Reporte Católico Laico

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“En Siria, entre sufrimientos atroces, la ternura de Dios vencerá”

“En Siria, entre sufrimientos atroces, la ternura de Dios vencerá”

Entrevista con el padre Ibrahim Alsabagh, párroco de la comunidad latina de Alepo

 

Padre Ibrahim Alsabagh, párroco de la comunidad latina de Alepo, ¿cómo describiría el “estado de salud” del país?

En Siria, y por lo tanto también en Alepo, vivimos entre sufrimientos atroces, debido a los constantes atentados contra la vida. Pero entre estos dolores también hay intentos de retomar la vida y defenderla.

¿Cómo se llegó a este punto?

Esta crisis absurda comenzó en 2011 en diferentes partes de Siria. Llegó a Alepo en 2012, y aquí la muerte se “desencadenó”. Primero los diferentes grupos armados saquearon 120 industrias, después arrasaron con todo, bombardearon los canales de agua. La electricidad no existe desde entonces. Bombardearon varias veces la única calle por la que podría llegar comida, que a menudo no se ve durante días. La gente ha sufrido muchísimo, empezando por la falta de agua potable, debido a la que muchos han muerto y muchos siguen viviendo con enfermedades intestinales. Muchos ancianos se quedaron solos, pues sus hijos los abandonaron porque pudieron escapar del país. Sin electricidad, los niños y chicos más afortunados han estudiado durante años por las noches con la luz de las velas. Los servicios sanitarios han perdido calidad y fuerza, muchísimos médicos se han ido, los que se quedaron hacen lo que pueden, pero los límites técnicos de las estructuras y del contexto son evidentes. Las medicinas prácticamente dejaron de existir, y luego volvieron, pero a precios elevadísimos. Primero las pagaba el gobierno, en particular para las patologías graves, pero ahora cada persona se las debe arreglar para comprarlas y muchísimas no tienen dinero suficiente.

¿Cuál es uno de los problemas más graves que debe afrontar la gente de Alepo?

Los misiles que las milicias armadas lanzaban, y siguen lanzando, contra los barrios de la parte oeste de la Ciudad, golpeando casas, hospitales, iglesias. Caen sobre gente inocente que no tiene nada que ver con la guerra. Es más, a menudo los civiles son el blanco para presionar al gobierno sirio. Al final, los que pagan el precio más elevado del conflicto son los pobres.

¿Y usted cómo acabó en ese “infierno”?

Me enviaron en 2014, con el conflicto en pleno curso. No me imaginaba lo que me habría encontrado allí. Mi superior me dijo un día: “Estoy en ansias por Siria, la gente allí necesita ayuda, ¿qué opinas?”. Al decirme que la gente necesitaba ayuda, en realidad no me dejó mucha elección: me hice franciscano para dar mi vida por el prójimo. Cuando entré al convento miraba a los santos Maximiliano Kolbe, Francisco, Antonio de Padua, el Cura de Ars, que me daban inspiración y fuerza para dar mi existencia terrena a quienes sufren. A mí no me interesa reunir títulos de estudio. Y entonces, es normal que el diálogo sobre este tema haya proseguido por un poco de tiempo, y después, cuando me volvió a hacer la misma pregunta, respondí: “Estoy listo”. “¿De verdad estás listo? Hay un enorme peligro de muerte”. “Sí, estoy listo, incluso para morir por esta misión”.

¿Cómo fue el primer impacto?

Al llegar vi kilómetros de destrucción. Recuerdo el olor de muerte a lo largo de las calles que llevaban al convento. Desde el primer momento, cuando llegué a Alepo, descubrí la profundidad del sufrimiento de la gente. Veía la inhumanidad con la que las personas eran privadas de su dignidad; veía el terror por los misiles. Había cursado muchos estudios teológicos, pero no estaba listo para ocuparme de conflictos, sobre todo de estas magnitudes. No sabía qué hacer, por lo que comencé a rezar. Y con la oración comprendí que debía seguir solamente mi corazón. Y entonces comenzó todo.

¿Qué comenzó?

Abrimos de par en par la puerta del convento, casi la quitamos, para que la gente pudiera entrar libremente a desahogarse, a gritar, a pedir o a pretender algo de la Iglesia. Comencé a escuchar personalmente a la gente desde la mañana hasta la noche, hasta tarde, a veces hasta las once o media noche. Así, Dios mismo iluminó mi camino e hizo que comprendiera, mediante el grito de los pobres, qué me pedía que fuera: un signo de esperanza, para poder restituir la dignidad a estas personas, defender la vida en un país en el que reina la muerte.

¿Era suficiente?

No. Comenzamos a crear proyectos de solidaridad concreta. Era imposible decir solamente bellas palabras a las personas hambrientas y sedientas; primero había que dar comida y distribuir el agua. Nos concentramos en la distribución de agua potable del pozo que tenemos en el convento. Lo hacíamos también durante las noches. Nos inventamos métodos para enviársela a familias numerosas con ancianos o recién nacidos que no podían llegar hasta el convento: usábamos furgonetas de diésel. Después un paquete de alimentos, después de haber comprendido lo extendida que estaba la desnutrición: durante meses se engañaba el hambre solamente con un pedazo de pan, y así las personas se debilitaron e incluso murieron. Todos, de todas las edades, se iban a dormir con hambre. Es por eso que comenzamos tomar esta dirección, rezando a la Providencia, pero también arremangándonos las mangas. Llegamos el año pasado a distribuir cada mes 3000 paquetes de alimentos para 3 mil familias de Alepo.

¿Se ha podido hacer algo en el ámbito de la salud?

Ha sido un desafío enorme: la gente se moría incluso por enfermedades leves. No podía ir al doctor, porque quería decir comprar medicinas y hacerse análisis: todo costaba, y no había dinero. Me acuerdo de un caso particular que me dejó una huella: un padre de familia de 60 años tenía un cáncer intestinal, lo salvó un cirujano con una operación muy delicada. Pero el médico dijo: “No te doy ni medicinas ni nada, solo te pido que vengas a hacerte los análisis cada tres meses”. Pero estos análisis cuestan casi 180 dólares. Poco tiempo después, cuando me encontré con este padre de familia estaba muy mal, pero no osaba ir a tocar a la puerta del convento. Lo llevamos casi a fuerza, gracias a sus amigos. Le pregunté por qué no hacía nada para estar mejor, por qué se estaba descuidando con los mismos síntomas del cáncer que había tenido. Él me vio a los ojos y me dijo: “Tengo una hija que está acabando la preparatoria, y casi no tengo dinero. Prefiero morir y usar ese poco dinero que tengo para darle un pedazo de pan cada día a mi hija”. Ahora, en particular para los niños, nos ocupamos de una consulta al mes del médico de familia: todo esto se prevé para 4100 niños, de hasta 15 años. La gente no puede sin ayuda: si queremos verdaderamente promover y defender la vida, entonces debemos comprometernos en estas emergencias. En la actualidad tenemos más de 50 proyectos en Alepo. No sé cómo hemos podido llevar a cabo todas estas iniciativas. Pero sé que lo hacemos trabajando de día y de noche, rezando e invocando a la Providencia, que llega puntual.

¿Todo esto es solo para los fieles cristianos?

No, la caridad de Cristo nos impulsa hacia los que están en riesgo de perder la vida, los que tienen sed y hambre: también los musulmanes están al centro de nuestra atención y de nuestra obra de caridad.

¿Un ejemplo?

Un responsable de una asociación de beneficencia ortodoxa me dijo un día: “Tengo que interrumpir dos de los proyectos, porque ya no tengo dinero. Uno es para la adopción de 400 niños musulmanes de familias de refugiados que escaparon de la periferia de Alepo al centro, que han perdido todo: les dábamos leche y pañales. El otro es para niños musulmanes que tienen deformaciones desde el nacimiento, algunos están reducidos a pedazos de carne, sin ojos, sin cerebro. Ayudábamos a sus padres a cuidarlos”. Yo casi le ordené: “Sigue haciéndolo, nosotros te daremos el dinero cada mes”. En realidad no tenía dinero, pero “Dios no permitirá que estas iniciativas sean interrumpidas”, estaba seguro de ello. Y efectivamente la Providencia del Señor nos ha ayudado por un año entero, 2017, y ahora esperemos que lo vuelva a hacer en este 2018.

¿Tiene algún remordimiento?

Sí, uno: nosotros los Franciscanos no logramos detener la guerra. Nos sentimos impotentes frente a este mal internacional. Luego, de tanto en tanto, me digo a mí mismo: tal vez tenía que hacer más, tenía que ayudar más.

¿Usted logra vivir algún momento de serenidad? ¿No está cansado de vivir “bajo las bombas”? ¿No le gustaría cambiar o irse a un lugar más tranquilo?

He experimentado y afronto constantemente sufrimientos indecibles, pero entre estos dramas también hay algo aún más grande que he experimentado con mis hermanos y con la gente de Alepo, mediante la inmensa presencia de la solidaridad: la verdadera alegría, que llena el corazón y con la que no te abandona la sonrisa. Nunca. Y no lo cambiaría con ninguna otra alegría del mundo.

Domenico Agasso Jr./ Vatican Insider