Reporte Católico Laico

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De Senectute

De Senectute

RCL les invita a leer a David Warren.-

Cumplí sesenta y cinco hace un par de domingos, y todavía estoy en estado de shock. De tantas cosas en la vida, uno piensa, sí, eso puede suceder, pero seguramente a mí no.

Pero la realidad apareció por primera vez unos meses antes, cuando recibí un grueso sobre, en el buzón del correo, del gobierno de Su Majestad (en derecho) de Canadá. Mi corazón se congela cada vez que veo tales sobres, y me pregunto, ¿qué quieren los (grosería, plural) de mí ahora? Dejo languidecer por unos días las desagradables cosas marrones hasta el momento en que siento la fuerza psíquica para abrirlas; manos temblorosas, de esa combinación animal de miedo y furia.

Fue entonces cuando la realidad me golpeó. Los (¡misma grosería!) estaban tratando de darme una pensión.

¡Cómo se atreven!

Bueno, podría ser peor, decidí, y luego lo arrojé a mi carpeta de formas desoladoras de gobierno, sabiendo que en alguna parte habría una trampa. Porque ninguno de mis encuentros con el gobierno de Su Majestad ha terminado felizmente.

Incluso bajo su sistema republicano al sur de la frontera, creo que hay personas que piensan igual que yo. Como sugirió el Sr. Reagan, de grata memoria, si el gobierno se ofrece a ayudarlo, ¡huya! Incluso cuando aún era un adolescente ateo, hubiera preferido ser golpeado por agentes de la Iglesia. Después de todo, a veces se contienen, debido a la conciencia.

Pero no hay apelación contra el embate de la edad. Conforme explicó un contemporáneo próximo, testigo frente a un espejo de que su cabello encanecía, solo hay una cura. Es una invención francesa; y se llama guillotina.

Sucede (si una cosa sucede, entonces otra también puede suceder) que hay otros signos de la edad. Se puede observar, deslizándose gradualmente, cierta perplejidad.

Es peor en primavera: una forma de agotamiento físico, común entre los osos cuando emergen de la hibernación aquí en las tierras salvajes del norte. Uno retoma su hábito de vagar millas, en busca de bayas o, en mi caso, libros viejos. Para junio, tal vez, la primavera puede retornar a los pasos de uno; o, si no, tal vez en julio.

Antes de llegar a viejo, siempre fui joven. Eso era por una razón.

Dejé la escuela y la familia a la edad de dieciséis años, como habían hecho antes que yo mi padre y mi abuelo; ansioso de recorrer el gran mundo redondo. No antes de los dieciséis, sin embargo: es ahí cuando los oficiales que buscan a los que hacen novillos se dan por vencidos con uno.

Como consecuencia, me salté más o menos una década durante la cual mis contemporáneos exactos se estaban sometiendo a una adicional y debilitadora “educación”. Inmediatamente caí con aquellos que eran una década mayores, o más, y llegué a pensar que las personas de mi edad eran insoportablemente jóvenes.

Esta noción persistió, junto con su corolario, de que yo mismo era embarazosamente joven, y que debería esperar mi momento, de acuerdo con eso. Cuando sea mayor, tendré la oportunidad de HACER algo.
El caso es que la mayoría de mis viejos amigos ahora están en la mitad de sus setenta, y más; sus carreras, bastante lejanas; y una proporción de ellos, en realidad, está muerta. ¿Será hora ya de que yo logre algo?

Como dice Shakespeare (o un muy buen imitador suyo) en El peregrino apasionado:

Edad, te desafío. Aléjate, oh dulce Pastor:
Porque mí [ser] piensa que te quedas demasiado tiempo.

Pero algunas cosas nunca cambian. Por ejemplo, hoy encuentro aterradoras a las mujeres jóvenes, con su belleza, poder y crueldad. Sin embargo, siempre lo hice, incluso cuando era menor que ellas. Ni siquiera mis teorías cambian, aunque enmendarlas podría interesarme.

En algún momento mi teoría era que los niños no solo pueden leer mapas, sino también comprender los límites. Uno puede pasarse un poco, pero sabe que lo ha hecho y puede regresar rápidamente. Mientras que, una niña verá a un niño transgredir un límite, pensará “Yo también puedo hacerlo” y seguirá; o ni siquiera notará dónde está el límite. Por cuya razón, en la sociedad tradicional, tratábamos de ocuparnos más de ellas.

Es un signo de edad que pueda escribir eso, y todavía creer que es cierto. Pero vea lo qué pasa cuando uno lo dice en voz alta, digamos, en un campus universitario. Eso ha cambiado mucho.

La vejez misma ha cambiado, según me parece, cuando miro a mi alrededor. Recuerdo a los viejos en atuendo apropiado, afectando algo de dignidad. Ahora veo que un gran número de ellos han renunciado por completo a la dignidad. Se comportan como niños, incluso antes de que su segunda infancia haya “comenzado”.

O más bien, no “ellos”, sino “nosotros”.

Llegué en la última ola del “baby boom”, de modo que otros baby boomers ahora me preceden en el atardecer, y la posibilidad de que nunca hayamos crecido está constantemente ante mí. ¿Será posible hacer algo antes de que los últimos de nosotros nos veamos lanzados como medusas, a las playas?

O debemos continuar comportándonos como si “Este es el primer día del resto de tu vida”, con ese optimismo juvenil que se desgasta tan pobremente.

¿Y qué harán nuestros hijos cuando sean viejos? La evidencia sugiere que serán peores que nosotros. Porque después de todo, les enseñamos la nada que aprendieron. Pero nunca los consideramos realmente nuestro problema, y pronto no lo serán.

Durante décadas probé cada pluma con la misma línea, de los Sonetos: “Cuando cuarenta inviernos sitiarán tu frente y cavarán trincheras profundas en el campo de tu belleza”. . “

Y ahora los cuarenta inviernos han asediado, y todas las otras líneas de verso redundaron en mi contra. Excepto, tal vez, estos versos de Edmund Waller, atrapados y aún no movidos por un resbalón de memoria:

La oscura cabaña del Alma, maltratada y deteriorada,
Deja pasar nueva luz a través de las grietas que el tiempo ha hecho;
Los hombres más sabios se vuelven más fuertes por la debilidad,
A medida que se acercan a su hogar eterno:
Dejando el viejo, ven ambos mundos a la vez,
Que están en el umbral del Nuevo.

 

Sobre el Autor
David Warren
David Warren es un ex editor de la revista Idler y columnista del Ottawa Citizen. Cuenta con una amplia experiencia en el Cercano y el Lejano Oriente. Su blog, Essays in Idleness, ahora se encuentra en: davidwarrenonline.com.

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de The Catholic Thing 

Viernes, 11 de mayo de 2018