano-divina del trabajo. Y a los labios aflora, guardando como fondo en la conciencia la sublime poesía social envuelta en el Sermón de la Montaña, una bienaventuranza más. La bienaventuranza implícita. La bienaventuranza del trabajo.

 

“Bienaventurados los obreros, porque ellos son compañeros de Cristo”.

 

 

Muchas gracias.

[1] Ver Rafael Caldera, Derecho al trabajo, Carcas, Cyngular, 2017, pp. 177-178.

[2] Cf. Alain Supiot, El esopiritu de Filadelfia (La justicia social frente al mercado total), Barcelona, Península, 2011.

[3] Cf. Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[4] Cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-28.

[5] Especificidad de la Democracia Cristiana, Caracas, Dimensiones, 10ª edición 1987, pp. 111-112.

[6] Ibíd., pp. 94-96.

[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación, 1983, n. 83

[8] Rafael Caldera, Moldes para la fragua, Caracas, Dimensiones, 3ª edición 1980, pp. 430-431.

 

(Nota y fotos cortesía de Andrés Caldera Pietri)