Reporte Católico Laico

/

La revolución agoniza o la muerte del revolucionarios

La revolución agoniza o la muerte del revolucionarios

 RCL les invita a leer a Nelson Chitty La Roche.-

“En aquellas épocas, el cielo y la tierra eran tan brillantes como la luz misma y cada uno encerraba dentro de si los principios del ying y del yang, a cuya unión todo debe su existencia. Durante los cinco mil cuatrocientos años que siguieron, en efecto, aparecieron las bestias, los animales y los hombres. De esta forma, quedaron establecidas para siempre las tres fuerzas que rigen los destinos de la naturaleza: el Cielo, la Tierra y el Hombre, que como queda dicho, vio la luz durante la milagrosa época del Ying”. Anónimo chino, Viaje al Oeste.

 

Nuestros muchachos apenas han conocido la revolución chavista como experiencia de vida. No tienen como comparar. Escuchan a los mas viejos referirse al pasado más libre, próspero y seguro, pero, también oyen al esmeril de la glosa oficial que los desmiente.

Chávez llego al poder en los hombros variopintos de los pobres y de los dueños de los medios que se vieron interpretados por un verbo ligero y pendenciero. Sostenido entonces por el lumpen y un componente oligárquico, disfrutó de un sostén que le permitió ganar y gobernar a placer y, llamar revolución bonita a sus ademanes, mas inclinados a hacerse del poder denigrándolo que, a cambiar la orientación del susodicho.

En efecto; una revolución que pretende edificar una república es, primero que nada, un severo cuestionamiento al orden establecido, a sus instituciones, a la normativa, pero especialmente, a su moral y así lo recordaba Madame de Stael, desde su celebérrimo rincón de café y conspiración, “Si el poder de la moral no es, por así decirlo, el poder constituyente de una república, entonces la república no existe”.

 

Una revolución es en verdad, una empresa con un objetivo ético desde el cual se pretende transformar la sociedad y sus actores. La economía, la estructura social y su ingeniería, la cultura, cambiaran en una revolución y sin ese cambio, no se lograría realmente el propósito perseguido, pero, es en el ser humano donde realmente se cuajará el ejercicio revolucionario o fracasará el intento. De allí, Saint Simon, “Solo se destruye lo que se sustituye.”

El revolucionario venezolano no se fraguó en Hugo Chávez y muchísimo menos en sus epígonos y otros espalderos. Al contrario; se representó el caudillo de siempre, hosco a ratos, histriónico sin embargo y falaz en su imagen de benefactor de la patria. La historia aun esta pendiente en Venezuela de ese salto que en su esencia es ético fundamentalmente. ¡Cabe una cita de Cipriano Castro que adornó un discurso desde la presidencia del cabito, para lucir, caramba! hegeliano “¡El aniquilamiento del fiero caudillaje es el mejor presente que pueda ofrecerle patriota alguno a su país, sujeto al pasado yugo de su maldecida dominación! Con esta ejecutoria es que quiero presentarme ante el tribunal de la Historia y esperar con ánimo tranquilo el fallo de la justicia.”

La revolución es un proceso de cambio y transformación dijimos que, parte de una inconformidad espiritual con el cosmos societario. No es un musculoso gesto para ocupar un espacio de dirección donde otros ahora están. Es mucho mas que eso. Es llegar a la cumbre del mando para hacerlo distinto, para sincronizar con una aspiración trascendente de los que necesitan replantearse la existencia propia y la compartida. Por eso, el revolucionario se inmolaría de ser menester. Es un agente histórico. Es un autor moral. Es un apóstol o debería serlo.

Un revolucionario entonces se debe al proyecto. Jesús no vaciló nunca. Gandhi tampoco. Luther conocía los peligros y no titubeo. Ni el poder, ni las prebendas, canonjías, lisonjas los apartaban de su cometido. Mandela no cedió y si bien, los señalados se distinguieron de los bolcheviques, o de aquellos de la larga marcha, fuerza es admitir que estos, temerariamente apasionados, lanzaron sus vidas en la procura, aunque, en el camino, estrellaron sus almas al sacrificar incluso la virtud, la tolerancia, el respeto a la dignidad humana.

Pero, insistimos en que la revolución dependerá de sus actores, de sus personalidades, de sus desempeños. La cosmología revolucionaria transita entre las mas laudables conductas y las peores reacciones. Es un perro que siempre querrá morderse la cola. Sieyès, Robespierre, Saint Just, Mirabeau, Danton tenían rostros distintos pero coincidentes en el objetivo y, no obstante, cambiando el mundo, desnudaron sus falencias, debilidades, extravíos y pasaron del amor al odio sin dejarse de animar por el cinismo.

Por eso la revolución exige un momento de sobriedad. El genio de la lampara revolucionaria una vez afuera de ella, se fascina de si mismo, obnubila a los mortales, se pretende titan caprichoso y sensual prestándose incluso para felonías y desmanes. ¿Cómo regresarlo a la lampara? Napoleón lo intento destacando que la propiedad y la igualdad se habían adquirido, pero, en el viaje de las fantasías del ocupante revolucionario, también asiste el bajo psiquismo, el lado obscuro, el demonio de los complejos, resentimientos y amarguras. Y a menudo penosamente prevalece.

Y así se atrasa, se desvía, se confunde la revolución y falta de ilusión se va quedando, se detiene, y expira. Se trastocan los sueños por las realidades, las ambiciones, las vanidades, los impulsos y el pragmatismo insurge para acreditar de veracidad y pertinencia la mentira del éxito que no es sino fracaso y la sequía de la emoción humanista que otrora rego los espíritus ahora los muestra cual paisaje yermo.

Hablar hoy de revolución cubana es un insulto a los que enunciaban con emotivos caracteres el elenco de bondades que se aseguraba se obtendrían en esa epopeya. Poco se obtuvo a cambio de asfixiar al hombre y privarlo de su libertad, de su discernimiento, de su responsabilidad erigiendo en los protagonistas, tratantes de esclavos, déspotas, sátrapas, asesinos seriales, zafios y ello acontece mucho después de lo que en verdad ocurrió y es que el revolucionario muere al cambiar su utopía por su venalidad.

En Venezuela, la revolución agoniza y el revolucionario murió. Queda aún erecta la pseudo republica chavista, maloliente, putrefacta, victima de una suerte de autoinmune septicemia, sostenida por uniformados dignos de representar en the walking dead la próxima temporada.

Entretanto, tomo de Laureano Márquez una cita digna de él y de su brillante y siempre convincente prosa, se remonta a 1799 y al sacerdote jesuita peruano, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, quien, y así nos no enseña Laureano, en carta dirigida a los españoles americanos, acuña, “No hay ya pretexto para excusar nuestra apatía si sufrimos mas largo tiempo las vejaciones; si nos destruyen, se dirá con razón que nuestra cobardía las merece. Nuestros descendientes nos llenarán de imprecaciones amargas, cuando mordiendo el freno de la esclavitud que habrán heredado, se acordaren del momento en que para ser libres no era menester sino quererlo.”

Ahora mas que nunca hay que hacerla, y será una autentica y genuina revolución por la libertad.

Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@hotmail.com, @nchittylaroche