Reporte Católico Laico

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Comisión Pontificia para América Latina: la Mujer en la vida y la misión de la Iglesia

Comisión Pontificia para América Latina: la Mujer en la vida y la misión de la Iglesia

 

 

“La mujer, pilar en la edificación de la Iglesia y de la sociedad en América Latina”.

 

  1. Ante todo, no se tiene la pretensión de proponer las “conclusiones” de esta Asamblea Plenaria, porque sería tarea muy ardua intentar recapitular sintéticamente toda la riqueza de las conferencias, de las intervenciones en los paneles y de los diálogos habidos en estos días. Trataremos de recoger y publicar lo más posible de todo ello en la página web de la Comisión Pontificia para América Latina (www.americalatina.va).

La presencia de este selecto grupo de personalidades femeninas latinoamericanas, junto con los Prelados miembros y consejeros de la CAL, ha sido fundamental para el óptimo desarrollo de la Asamblea. Las mujeres que han participado en ella han dado testimonios, experiencias y reflexiones de grandísimo valor para los trabajos emprendidos, como muestra de calidad, intensidad y profundidad. Se ha vivido un clima de mucha comunión y libertad en el diálogo durante estas jornadas.

Todos los participantes en esta “Plenaria” agradecen de todo corazón al Santo Padre por haber escogido este tema, tan presente en su magisterio pastoral y esperan de Su Santidad nuevas luces y orientaciones.

  1. Nuestros tiempos están marcados profundamente por una renovada autoconciencia de la mujer sobre su dignidad, libertad y derechos, sobre su participación en todos los ámbitos de la convivencia, sobre sus reivindicaciones y anhelos. Se expresa también como crítica, muchas veces radical, de la carga secular de injusticias, discriminaciones y sufrimientos que se han descargado sobre ellas. Se podría afirmar que, sobre todo desde el simbólico “68”, estos últimos 50 años han presenciado un “cambio de época” en el que las mujeres se han situado como protagonistas públicas. La cuestión de la mujer ha irrumpido como una de las más profundas transformaciones sociales y culturales, llegando a ser de envergadura civilizatoria. Las relaciones entre los sexos, las diversas formas de convivencia social, todas las instituciones – desde el matrimonio y la familia, pasando por las instituciones políticas y religiosas – han quedado interpeladas, cuestionadas, desafiadas. Estamos ante uno de los grandes “signos de los tiempos”. No hay recetas fáciles para afrontarlos: los estereotipos sobre la mujer se derrumban, los arraigos machistas muestran toda su fragilidad, existen muchas búsquedas abiertas, las pasiones desencadenadas llevan a veces al maniqueísmo, arrecian muchos poderes e ideologías que se quieren servir de la mujer en nuevas formas instrumentales.
  2. Las reflexiones y diálogos tenidos en la Asamblea Plenaria no pueden considerarse aisladamente, sino dentro del arduo camino emprendido por la Iglesia en las últimas décadas. El “Mensaje a las mujeres” del Concilio Ecuménico Vaticano II ya mostraba la conciencia de la Iglesia respecto de esta nueva emergencia, que abría una nueva fase histórico-cultural. Sería muy interesante recapitular sintéticamente cómo fue evolucionando esa conciencia, en un camino sinodal que tuvo como jalones importantes la Carta Apostólica Octogessima Adveniens del Beato Pablo VI y los mensajes de los papas Pablo VI y San Juan Pablo II en torno a los debates provocados por las sucesivas Conferencias Mundiales sobre la Mujer promovidas por las Naciones Unidas. Después hubo muchas intervenciones al respecto durante el pontificado de San Juan Pablo II: la Carta Apostólica Mulieres Dignitatem y la carta especialmente dirigida a todas las “queridas mujeres” del mundo entero, las encíclicas Redemptoris Mater y Evangelium Vitae y sus exhortaciones apostólicas Familiaris Consortio y Christifideles laici, por no citar más que algunos de los más importantes documentos que han acompañado los tiempos post-conciliares. Al preparar esta Asamblea Plenaria, la CAL ha recogido todas las alocuciones y documentos en los que el papa Francisco se detiene expresamente en la temática de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, y es motivo de asombro que se trate de una preocupación pastoral siempre muy presente en su magisterio. Para el papa Francisco, la “fuerza social y eclesial de las mujeres” tiene que ser reconocida, acompañada, sostenida, alentada e incluso potenciada para que produzca todos sus incalculables beneficios.
  3. América Latina ha quedado en las últimas décadas cada vez más integrada en la “cultura global”, que, en gran medida, es la mundialización de la cultura occidental como cultura dominante, hegemónica, con un capilar poder de asimilación, homologación, uniformización (no sólo “pensamientos únicos”, sino uniformidad práctica a todos los niveles de la vida). Resquebrajados todos los estereotipos sobre la mujer, se ha podido ir imponiendo una figura “moderna” y “post-moderna” de la mujer como totalmente contrapuesta a la de la mujer “tradicional”, considerada según una contraposición maniquea, como esclava desde los tiempos de las “cavernas”. Sin embargo, la realidad social y el arraigo del propio ethos cultural imponen todavía la consideración de especificidades latinoamericanas. Por una parte, no se pueden aplicar mecánicamente las imágenes, modernos estereotipos y reivindicaciones de las mujeres de sectores medios y altos, ilustrados, de las sociedades de la abundancia con mujeres que viven en los sectores populares de sociedades empobrecidas, en vías de desarrollo, como si éstas tuvieran que seguir necesariamente el camino ya recorrido por aquéllas. Por otra parte, los manuales de historia de los países latinoamericanos, e incluso los de historia eclesiástica, dejan invisibles a las mujeres, como si se tratara de exclusivos protagonismos y gestas masculinas. Hay que contar la historia de los pueblos latinoamericanos desde la mirada de las mujeres, con especial consideración de las distintas generaciones y personalidades femeninas que han reflejado y marcado grandes fases de transformación cultural en América Latina.
  4. Es evidente que en América Latina predomina aún con mucho arraigo un difundido “machismo” en muy diversos ámbitos sociales e institucionales. Su expresión más dramática es la violencia que se ejerce sobre las mujeres, y que tiene múltiples rostros. Tiene los rostros de las mujeres que sufren violencia verbal, física, psicológica y sexual en ambiente doméstico, más en las familias de composición irregular que en aquéllas que cuentan con estabilidad civil y sacramentalidad eclesial. Tiene los rostros de adolescentes que, en altos porcentajes, quedan embarazadas. Tiene los rostros de jóvenes que, incluso hoy día, se ven obligadas a aceptar matrimonios “combinados” por las respectivas familias. Tiene los rostros de las mujeres que sufren toda suerte de violencia psicológica y física por parte de sus parejas, que con frecuencia llega al feminicidio. Hay situaciones, incluso, de feminicidios seriales. Tiene los rostros de las mujeres consideradas sólo como objetos de consumo sexual esporádico e irresponsable, explotados y divulgados también por los medios de comunicación y de publicidad. Tiene los rostros de las mujeres que son víctimas y esclavas de la prostitución. Tienen los rostros de las mujeres que son objeto de la “trata”.
  5. Los altos índices de pobreza e indigencia, de marginación y exclusión, en los pueblos latinoamericanos ven sobre todo a las mujeres como las más sufridas. Son también las que están mucho más presentes en los llamados trabajos “informales”, que en gran medida rayan con la mendicidad. Componen la mayor parte de la población activa desempleada. Trabajan en los campos de sol a sol, muchas veces en condiciones de verdadera esclavitud. Para peor, son innumerables las mujeres abandonadas con su prole, que solas tienen que cuidarla y mantenerla. Entre ellas están las mujeres que quedan separadas de maridos e hijos migrantes por estados de necesidad. Y ni siquiera su trabajo doméstico, su cuidado de la prole, el afecto educativo de la primera infancia, ese despliegue inmenso de gratuidad, con mucho sacrificio, es valorizado por el cuerpo social, sino a menudo despreciado. Todas éstas son asimismo formas de violencia que se anidan en sociedades desordenadas, desequilibradas, injustas, mucho más graves aún que las también graves discriminaciones que sufren las mujeres que acceden a ámbitos laborales “formales”, sólo por ser mujeres y tan a menudo por ser madres.
  6. La desintegración de la familia en América Latina – baste pensar que en la gran mayoría de nuestros países son del 60 al 80% los hijos nacidos fuera de matrimonios estables – hace que abunden las familias monoparentales, en las que tremendas responsabilidades se sobrecargan en la vida de las mujeres y multiplican los terribles costos humanos de niños abandonados, de multitudes que crecen desde su infancia con descompensaciones afectivas y graves dificultades de escolarización y socialización, víctimas fáciles de vicios y adicciones, que son a menudo capturados por las redes del narco-negocio, las pandillas y otras formas de delincuencia y violencia. La reconstrucción del tejido familiar se muestra como capital indispensable para la regeneración de la convivencia humana y social.
  7. Son signos de esperanza los del acceso cada vez más universal de las mujeres a los básicos niveles de enseñanza escolástica, así como su presencia mayor a la masculina en los niveles universitarios. La educación acompaña la llamada “promoción femenina”. Hoy abundan por doquier las mujeres en las más distintas profesiones y responsabilidades laborales. También son cada vez más numerosas en la vida política –basta pensar en mujeres que están ocupando cargos públicos de mucha relevancia-, aunque su presencia sea minoritaria todavía en partidos y otras instituciones políticas no sólo ocupadas muy mayoritariamente por varones sino muy marcadas por una mentalidad machista. Toca a las mujeres ser constructoras de humanización, allí donde avanzan los desiertos creados por los ídolos del poder y de la riqueza.
  8. No ha sido por casualidad que el documento de conclusiones de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, junto con un capítulo referido a la “promoción de la mujer”, haya incluido la novedad de otro capítulo referido a los “varones”, a su difundido machismo, a su frecuente irresponsabilidad como varones, a su ausencia como maridos y como padres de familia, a su incapacidad para aceptar los cuestionamientos y replanteamientos que la toma de conciencia de la dignidad y libertad de las mujeres les están exigiendo.
  9. Sería ingenuidad, distracción o complicidad no tener también muy presente, sobre todo desde la realidad latinoamericana, que esta renovada auto-conciencia de la mujer está también siendo utilizada por los grandes poderes neo-malthusianos que, en vez de incluir a todos en el banquete de la vida pretenden reducir a todo costo a los comensales. Se sirven de excepcionales situaciones-límite para desatar campañas en pos de la liberalización del aborto. Aún no se proclama el aborto como m“derecho” de la mujer, porque todavía está muy arraigado en el ethos cultural de los pueblos latinoamericanos el sentido de la sacralidad de la vida. La mujer emancipada de las sociedades de la abundancia, que considera la contracepción como libertad fundamental, banalizada, disocia amor, sexualidad y generación.

Queda una sociedad pan-sexualizada, un libertinaje de masas, que se descarga sobre todo contra la mujer. El cuerpo de la mujer se reduce a objeto destinado a alimentar por medio de la publicidad los instintos posesivos y consumistas de “animales” de mercado. Abundan también las violencias contra las mujeres y aparece una sociedad estéril, sin hijos, que provoca el ansia materna desordenada a todo costo, a ser resuelta por la ciencia y el mercado. ¿Es tan liberada y realizada la imagen de la mujer que transmiten y difunden las sociedades del consumo y del espectáculo? ¿Será ése el futuro de nuestro presente latinoamericano? Tampoco hay que dejar de preguntarse cuántas mujeres se han ido alejando silenciosamente de la Iglesia, entre otras cosas cargando con una conciencia culpabilizada por la práctica cada vez más difundida de la contracepción.

  1. Las imágenes y mensajes transmitidos como persuasión oculta por los medios masivos de comunicación – basta pensar en el impacto de las “tele-novelas” en la realidad latinoamericana – van socavando el matrimonio y la familia consideradas “tradicionales” y superadas de facto por las rupturas de todo vínculo y las “combinaciones” de todo tipo. Pretenden socavar la maternidad mostrada como cárcel que reduce las posibilidades de bienestar y progreso de la mujer. Incluso son muchas las mujeres muy pobres de América Latina que son aprovechadas para esa indigna y horrible forma de explotación que es el “alquiler de sus úteros” y la compra de sus hijos naturales. Seríamos también muy ingenuos si no tuviéramos en cuenta a lobbies femeninos locales que actúan como comparsas de instancias internacionales, bien financiados y orquestados.
  2. También la Iglesia católica queda interpelada, cuestionada y desafiada ante este “cambio de época” y “signo de los tiempos”. Y, en modo especial, la Iglesia latinoamericana que, por estar encarnada en culturas “machistas” y pecar de clericalismo, tiene que enfrentar una profunda revisión de vida con libertad y coraje. Ese clericalismo machista se cuela por todos los poros, más allá de las buenas intenciones y las retóricas eclesiásticas. ¡No se vive más de rentas residuales de cristiandades en procesos de descomposición! Se están resquebrajando y derribando valores comunes que fueron alimentados por nuestro sustrato cristiano, aunque resista lo sembrado por la evangelización, la sabiduría popular y su sentido común entre las gentes latinoamericanas. Se tenga en cuenta también que la presencia masiva, la credibilidad muy difundida y el influjo relevante que tiene la Iglesia católica en los pueblos latinoamericanos es, para grandes poderes mundiales, como una anomalía que hay que ir socavando, disgregando, cancelando. Todo esto tiene que ser considerado en la “conversión pastoral” que pide el papa Francisco y el episcopado latinoamericano en Aparecida.
  3. La radicalidad de las cuestiones que hay que afrontar tiene que llevar a muy profundos replanteamientos teológicos y antropológicos. No en vano, el papa Francisco repite siempre que hay que profundizar con urgencia en una “teología de la mujer”. Por ello se requiere considerarla desde una perspectiva trinitaria y eclesial. En esa perspectiva se ha intentado retomar la imagen de Dios en la persona humana –varón y mujer – como imago Trinitatis, explorando el arquetipo de la diferencia sexual en Dios mismo y en los tres modos de amar de la Trinidad, que se expresan en las procesiones de las tres Personas consubstanciales pero distintas y correlativas: el Amor paternal, el Amor filial y el Amor nupcial. De allí la especial cercanía de la mujer con el Espíritu Santo dentro del misterio de la Alianza como realidad nupcial. Hay un colosal trabajo de reflexión teológica que requiere ser proseguido sistemáticamente, ya encaminado por los aportes extraordinarios del Magisterio y de algunos teólogos y teólogas para, a la vez, ir traduciéndolo pastoralmente, políticamente y por vías mediáticas.
  4. No faltó en esta Asamblea una consideración especial sobre el testimonio de Jesús ante las mujeres de su tiempo. El Hijo de Dios supo vivir una suprema libertad respecto a todos los prejuicios y discriminaciones que sufría la mujer en la tradición y en la convivencia hebraicas. Lo siguieron tantas mujeres en su peregrinar por tierras de Judea, Galilea, Samaria, les anunció el Reino y las sanó, estableció un diálogo con ellas como con la samaritana, tuvo vínculos de amistad con Marta y María, mostró su misericordia, superior a la ley, como con la adúltera y con Magdalena, perdonada porque mucho amó. Esa misma libertad lo llevó a escoger doce varones como sus apóstoles. Pero Dios quiso nacer de mujer, llevada como nadie a la más alta dignificación, la nueva Eva a cuya maternidad confió todo el género humano; contó con muy numerosas discípulas que lo siguieron, ellas no lo abandonaron como los varones al pie de la Cruz, fueron ellas las primeras testigos de su resurrección y las encontramos por doquier en las primeras comunidades cristianas como discípulas-misioneras, tal como nos lo indican las epístolas paulinas (el mismo apóstol Pablo, aunque reconoce que ya no hay lugar a contraposición entre varón y mujer pues todos somos “uno en Cristo”, a veces se muestre condicionado por prejuicios y estereotipos de su tiempo).
  5. América Latina es continente mariano. Desde el evento fundacional de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe – la Inmaculada que dona a su Hijo, inculturando el Evangelio en los nuevos pueblos mestizos y bautizados -, la Virgen María ha estado muy presente en la historia, cultura y vida de los pueblos latinoamericanos. “Es la presencia indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo de hijos y hermanos, de discípulos y misioneros de su Hijo” (Aparecida, n. 524). “La figura de María (…) es fundamental en la recuperación de la identidad de la mujer y de su valor en la Iglesia” (n. 451). Mujer libre y fuerte, obediente a la voluntad de Dios y toda orientada al seguimiento de su Hijo, mujer de la escucha que pondera todo en su corazón, mujer de la entrega, de la gratuidad hasta el sacrificio, comprometida con la realidad de su pueblo –como lo muestra el canto del Magnificat – y capaz de tener un voz profética ante ella, muestra la dimensión femenina y materna de la Iglesia y es alma y ternura en la convivencia familiar y social. Con la “nueva Eva”, la dignidad de la mujer alcanza dimensiones insospechadas.
  6. Si el Verbo encarnado revela al hombre su misterio, su vocación, condición y destino, pues la inteligencia de la fe ha de ser luz potente que ponga en movimiento todos los recursos de la razón para ir profundizando más en una renovada antropología que incluya el ser varón y el ser mujer, en su común humanidad, de igual dignidad, distinguiendo al mismo tiempo lo que constituye su alteridad y recíproca complementariedad. Hay autores que hablan de esa “unidad dual” de lo humano. Es necesario ir siempre más fondo no sólo sobre la identidad femenina sino también sobre la identidad masculina para poder servir mejor a ser humano en su conjunto. Lo que anteayer nos parecía evidente, hoy no lo es más, sobre todo si se tiene presente el bombardeo de imágenes y mensajes que nos penetran por todos los poros mediante la “revolución de las comunicaciones”. Por una parte, el “coming out” de la homosexualidad, incluso su exaltación y propuesta, así como la difusión de la “ideología de género” por medios potentes, por otra parte, la muy intensa aceleración de innovaciones científicas y tecnológicas, especialmente en el campo del “bios”, no permite respuestas fáciles. Se requiere el rigor de la filosofía para avanzar en la fundación de un nuevo humanismo, que sea base verdadera y fecunda de gestación de una humanidad nueva y siempre renovada. Y hay que saber ir traduciéndolo, sea como hipótesis educativa, sea para su difusión a niveles culturales, sea para sus traducciones mediáticas, pero sobre todo en la construcción de sociedades más humanas, más dignas de la persona humana, más incluyentes de todas las potencialidades que varones y mujeres, en diálogo solidario, pueden ofrecer. “Del dicho al hecho hay un gran trecho”. ¡Y qué trecho! No hay que tener miedo a diálogos a 360 grados, más allá de las retóricas insuficientes y las charlatanerías.
  7. Todo ello tiene muy hondas implicaciones, exigencias y consecuencias para la misión de la Iglesia, para su pastoreo en medio de este “cambio de época”. Cuando el papa Francisco exalta la “fuerza eclesial de las mujeres”, en primer lugar no hace más que destacar un hecho evidente: las mujeres han sido y siguen siendo decisivas en la traditio de la fe en los pueblos latinoamericanos. Cuando fueron apagándose los ardores e ímpetus misioneros de la primera evangelización, cuando fue asentándose el sustrato católico en la cultura barroca de los nuevos pueblos mestizos, cuando durante la emancipación quedaron desmanteladas por décadas las estructuras pastorales y catequéticas, y cuando por eso también durante décadas pueblos, comunidades y aldeas quedaron sin la presencia de sacerdotes o religiosos/as, fueron las mujeres y madres las que hicieron posible el milagro de la traditio de la fe católica. Lo hicieron enseñando a los hijitos las más sencillas oraciones de la tradición cristiana y los gestos también transmitidos por la religiosidad popular. Y eso, mientras los varones quedaron tan ausentes que, cuando se reestablecieron los templos y parroquias, fue siempre muy frecuente que los varones acompañasen a las mujeres a la Iglesia, a veces se agolpasen en las filas de atrás de los templos como escondidos, otros se quedasen en el atrio o se fueran al bar a esperarlas. Gracias a Dios, esto ya no es tan así, pero sigue siendo cierto que las mujeres constituyen la gran mayoría del santo pueblo fiel de Dios en América Latina, que ellas siguen siendo la gran mayoría de las catequistas parroquiales, que ellas ejercen la mayoría de los ministerios no ordenados, que de ellas depende la prolijidad de los templos, el gusto de dar gloria a Dios incluso en los detalles y hasta la marcha de sus oficinas.
  8. Una palabra especial hay que dedicarla a las religiosas, que están presentes en todo, cumpliendo servicios fundamentales, acogidas siempre con mucho cariño y confianza por los pueblos latinoamericanos. Incluso fuera de los confines visibles de la Iglesia, las religiosas siempre encuentran puertas y corazones abiertos. Están siempre cercanas a las personas y familias, viven la proximidad de la caridad, tienen como antenas que les permiten captar y compartir sufrimientos y necesidades, son la avanzada de la Iglesia en las periferias humanas, sociales y existenciales y realizan como protagonistas discretas las más diversas obras de misericordia, testimoniando con coherencia cotidiana el amor preferencial por los pobres y la cura de los heridos en el cuerpo y en el alma. Se ha dicho bien que la solidaridad tiene nombre de mujer, que así como cuida su casa, lo hace con su comunidad y también quiere hacerlo con la casa común, en pos de una ecología natural y humana de convivencia.
  9. No obstante todo ello, hay mucho por recorrer en la Iglesia de América Latina para reconocer, apreciar y usufructuar, en el mejor sentido del término, de la potencialidad femenina, ya en acto por doquier. Siguen existiendo clérigos machistas, mandones, que pretenden usar a las mujeres como servidumbre dentro de su parroquia, apenas como clientela sumisa de los cultos y mano de obra bruta para lo que se necesite. Todo esto tiene que ir acabando. Ahora los Pastores tienen que considerar a las mujeres como custodias fundamentales del precioso patrimonio de fe de la Iglesia de América Latina, como su rostro de esperanza, como su tesoro de caridad. Las mujeres han de ser sujetos y destinatarias de una prioridad de cuidado pastoral. Esto significa, como repite a menudo el papa Francisco, una adecuada formación al respecto en los Seminarios y Noviciados – como lo indica la nueva Ratio -, un saber tomarse el tiempo necesario para escucharlas, para apreciar sus puntos de vista y perspectivas como motivo de enriquecimiento para el discernimiento y la acción, dialogar con ellas con seriedad, considerarlas corresponsables de la comunión y misión. Y también alentar a que asuman cada vez mayores responsabilidades al servicio de la vida de la Iglesia, aunque su presencia no se reduce al número de mujeres que ocupen puestos de importancia. El “empowerment” de las mujeres no se traduce en una lógica de poder mundano, como a modo de “carrera eclesiástica”, sino en el poder del Espíritu Santo que las anima. Sin embargo, esto no tiene que ser motivo para reducirse a poner límites minimalistas a la participación de las mujeres en el ejercicio de responsabilidades y en la toma de decisiones en el seno de las comunidades cristianas, a todos los niveles. “Sin las mujeres la Iglesia del continente perdería la fuerza de renacer continuamente. Son las mujeres quienes, con meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe”, dijo el Papa en Bogotá a los Obispos latinoamericanos. “Es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de cuanto realizan”.

 

ALGUNAS RECOMENDACIONES PASTORALES

  1. I. La Iglesia católica, siguiendo el ejemplo de Jesús, tiene que estar muy libre de los prejuicios, estereotipos y discriminaciones sufridos por la mujer. Las comunidades cristianas han de realizar una seria revisión de vida en pos de una “conversión pastoral”, que sepa pedir perdón por todas las situaciones en que han sido y aún son cómplices de atentados a su dignidad. La apertura a las mujeres debe proceder de nuestra visión de fe y conversión, que mira con esperanza al futuro desde el evangelio de Jesús, quien demostró libertad, respeto y extraordinaria capacidad para reencender la llama del amor y de la entrega personal en tantas mujeres que Él encontró en su vida pública.
  2. Tengan también las Iglesias locales la libertad y la valentía evangélicas de denunciar todas las formas de discriminación y opresión, de violencia y explotación que sufren las mujeres en muy diversas situaciones y de incluir el tema de su dignificación, participación y contribución en el combate por la justicia y fraternidad que es dimensión esencial a la evangelización. “En esta hora de América Latina y el Caribe – señalaron los Obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida – urge escuchar el clamor, tantas veces silenciado, de mujeres que son sometidas a muchas formas de exclusión y violencia en todas sus formas y en todas las etapas de sus vidas. Entre ellas, las mujeres pobres, indígenas y afro-americanas han sufrido una doble marginación. Urge que todas las mujeres puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica, creando espacios y estructuras que favorezcan una mayor inclusión” (n. 454).

III. Es fundamental en la pastoral de la Iglesia repensar caminos adecuados para la educación afectiva y sexual de varones y mujeres, así como para la más integral preparación al sacramento del matrimonio, acompañando y sosteniendo a matrimonios que vivan la dignidad, verdad y belleza de un amor fiel, indisoluble y generosamente fecundo, tal como lo enseña la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, y a familias que sean hogar de los afectos más profundos, comunión de amor y de vida, iglesia doméstica y de iniciación cristiana, en la que resplandezcan las dimensiones de paternidad y maternidad, de nupcialidad, de filiación y fraternidad, que son dimensiones del amor de Dios. El matrimonio y la familia constituyen las experiencias fundamentales para vivir la común dignidad de varón y mujer, su diversidad, reciprocidad y complementariedad, para crecer ambos en corresponsabilidad, tanto en el hogar como en las modalidades más adecuadas de “combinar” la vida y los trabajos familiares con las responsabilidades extradomésticas.

  1. No falten palabras de aprecio y aliento a las madres que en América Latina están en la gestación generosa de hijos, familias y pueblos. Muchas veces lo hacen como auténticas “mártires”, que dan la vida por los suyos y por los demás. Las madres – dijo el papa Francisco – “son el antídoto más fuerte contra la difusión del individualismo egoísta (…), odian mayormente la guerra, que mata a sus hijos (…), testimonian la belleza de la vida (…), saben testimoniar incluso en los peores momentos, la ternura, la dedicación, la fuerza moral (…) y a menudo transmiten también el sentido más profundo de la práctica religiosa” (7.I.2015). “La maternidad no es una realidad exclusivamente biológica – advierte el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, n. 457 -, sino que se expresa de diversas maneras”. Nación viene de “natío”, que evoca maternidad.

También la Iglesia es madre, como María. América Latina tiene necesidad de esa revolución de la ternura y de la compasión, así como de la construcción de una cultura del encuentro, que tiene en las mujeres sus mejores protagonistas.

  1. Se cuiden en forma especial las “mutuas relaciones” entre los Pastores y las mujeres de vida consagrada. Ellas dan un testimonio notable de la presencia de Dios en medio de los pueblos latinoamericanos, en especial de los jóvenes, de los pobres, enfermos y desamparados, abriendo caminos al Evangelio en la vida concreta de la gente. Han de ser reconocidas y valorizadas como corresponsables de la comunión y misión de la Iglesia, presentes en todas las instancias pastorales de reflexión y decisión pastorales. Los Pastores tengan también muy presentes a las comunidades de religiosas contemplativas, confiando a su oración las intenciones de las Iglesias locales y de la Iglesia universal. Por otra parte, la Biblia nos haga recordar a las viudas para su compañía en la caridad y su servicio en las comunidades.
  2. VI. Como lo destacó el documento de conclusiones de Aparecida, es muy importante replantearse en la Iglesia una educación de los varones “para favorecer el anuncio y reflexión en torno a la vocación que el varón está llamado a vivir en el matrimonio, la familia, la Iglesia y la sociedad” (n. 463ª). Hay que ir superando sus arraigos y resistencias machistas, su frecuente ausencia paterna y familiar, su irresponsabilidad en cuanto a la conducta sexual. Incluso más aún: se requiere “desarrollar en las universidades católicas, a la luz de la antropología y moral cristianas, la investigación y reflexión necesarias que permitan conocer la situación actual del mundo de los varones, las consecuencias del impacto de los actuales modelos culturales en su identidad y misión, y pistas que puedan colaborar en el diseño de orientaciones pastorales al respecto” (Aparecida, 263d). La “era del feminismo” puede ser óptima ocasión “liberadora” para el varón, compartiendo la voluntad de generar una agenda que reivindique el pleno respeto a la dignidad de la mujer, una paternidad comprometida, afectiva e implicada en la crianza de los hijos, junto a la madre, y un mutuo sostén cuando se da el trabajo extra-doméstico de ambos.

VII. Las comunidades cristianas y sus Pastores estén vigilantes ante formas de “colonización cultural e ideológica” que, so pretexto de nuevos “derechos individuales” e incluso instrumentalizando reivindicaciones feministas, son difundidas por grandes poderes y lobbies muy organizadas, para atentar contra la verdad del matrimonio y la familia, ir socavando el ethos cultural de nuestros pueblos, favoreciendo la disgregación del tejido familiar y social de las naciones.

Quienes terminan pagando los peores costos de tal operación son las mujeres, incluso las madres y sus hijos. A este propósito, es importante promover un diálogo atento y continuo entre los pastores y los políticos, en continuidad con todo lo recomendado anteriormente.

VIII. Se cuide esmeradamente la formación integral de los futuros sacerdotes, tal como lo indica la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. En esa perspectiva, “un signo del desarrollo armónico de la personalidad de los seminaristas es la suficiente madurez para relacionarse con hombres y mujeres, de diversa edad y condición social (…). “El conocimiento y la familiaridad con la realidad femenina, tan presente en las parroquias y en muchos contextos eclesiales, resulta conveniente y esencial para la formación humana y espiritual del seminarista”, así como para su futura acción pastoral al servicio del pueblo de Dios, capaz de relacionarse con las mujeres con serena madurez, de dialogar con ellas y aprender de ellas, de reconocer e integrar toda la riqueza del “genio” femenino” y de sus carismas (cfr. n. 95). Para lograr este resultado, es preciso favorecer la participación de mujeres de vida matrimonial o de vida consagrada en los procesos de formación, más aún, en los equipos de formadores, dándoles autoridad para enseñar y acompañar a los seminaristas, así como la oportunidad para intervenir sobre el discernimiento vocacional y el desarrollo equilibrado de los candidatos al sacerdocio ministerial.

  1. IX. A la luz de la orientación del Papa Francisco sobre la “sinodalidad” en todos los niveles en la Iglesia, en base al don del Espíritu Santo a cada bautizado y a la “coesencialidad” entre dones jerárquicos y dones carismáticos, es posible y urgente multiplicar e ampliar los puestos y las oportunidades de colaboración de mujeres en las estructuras pastorales de las comunidades parroquiales, diocesanas, a niveles de las Conferencias episcopales y en la Curia Romana. Una tal apertura no es una concesión a la presión cultural y mediática, sino el resultado de una toma de conciencia de que la ausencia de las mujeres de las instancias de decisión es un defecto, una laguna eclesiológica, el efecto negativo de una concepción clerical y machista. Si no se pone remedio a corto plazo, muchas mujeres disponibles para servir se sentirán dejadas de lado en desprecio de sus capacidades y se alejarán eventualmente de la Iglesia.
  2. X. Obviamente esta apertura necesaria e urgente supone una inversión en la formación cristiana, teológica y profesional de las mujeres, laicas y religiosas, de manera que puedan trabajar a la par con sus colegas masculinos con toda normalidad y equilibrio, y esto no solamente porque son mujeres y porque debamos proyectar una imagen puesta al día respecto de los cánones culturales de la época. Los Pastores alienten y apoyen los estudios bíblicos y teológicos de mujeres para el enriquecimiento de la edificación de las comunidades cristianas.
  3. Se invite a las instituciones católicas de enseñanza superior, y en particular a las Facultades de Teología y Filosofía, a continuar profundizando una teología de la mujer, a la luz de la tradición y del magisterio de la Iglesia, de renovadas reflexiones teológicas sobre la Trinidad y la Iglesia, del desarrollo de las ciencias y, en especial, de la antropología, así como de las actuales sensibilidades culturales de los movimientos y anhelos de las mujeres.

XII. La devoción mariana, tan arraigada y difundida en América Latina, manifestación de inculturación del Evangelio y del amor de los pueblos, ayude a considerar a María como paradigma de la “mujer nueva”, contemplándola como ejemplo extraordinario de una feminidad plena, digna de ser protegida y promovida, tanto por su importancia en la gestación de una convivencia social más humana como por la formación de los discípulos-misioneros de su Hijo. XIII. Se promueva en todas las Iglesias locales y por medio de las Conferencias Episcopales un diálogo franco y abierto entre Pastores y Mujeres que se desempeñen en diversos niveles de responsabilidad (desde dirigentes políticas, empresariales y sindicales, hasta líderes de movimientos sociales y comunidades indígenas). XIV. El cambio epocal que estamos viviendo y que requiere de parte de la Iglesia un relanzamiento de su dinamismo misionero -¡l’Evangelii Gaudium! – exige un cambio de mentalidad y un proceso de transformación análogo a lo que el Papa Francisco logró concretar con las Asambleas del Sínodo sobre la familia – cuyo fruto fue la Exhortación Apostólica Amoris laetitia – y ahora con la próxima Asamblea sinodal sobre los jóvenes. Esta Pontificia Comisión para América Latina no pretende proyectar sus propios planteamientos y necesidades a la Iglesia universal, pero se plantea seriamente la cuestión de un Sínodo de la Iglesia universal sobre el tema de la Mujer en la vida y la misión de la Iglesia.

COMISIÓN PONTIFICIA PARA AMÉRICA LATINA

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES PASTORALES

DE LA ASAMBLEA PLENARIA

Ciudad del Vaticano, 6-9 marzo 2018