Reporte Católico Laico

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Hablar y reírse solos

Hablar y reírse solos

RCL les invita a leer a Horacio Biord.-

Mi abuelo materno se llamaba Rosalio de los Reyes Castillo Hernández. Había nacido en San Casimiro, en el sur de Aragua, el 6 de enero de 1878 y murió en Caracas el 16 de abril de 1949. Se dedicó por entero a la agricultura y a la horticultura, a labores de campo y a la cría de ganado y abejas. Era un hombre muy estudioso, hablaba fluidamente el francés y se apasionó por el cultivo del café, oficio heredado de sus mayores, de mis bisabuelos y tatarabuelos, quienes le transmitieron saberes y haceres agrícolas. La debacle de los precios tras la crisis de 1929 y los turbulentos sucesos políticos de mediados de la década de 1940 en Venezuela marcaron con dolor sus últimos años, sus sueños y esfuerzos, la esperanza de cancelar deudas que se acumulaban y vivir con tranquilidad su vejez.

Narciso Toro era uno de sus hombres de confianza. Trabajaba con mi abuelo como arriero. Viajaba por fragosos caminos con su arreo de mulas y caballos a Caracas desde Güiripa, cerca de San Casimiro, al pie de montañas que eran el asiento de las haciendas y lo son aún de los afectos más puros de mi familia materna. Llevaba café en grano, cargas de productos, cartas y encomiendas y mantenía así la comunicación entre parientes y amigos en aquella Venezuela rural que dependía del “éxito de las cosechas”, plegaria que mi abuela incluía invariablemente en el rezo cotidiano del rosario.

Tras un viaje Narciso le comentó a mi abuelo que todos los familiares y amigos estaban bien, pero que regresaba preocupado por la señorita Soledad Palacios Francia, una parienta muy querida de mis abuelos que vivía en Caracas y cuya hermana, Concepción Palacios Francia, estaba casada con Lucas Castillo Arteaga, hermano de mi bisabuelo y tío por tanto de mi abuelo. Narciso le aseguró que la señorita lo había hospedado y atendido con la cortesía y la amabilidad de siempre, pero que notó algo inusitado en su comportamiento. Mi abuelo, al parecer, se preocupó y tras leer las cartas de los parientes le preguntó a mi abuela si en alguna de las cartas que había recibido ella le comentaban algo. Se trataba de un posible caso de demencia.

Según Narciso, después del almuerzo, la señorita Solita se fue a la sala de la casa donde había colocado una caja negra y se puso a hablar sola y a reírse animadamente. El arriero, de inmediato, concluyó que no podía ser otra cosa que una lamentable pérdida de la razón. Le extrañaba, sin embargo, que en su conversación la señorita Solita no se olvidara de las circunstancias, de los parientes, del nombre de los empleados y trabajadores, de los amigos, de los sucesos recientes o remotos ni del entorno y que se comportara de manera normal. Pero el hablar y reírse sola eran indicios de que algo no estaba funcionando como debía, como pensaba Narciso que debía ser.

En realidad, Solita Palacios no estaba demente, sino que había instalado un teléfono en su casa y pasaba amenos ratos conversando con parientes y amigos. Me imagino que Narciso, al saberlo, tras la explicación que le debió haber dado mi abuelo, se tranquilizó y entendió que ninguna insania mental afectaría el natural amable y cortés de aquella parienta de mi familia, a cuya casa, ubicada entre Miracielos y Hospital, cerca de la iglesia de las Siervas del Santísimo, por donde estaba La Rotunda y hoy la plaza La Concordia, llegaban mis abuelos cuando visitaban la capital.

¿A los ojos de cuántas personas pareceremos ahora enajenados mentales quienes vamos por las calles, caminando o conduciendo autos, en amena plática o airadas discusiones a través de los teléfonos móviles? Un mismo país, muchos países, tradiciones que nos atan a unas raíces y nos nutren para pensar las nuevas flores, los próximos frutos que han de asegurar la continuidad de las venezolanidades más profundas.

Escritor, investigador del IVIC y profesor de la UCAB

 

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Publicado en el periódico digital Noticiero 5 (Valencia, estado Carabobo) el martes 07 de agosto, 2018