Reporte Católico Laico

/

La Venezuela permanente: podemos

La Venezuela permanente: podemos

RCL les invita a leer a Beatríz Briceño Picón.-

Cada día nos urge más entender lo que significa el título de esta columna, La Venezuela permanente. Porque después de haber llegado a establecer, el siglo pasado, la esencia de nuestra nacionalidad, nos encontramos hoy, perdidos en una maraña difícil de explicar, desandando caminos y buscando luces.  Ramón Velázquez, nuestro gran historiador, al final de la presentación de la 3a edición de la obra Alegría de la Tierra, de Mario Briceño Iragorry escribió: Esa actitud de consecuencia entre los pasos de este hombre y su prédica, el vigor y maestría literaria de sus páginas, la originalidad de sus investigaciones históricas y la anticipada visión de la crisis moral y nacional que confrontamos explican la vigencia de ese mensaje destinado a la Venezuela permanente.

Y esa Venezuela permanente clama hoy por las voces del pasado, que fueron dando contorno a nuestra nacionalidad y nuestro patriotismo. No podemos perder la conciencia de lo que fuimos, somos y estamos llamados a ser.  Decía Briceño Iragorry a la vuelta de seis años de exilio, en 1958: Olvido y perdón pide la sociedad de los hombres. Olvido y perdón que surgen del propio examen que hacemos de nosotros mismos.(…) Buscar para cada quien su culpa antes de pedir el castigo de la culpa de otro, es norma que obliga en el orden de la ciudad tanto como en el orden de la salvación. Sobre esta realidad moral, se hace fácil el camino de la concordia y logra su cumplimiento la convivencia.

Junto a biografías y ensayos como Mensaje sin destino y la obra  Los Riberas, retablo novelado de historia de  Venezuela, fue Alegría de la Tierra  el  libro que le sirvió de trampolín en el debate político de 1952 y le guío  en la movilización de jóvenes  voluntades que encontraron en esas páginas la emoción y la esperanza que necesitaban en ese momento de la dictadura pérezjimenista.

Hoy de nuevo está el país en hora de profundas contradicciones. Si en 1983 teníamos el alma vendida al diablo de la bonanza petrolera, hoy la tenemos entregada al mismo infierno, por una profunda crisis, que nos ha sumido en la mentira de unos proyectos que no siembran ni la tierra, ni  ilusiones,  sino que desbaratan esperanzas.

Por lo tanto hemos de volver la mirada a La Venezuela permanente, esa  hacia la que nos encaminamos con Mensaje sin destino, la misma que sirvió de acicate a Alegría de la Tierra y la que descubrimos en el corazón de Alejo Solórzano, ese personaje fundamental de Los Riberas cuya obsesión era sembrarse en el futuro de nuestra patria: el abuelo materno del último Ribera de la saga, que representa el yo real de Briceño Iragorry, el último tiempo de su vida. ¡Ah, si yo pudiera! es una frase que los identifica en su permanente pasión por Venezuela, pero limitados ambos por la enfermedad. ¡Ah, si yo pudiera!  Puede ser también el grito de una garganta que busca caminos hasta que los encuentre. Entonces, como en el pasaje del evangelio, exclamamos con la fuerza de la esperanza y de la alegría: sí podemos. Podemos llevar al corazón de cada venezolano, las energías necesarias para sembrar la tierra, para comenzar de nuevo un diálogo fecundo. Podemos darle al trabajo un sentido de misión tanto en la familia como en la sociedad. Podemos hacer de la política el arte de servir el bien común…

Beatriz Briceño Picón

Periodista UCV/ CNP

Fundación Mario Briceño Iragorry