Reporte Católico Laico

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Calvani, el hombre

Calvani, el hombre

RCL les invita a leer a Alicia Álamo Bartolomé.-

Perteneció a la primera camada de jóvenes que se atrevió a presentarse en público como católicos practicantes. Corrían los años 30 del siglo pasado. El mundo masculino venezolano estaba muy influenciado por el positivismo de las aulas universitarias y los intelectuales. A la misa dominical asistían las mujeres, los caballeros se quedaban a la puerta de las iglesias esperando la salida de las damas. Era lo normal, incluso hombres creyentes no asistían a misa, no se usaba.

En Venezuela, abierta a la democracia después de la muerte de Juan Vicente Gómez y, evidentemente, por la influencia educativa del Colegio San Ignacio, un grupo de jóvenes se atreve a desafiar la tradición laicista, entra a la misa, funda un movimiento estudiantil inspirado en un humanismo cristiano, conforman la Acción Católica y, por supuesto, enfrentan con coraje el desprecio y las burlas de liberales y comunistas. Entre éstos, Arístides Calvani Silva, de ascendencia cumanesa. No hay duda de que estos jóvenes valientes para vivir con coherencia su fe y su actuación pública, tuvieron que desarrollar una actitud a la defensiva, desafiante y con su toque de petulancia. Por aquí empieza mi primer encuentro cercano con Arístides.

Sabía quien era él y él sabía quien era yo. Nos habíamos encontrado ligeramente en actividades católicas y, además, su familia y la mía se conocían. Su padre había sido alto empleado del Ministerio de Fomento cuando el mío fue el titular de ese despacho y, en añadidura, luego fue presidente del estado Sucre de donde eran oriundo los Calvani. En los años 40 del siglo pasado, la juventud se reunía en alguna casa de familia para bailar con música de los discos que, recorridos por la aguja, giraban en el pick-up; tremendo invento que dejó atrás vitrolas u ortofónicas. A esas inocentes reuniones las llamábamos picoteadas. No era muy aficionada a éstas porque, adolescente gorda, poco atractiva para el sexo opuesto, no me sacaban a bailar y no tenía la audacia de las que sacaban ellas. Sin embargo, esa tarde estaba allí y quizás por su espíritu cristiano y caritativo, Arístides Calvani, un guapo mozo -ahora sé que 8 años mayor que yo- me invitó a bailar. ¡Pero vaya manera de iniciar un baile y una conversación! Arístides me dice, con un tono de voz acorde a la inusitada pregunta: “¿Por qué ustedes, las Álamo Bartolomé, tienen ese aire de suficiencia tan chocante?” Y yo, rauda: ¿Por qué tu miras la paja en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo? Extraña manera de comenzar una amistad.

Con mi hermana Cecilia de Zune (+) y una máquina de escribir, él fundó el Instituto de Formación Demócrata Cristiana (IFEDEC). Cecilia llegó a ser allí una ejecutiva, daba clases de formación a los futuros lideres político latinoamericanos. Después de muchos años, salió del IFEDEC sin el menor reconocimiento ni escrito ni económico, como le correspondía. Por allí pasaron Napoleón Duarte y Vinicio Cerezo, luego presidentes de El Salvador y Guatemala respectivamente, bajo la presidencia de Cerezo fue el accidente fatal donde murió Arístides junto con su esposa Adelita Abbo y sus hijas Graciela y María Elena.

En un rincón de los corredores de Miraflores, el día de la toma de posesión de la primera presidencia de Caldera, vi a Arístides, Ministro de Relaciones Exteriores, de paltó-levita y sudando. Sólo supo decirme, cuando lo saludé: “¡Ay, Alicia…!” No lo felicité, le deseé que le fuera leve. A pesar de la viga que le coloqué en el ojo, era un hombre sencillo y humilde, le gustaba pasar inadvertido, ¡y qué canciller fue! De lujo, sus intervenciones en importantes instancias internacionales como en la ONU, la Conferencia de Tlatelolco, por ejemplo, fueron tan brillantes que elevaron el prestigio de Venezuela. ¡Qué falta nos hace hoy un Canciller Calvani!

 

Publicado originalmente en El Impulso