Reporte Católico Laico

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Mons. Ochoa Cadavid: “En Venezuela hay un drama humano de un gran sufrimiento”

Mons. Ochoa Cadavid: “En Venezuela hay un drama humano de un gran sufrimiento”

Una “tragedia humanitaria”, una “confrontación muy grande”, un “drama humano” ante el cual la Iglesia no puede fallar. Son algunas de las claves que el obispo de Cúcuta, Víctor Manuel Ochoa Cadavid, utiliza para caracterizar la situación actual dolorosa en la vecina Venezuela. País del cual llegan a tierras colombianas cada día hasta 70.000 personas en búsqueda de comida, oportunidades o medicinas: necesidades que la Iglesia en Cúcuta trata de satisfacer como una prioridad.

Estamos en Roma con monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, obispo de Cúcuta, que es una diócesis que está en la frontera.

En la frontera con Venezuela. Compartimos un espacio histórico muy bello, de unión entre Colombia y Venezuela, pues seguimos unidos en esta tragedia humanitaria, que vivimos en presencia del dolor del pueblo venezolano.

¿Es real? A veces, en Europa se dice que hay exageración en cuanto al número venezolanos que están cruzando a Colombia. A su diócesis, en concreto.

Sí, el número de personas que cruza diariamente es muy grande. Entre 45.000 y 70.000 personas.

¿A diario?

Sí. Nosotros, como Iglesia diocesana de Cúcuta, estamos atendiendo esta tragedia desde hace casi dos años. En forma fuerte desde hace un año.

¿Qué hacen por esta gente?

Tenemos varias formas de atención; la primera, acoger a las personas: colombianos que retornan, muchos venezolanos que vienen a buscar provisiones alimenticias y otros que vienen a buscar atención médica y hospitalaria. Es un drama.

Los acogemos y los ayudamos; tenemos una casa de paso que se llama “La Divina Providencia”, allí los acogemos en la mañana, les ofrecemos un pequeño desayuno de café y pan, agua, o ropa usada limpia. Sobre todo para los niños, que vienen de muy lejos.

¿Los que no son colombianos se quedan allí?

La casa de paso, como dice la palabra, es “de paso”. Allí, damos también almuerzos. En este sitio repartimos unos 1.500 a 2.000 almuerzos.

Tenemos otros ocho comedores en la diócesis, que atienden también a venezolanos. Muchos llegan a buscar familiares o amigos compatriotas. En las parroquias les damos alimentos calientes o cena.

Y el centro de migraciones de la diócesis de Cúcuta, “Pedro Rubiano Sáenz”, que tiene ya unos cuarenta años de trabajo, donde podemos acoger a unas 280 personas. Es una atención más o menos constante.

Y humanitaria.

Es totalmente humanitaria. Y caritativa. Es la caridad de la Iglesia, a mí me gusta resaltar siempre eso.

Los recursos, me imagino que vienen de Cáritas y de la propia diócesis.

Tenemos tres fuentes. La primera es nuestra caridad, donantes de la diócesis de Cúcuta; empresas, personas, generosos corazones que nos ayudan. Tenemos una ayuda de Cáritas Internacionalis que no es muy grande, pero nos permite comprar alimentos y distribuirlos. Y también alguna ayuda pequeña de la obra episcopal “Ad veniat”, que nos he permitido comprar alimentos y distribuirlos.

¿Cómo llega esa gente? ¿Cómo la reciben? ¿Llegan en malas condiciones? ¿Se quejan de lo que están viviendo?

Tenemos dificultades. Vemos personas que sufren, hermanos en la fe -porque en gran parte son católicos-. Llegan con grandes pruebas humanas en su salud, en sus requerimientos mínimos. Son personas que buscan un horizonte; uno de los grandes dramas que allí presenciamos es la gran cantidad de venezolanos que parte al exilio, a quedarse en Colombia, o a ir a Ecuador, a Perú, a Chile o a Argentina, buscando un futuro.

Hemos procurado siempre atenderlos, acompañarlos. Hay dramas humanos, personas con enfermedades bastantes grandes como cáncer, diabetes extrema…

Foto: EFE/Schneyder Mendoza

No hay medicinas en Venezuela. Acaba de llegar a España la noticia del caso de un sacerdote, de la diócesis, creo, del cardenal Porras.

Han muerto dos recientemente.

¿Por falta de medicinas?

Sí. A uno de ellos lo ayudamos; necesitaba un trasplante. Los médicos resolvieron darle unas medicinas, preparándolo, pero no llegó. Ha muerto hace dos semanas. También un sacerdote ha muerto de un infarto. Era un hombre joven, y ha muerto por falta de medicinas. Y muchos otros casos; no solo de sacerdotes. Tengo un sacerdote de una diócesis del centro del país que ha tenido que venir para el tratamiento de un aneurisma, y así constantemente.

Quisiera resaltar que no son solo sacerdotes. Ayudamos a todo tipo de gente necesitada. El tema cáncer es espeluznante porque son muchos los casos. La salud pública en Cúcuta está saturada por la falta de espacio.

Como Iglesia, hemos tratado de vivir unidos el obispo de San Cristóbal, monseñor Mario Moronta, y el obispo de Cúcuta. Hemos tratado de trabajar en comunión eclesial para ser más efectivos.

Han hecho varios encuentros, incluso.

Encuentros. Y trabajamos con nuestros equipos, con nuestros grupos. Esto es lo que se conoce y que la prensa transmite, pero hay muchos otros encuentros de trabajo, apoyo y ayuda a lo sacerdotes y a los fieles. Es un drama y, yo creo, que tenemos que cuidarlo como Iglesia. Ayer, precisamente, con el Santo Padre pudimos ver un balance de de todo este trabajo, de lo que se ha podido hacer.

¿Estuvo ayer con el Papa? ¿En visita ad límina, o…?

En visita privada.

¿Y qué le dijo el Papa, con respecto a esto?

El Papa está muy interesado. Nos pide ayudar y acompañar en esta tragedia.

¿Tiene solución el drama humano de Venezuela?

La Iglesia, y yo personalmente, trato de no entrar en el tema político. Pienso que hay un drama humano de un gran sufrimiento de un pueblo digno, con grandes valores cristianos. Un gran drama de jóvenes y niños que sufren. Y yo tengo que procurar responder como obispo. El espacio del comentario político y de la solución de este conflicto, se la debo a los expertos. A mí, como obispo me corresponde ayudar.

¿Hay riesgo de guerra civil?

Hay una confrontación entre ellos muy grande. Y muy difícil. Imágenes como las que vemos en la casa de paso nos hablan de lo que está sucediendo. En este sitio comen 1.600 personas cada día y, para mí, el drama de los niños con hambre es el más grande. El más preocupante. De niños y de ancianos.

Hace unos años nadie podría imaginar que esté pasando algo así en Venezuela. En la Venezuela a la que iban nuestros abuelos de España a buscarse el futuro.

Y a recoger dineros. Mira, yo he tenido que limitar el ingresar a los adultos en muchos momentos, dándolo solo a niños y a madres en embarazo. Es un drama, y ante eso la Iglesia no puede fallar.

Ese es el plato que les dan.

Les damos todos los días guisantes o un grano, papa (que es plátano maduro asado), una salchicha y arroz. Cambia un poco el menú, pero es lo que hacemos siempre.

En otro orden de cosas: ¿La paz se consolida en su país, en Colombia?

Sí, vamos haciendo esfuerzos por la paz; entramos todos en una tónica de trabajo buscándola.

¿Y los incidentes de Ecuador?

Sí, son incidentes graves. Hay disidencias en las FARC y hay situaciones graves en las cuales se respeta la vida y las personas. Muchas de estas situaciones están muy unidas al narcotráfico.

Pero hay otra cara de la paz; creo que han cesado de dispararse 3.800 fusiles. Hay un grupo grande de colombianos que buscan encontrar espacios de verdad, de justicia, de reconciliación y de reparación. La Iglesia quiere ser un actor en primera mano de este diálogo y de este espacio para buscar la paz.

¿El viaje del Papa ayudó a ese diálogo?

Sí, la presencia del Papa, indudablemente, nos llevó a dar el primer paso. Y a un segundo paso en el camino de la paz, para ser artesanos de su construcción.

Un viaje, además, magnífico, con una afluencia extraordinaria.

Superó cualquier expectativa: dejó imágenes como la Bogotá, del parque Simón Bolívar, o como la misa en Medellín. Creo que por sí solas hablan de cómo el Papa movilizó al país. Un país que escuchó al Papa, que abrió su corazón al mensaje del Papa Francisco, a su palabra de reconciliación y de paz.

Y no solamente en las celebraciones, también en la calle. Creo que fue de lo más hermoso, ver una Colombia que se volcó para verlo y acompañarlo porque no había espacio en los sitios de celebración.

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