Reporte Católico Laico

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Pobreza con samba: venezolanos sobreviven explotados en Brasil

Pobreza con samba: venezolanos  sobreviven explotados en Brasil

Un trabajo periodístico de Paula Ramón para la agencia de noticias AFP constata que la inacción del gobierno agravó la crisis humanitaria de venezolanos en la nación carioca. Improvisación local y xenofobia se unen para agravar la ya compleja situación

Carlos Zapata | Reporte Católico Laico

Caracas.- Apenas los vehículos se detienen en los semáforos de las avenidas de Boa Vista, en el norte de Brasil, un enjambre de jóvenes venezolanos armados con esponjas y jabón en botellas plásticas se abalanza para limpiar los vidrios a cambio de monedas. De este modo se pinta la pobreza criolla de samba, en una nación donde ya el primer mandatario hizo un alto a las fiestas de Carnaval en la búsqueda de una salida urgente a la crisis.

Muchos de los 40 mil migrantes ocupan plazas y parques tras recibir –según la prensa local: a la fuerza- a la nueva población que hace una brecha en el país, por cuanto equivale a más del 12% del número total de brasileños que habitan Boa Vista.

Allá también la califican como “crisis humanitaria”, según explica la alcaldesa Teresa Surita a AFP, tras admitir, no obstante que en su nación hay “muchas reuniones y pocas acciones”, así como serias consecuencias derivadas de la “falta de planificación” del gobierno de su país.

Recientemente el Ejecutivo nacional brasilero anunció medidas para responder a la compleja situación, pero “la presencia gubernamental no se siente en las calles de Boa Vista, donde es difícil andar sin notar la cara de una migración que busca cómo sobrevivir”.

Al menos tres refugios fueron improvisados en el año 2017, pero no cubren la demanda, toda que a duras penas permiten albergar a poco más de 1.500 personas. Y el 33% de ellas “en condiciones muy precarias”.

De acuerdo con cifras oficiales de migración Brasil, entre 500 y 1.200 venezolanos cruzan a diario la frontera hacia ese país, en el que muchos se legalizan por medio de solicitudes de refugio o residencia temporal. Otros avanzan hacia Brasilia en busca de empleo y también abundan los que se asientan en condición de plena legalidad.

Aunque el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Filippo Grandi, calificó semanas atrás al gobierno de Brasil como “campeón de la causa de los refugiados”, la realidad retratada por la prensa internacional es otra.

Víctor Lira, de 27 años, recorrió casi 1.500 km desde Caracas. Llegó hace tres meses y no ha conseguido empleo. “Vive en un remedo de carpa hecha con bolsas de plástico negras en la Simón Bolívar… Conseguí dos reales (USD 0,6) y fui al mercado a comprar bananas. Creyeron que quería robar. ¿Sabes lo duro que es que te traten como un delincuente cuando lo que quieres es comprar comida?”, dijo llorando.

Brasil promete interiorizar la migración venezolana, pero poco se sabe del proyecto. Para llenar las primeras 530 vacantes en otros dos estados, apenas veinte venezolanos podrían viajar de inmediato debido a requisitos sanitarios, entre otros, explica la alcaldesa Surita. “Lo que estamos haciendo no resuelve la situación”, admite.

“La realidad avanza mientras discutimos”, dice la socióloga local Rodrigues. “Brasil, con su dimensión continental, puede y tiene cómo aprovechar esta migración, pero lamentablemente eso no es lo que está ocurriendo”.

Víctimas de explotación laboral

Mientras, las alarmas sobre casos de explotación laboral se mantienen encendidas en el norte de Brasil, donde las historias transcurren en silencio y en aparente normalidad, como la de E., una mujer de 27 años, periodista de formación. Junto a su marido, viajó en 2017 desde Caracas a Boa Vista, la capital de Roraima, huyendo de la crisis económica.

Con estudios universitarios, residencia temporal y documentación al día, E. consiguió en enero empleo en un restaurante. Contratada por un salario mínimo, fue informada de que sólo recibiría las propinas. Dos meses después ni eso ha cobrado. Trabaja apenas por comida.

“No quiero denunciarlos. Por lo menos ahora estoy comiendo. Ojalá me pagaran también”, dice E. que vive con cuatro familiares en un anexo.

“Hay mucha vulnerabilidad en esa ola migratoria, especialmente por la inseguridad alimenticia”, explica Cleyton Abreu, coordinador del Servicio Jesuita a Migrantes y Refugiados en Boa Vista.

“Informes de instancias internacionales revelan casos de acoso y violencia sexual en el ambiente de trabajo, violencia física y verbal, condiciones de trabajo análogas a la esclavitud, explotación sexual e indicio de tráfico de personas”, ratifica la AFP.

Así como E., otros venezolanos en Boa Vista están insatisfechos con las condiciones pero aceptan impulsados por la necesidad. José Santaella, de 58 años, pedía trabajo en una esquina céntrica de la ciudad cuando una camioneta se detuvo a ofrecerle empleo en una hacienda.

La promesa inicial era de 600 reales (unos 190 dólares) por jornadas de sol a sol. Al cabo del primer mes, le fue descontada una quinta parte para pagar su alimentación, integrada básicamente de “frijoles, cuscús y huesos”.

Santaella consiguió huir y regresó a Boa Vista, donde comparte una habitación con su hija y diez personas. ¿Volvería a ir a una hacienda? “Si me garantizan el pago sí. Necesito ayudar a la familia en Venezuela y aquí no hay trabajo ¿qué más puedo hacer?”.

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