Reporte Católico Laico

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Homilía de Mons Mario Moronta en la Fiesta del Santo Cristo de La Grita

Homilía de Mons Mario Moronta en la Fiesta del Santo Cristo de La Grita

Una de las acciones más determinantes y humanas de Dios en la historia de la humanidad es la Encarnación de su Hijo, Jesús, el Dios humanado. Se hizo presente en el mundo de tal manera que se identificó con los seres humanos en todo menos en el pecado. Así el Señor se introdujo en el camino de la gente para compartir con ella sus alegrías y tristezas. Ese caminar culminó en Jerusalén con la Cruz liberadora, la cual se abrió posteriormente a la novedad de vida con la resurrección. Hoy, nuevamente acudimos como peregrinos para honrar al Salvador, plasmado en el hermoso ícono del Santo Cristo de la Grita. Lo hacemos desde nuestra pertenencia al pueblo, acompañando sus dolores y angustias, ilusiones y esperanzas.

En esta celebración compartimos el pan de la Palabra y de la Eucaristía. Es alimento para poder seguir en nuestra peregrinación cotidiana. Venimos a encontrarnos de manera especial con el Cristo del Rostro Sereno, quien se hizo presente en nuestra historia. “Por los valles y montes andinos” se metió en nuestra historia y desde aquí se hizo protector de Venezuela. El anuncio de su Evangelio se ha venido dando bajo el reflejo de su rostro sereno y sostenido por sus brazos amorosos. Es, junto con María de la Consolación, el gran ícono que ilumina nuestras vidas y misión evangelizadora.

Antes de enriquecernos con el pan eucarístico, les invito a saborear el también sabroso pan de la Palabra. La Liturgia, hoy como siempre, nos brinda, a través de las lecturas proclamadas, el gustoso alimento que nos sustenta en nuestra vida de encuentro y seguimiento de Jesús.

El Evangelio, recientemente anunciado, habla de un encuentro desafiante. Los apóstoles se hallan en aguas turbulentas y ven llegar a Jesús caminando sobre las aguas. Este les dice que no tengan miedo: “Soy Yo no tengan miedo”. Pedro reta al Señor: “Si eres Tú, haz que camine hacia ti”. Entonces, Jesús le invita a caminar hacia Él; pero al poco de hacerlo comienza a hundirse. Una es la razón: “hombre de poca fe”. Jesús lo toma de la mano y lo incorpora en la barca donde los discípulos hacen lo que Pedro mismo debía haber hecho antes; es decir, una profesión de fe: “Tú eres el Hijo de Dios”.

El drama que vive Pedro es fuerte. Primero no reconoce a Jesús. “Si eres Tú, haz que yo camine hacia ti”. Ante la auto identificación del Señor, “Yo soy no teman”, Pedro duda. No pone en juego su fe sino su prepotencia y creencia de superioridad. Sólo Jesús puede caminar sobre las aguas, pues es Dios y tiene el poder para hacerlo. Pedro quiere ser cono Jesús, hasta cuando descubre su debilidad en el hundimiento que lo puede ahogar. Allí surge el clamor que brota desde el mínimo de fe que aún le queda: “Sálvame Señor”. El hombre de poca fe termina por agarrarse del único que puede salvar y ante quien, con sus compañeros, hay que reconocerle su poder salvífico verdadero: “Tú eres el Hijo de Dios”.

Cristo es la revelación del poder de Dios, Con su vida, acciones y enseñanzas, Jesús revela el plan de Dios. Y como hemos oído del libro de los Hechos de los Apóstoles, la expresión radical de esa revelación está en la Cruz y la Resurrección. La respuesta del creyente, que no debería ser  un hombre de poca fe, es la del testimonio: “Somos testigos”. Esto es, ser una página viva de la Palabra de Dios: tomamos la cruz y seguimos a Jesús en el camino de la vida nueva del Resucitado.

Pero, a la vez, como nos indica Pablo, existen enemigos de la Cruz de Cristo. Son quienes de diversas formas y con variadas tendencias de carácter filosófico, cultural y religioso se oponen o se burlan de ella. La mejor respuestas a dichos enemigos de la Cruz de Cristo es provocar la imitación de Cristo crucificado y resucitado. Dicha imitación requiere una transformación personal que debe desembocar en una actitud permanente: “mantenerse firmes en el Señor”.

Ahora, al contemplar el ícono del Santo Cristo de los Milagros de la Grita, podemos saborear el pan de la Palabra que se nos está brindando. El Santo Cristo de la Grita nos permite, en primer lugar, profesar la fe y decirle “Tú eres el Hijo de Dios”. Como peregrinos comprobamos que los hermanos que llegan a este monte santo y también nosotros mismos reconocemos ser discípulos del Señor. Puede ser que sea débil la fe, pero hay fe. Lo que sí es claro es que Él es el centro de nuestra propia vida cristiana. El Cristo del Rostro Sereno es para cada uno de nosotros una invitación a imitarlo y a dejarnos transformar.

El mismo Señor nos ha pedido seguirlo tomando la propia cruz. Esto requiere ver el significado que ella tiene para nosotros: un poder de salvación con consecuencias claras para la humanidad. No es un mero episodio, lleno de elementos contradictorios e inexplicables. Es el acontecimiento donde se inició la Nueva Creación con la cual pudimos comenzar a ser hijos de Dos Padre y, con ello, también llegar a ser hombres nuevos.

Gustando el pan de la Palabra ante el Santo Cristo de la Grita, hasta quien llegan miles de peregrinos, podemos comprobar la fe de nuestro pueblo. Es una fe clara con la que carga su propia cruz. Dicha fe hoy se manifiesta en la caridad hecha solidaridad, aunque golpeada en su esperanza por la crisis que arrebata sus ilusiones y su calidad de vida. A la vez, sólo esa fe en Cristo le sostiene ante el menosprecio por su dignidad humana.

Hoy también nos conseguimos con enemigos de la Cruz de Cristo. Entre ellos se encuentran quienes siguen cuestionando la validez de la doctrina acerca de la Cruz. Se repiten los mismos argumentos de la época de Pablo: escándalo para algunos, estupidez para otros. Pero, junto a esto, se dan otras situaciones escandalosas contra  la Cruz del Señor. Lamentablemente, muchos de esos enemigos se identifican como católicos. Tienen un denominador común: el desprecio y la desvalorización de la dignidad humana. Efecto de ello es la visión reductiva y opresora del ser humano: el valor de la persona se rebaja y se coloca entre paréntesis, pues lo que importa para ellos son sus intereses particulares.

Entre los enemigos de la Cruz de Cristo hoy podemos señalar los siguientes: Aquellos que, en las diversas responsabilidades públicas o privadas que tienen en la sociedad, imponen cargas inmensamente pesadas sobre los hombros de la gente; los que provocan el hambre de muchos hermanos así como la indefensión en el campo de la salud al no brindarle seguridad y confianza para obtener y mantener una adecuada calidad de vida. Son quienes viven en contradicción con el Evangelio, pues, en vez de servir, buscan ser servidos y prefieren actuar como los que tiranizan a los pueblos y naciones. Junto a ellos están los que desarrollan el comercio de muer6te con el narcotráfico, los violentos que hacen de la delincuencia su estilo de vida. Asimismo, quienes se dedican al contrabando y el “bachaqueo” y el “matraqueo”, la especulación o quienes impiden el desarrollo integral del pueblo. También hallamos quienes se consideran dueños de la vida al promover y defender el aborto y la eutanasia. De igual modo, los que destruyen la unidad y esencialidad de la familia con la ideología de género y la pretensión de imponer el mal denominado “matrimonio igualitario”. Tristemente, hay muchos hombres y mujeres de Iglesia que se convierten en enemigos de la Cruz de Cristo por su indiferencia, mediocridad, omisiones y falta de compromiso, e incluso con el terrible flagelo de la corrupción. En el fondo, todos esos y otros más han caído en la tentación de creerse Dios y pretenden caminar sobre las aguas tormentosas del momento actual en Venezuela.

Sin embargo, la Cruz de Cristo sigue siendo signo de victoria para todos y cada uno de nosotros. Es “motivo de orgullo”,  pues allí se sigue dando la Nueva Creación. Por eso, nos gloriamos en esa Cruz redentora de Jesús. En ella se incluye la humanidad por la que se ofreció la Víctima por excelencia, Cristo el Señor. En los brazos del crucificado podemos ver a tantos hermanos que encuentran apoyo y consolación. No es difícil entenderlo, pues el mismo Señor se despojó de su condición divina para hacerse pobre y enriquecer a todos los seres humanos, en especial a sus predilectos, los más pequeños y pobres de la sociedad. Esto nos recuerda que nuestra fe en Cristo encierra en sí misma la opción preferencial por los pobres y excluidos.

Al contemplar al Santo Cristo, descubrimos en su Cruz los rostros de tantos jóvenes y familias completas que han debido emigrar a otros países; los de la inmensa cantidad de venezolanos que están pasando hambre de verdad, así como de los numerosos ciudadanos que han visto deteriorar su salud por falta de adecuada atención y medicamentos. Allí también miramos a tantos adolescentes y jóvenes que están siendo manipulados por mafias que los están conduciendo a la prostitución, sobre todo fuera del país. Sentimos la presencia de los pobres, excluidos y menospreciados, de os privados de libertad olvidados por la justicia y los organismos respectivos. También encontramos los rostros de padres de familia quienes ven perder a sus hijos a causa de la violencia, así como de los ancianos que terminan su vida en el olvido.

 

Junto a esos rostros llenos de dolor, podemos ver los de quienes, venciendo dificultades e incomprensiones, están dando lo mejor de sí a favor de los hermanos: quienes atienden a los migrantes en la frontera y en otros países hermanos, los que contagian esperanza a través de su solidaridad, quienes han optado por seguir en Venezuela construyendo el Reino de Dios, de justicia, paz y amor. Los que no tienen miedo de avizorar el futuro desde el compromiso con el Cristo liberador.

El Pan de la Palabra nos prepara para compartir el de la Eucaristía y reafirmar el compromiso que nos corresponde realizar por ser discípulos misioneros de Cristo, muerto y resucitado. Después de la consagración proclamaremos que es el sacramento de nuestra fe: ello encierra lo que nos toca hacer bajo la mirada del Señor del Rostro Sereno. En primer lugar, hemos de mantenernos firmes en el señor y hacerlo sentir a los demás mediante nuestro testimonio de vida. Esa firmeza en el Señor nos permitirá a no ser gente de poca fe. Es lo que nos debe distinguir en cualquier circunstancia y particularmente en estos tiempos de crisis. En segundo lugar, nos impulsará también a prestarle a Cristo nuestros propios brazos para sostener a los más débiles y protegerlos. Asimismo, caminar con Cristo sobre las aguas turbulentas de la crisis y así rescatar a los que se hunden por su falta de fe y proteger a quienes están en la seguridad de la barca. Como consecuencia, en tercer lugar mostrar que en medio de la turbulencia del momento, el Señor está allí con nosotros. No podemos prescindir de Cristo si queremos salir de la crisis que golpea al país entero: Él nos da la luz de su Palabra y la fuerza de su Espíritu de amor, mientras nos desafía cuando nos recuerda que todo lo que se le haga a cualquiera de los más pequeños se le hace al mismo Señor.

El Papa Francisco nos invita a ”levantar los ojos al Crucificado” (G.Ex 15). Como peregrinos llenos de fe, es lo que hacemos cada vez que venimos a encontrarnos con el Santo Cristo de la Grita. Que sean ojos de fe para ver y contemplar en Él, ícono de nuestra Iglesia en el Táchira, lo que Él ha hecho por nosotros y lo que nosotros en su nombre hemos de hacer. Amén.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.