Reporte Católico Laico

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A la mesa con Dios

A la mesa con Dios

RCL les invita a leer a Beatríz Briceño Picón.-

Invito a los Obispos, sacerdotes y laicos,

reunidos en la Asamblea de la Conferencia Episcopal y a

las familias católicas de Venezuela

 

Es posible, realmente, estar a la mesa con Dios porque Jesús estuvo entre nosotros hace más de dos mil años y permanece como miembro de una familia, recreando de continuo nuestra existencia. Hoy solo comparto, con mis lectores, el anuncio del libro de Antonio Schlatter que lleva como título el de este artículo. Una joya que iremos descubriendo, paso a paso, porque da luz extraordinaria a una antropología llamada a gritar en estos tiempos de hambre o despilfarro, de injusticia y desmemoria. Tiempo en el cual la familia católica recibe los golpes despiadados de una cultura en la que hemos dejado perder el sentido común.

“Desde que Cristo se alimentó y se hizo alimento, cabe decir que el ser humano ya no come igual. Hay un modo de comer propio del hombre antes y después de la venida de Cristo a la Tierra, como hay un modo de vivir en general (de pensar, de vestir, de reír…) que es distinto antes o después de la llegada del Mesías.”  Así habla Schlatter en el prólogo de esa joya, escrita hace unos cuantos meses, que me ha dado luz en este inicio del año 2019, y que compartiremos más adelante.

Pero antes de sentarnos a la mesa con Dios, es oportuno insistir, de un modo más claro, en la urgencia de que, en nuestro país, las familias que de verdad creemos en Cristo, nos unamos para favorecer una nueva evangelización de la Navidad y de todos los tiempos fuertes de la Liturgia.   Muchos padres de familia no pueden seguir manteniendo una relación falsa de sus hijos con Jesús. Jesús es el auténtico regalo de la Navidad, no quien trae regalos a los niños. Jesús nos constituye en hijos de Dios y hermanos suyos.  Esa deformación, de países como Venezuela, hace un daño profundo a nuestra fe. Y esto no es una simpleza, sino algo que está en el fundamento de nuestras relaciones con Dios. El Niño que nace no es un proveedor de nuestra fantasía, no viene a colmar nuestros sueños pueriles o a traer unas horas de alegría al hogar. El Niño que nace es Dios mismo que ha querido dar un nuevo sentido a la historia y nos ha mostrado el camino de la alegría y de la felicidad trascendente. Desde el nacimiento y luego la muerte de Jesús, recobramos nuestra filiación divina y hemos sido invitados a la mesa con Dios.

Llevo años intentando transmitir esta inquietud, compartida con otros muchísimos católicos del mundo entero, entre los que surgen iniciativas, comentarios, reclamos, sugerencias de personas que se admiran de las incoherencias que vivimos en tiempos de Navidad o de Pascua de Resurrección, tantísimos de nosotros.  ¿Qué nos ocurre? No puedo dar una única respuesta. Quizá es que somos light o superficiales, o que pensamos poco, o vaya usted a saber… Se me ocurren muchas respuestas, pero mejor es que cada católico vea lo que le detiene para no afanarse por la Verdad, la Belleza o el Amor…Para vender su progenitura por algo banal o sin ningún sentido.

Me temo que la clave puede estar en el sentimentalismo o la ignorancia. Pero considero que en tiempos en los que las creencias se mueven entre un materialismo inmanente y un espiritualismo vacío, el católico debe enseñar a los niños a relacionarse con Cristo desde el mismo seno de su madre, durante toda su infancia y hasta la juventud de un modo coherente y verdadero. Y los padres deben lograr la madurez oportuna para presentar la fe, desde el gran milagro de la Encarnación hasta la Resurrección, con realismo y sin trampas de ningún tipo. Así la alegría será capaz de mantenerse en el tiempo y dar la fuerza y el valor para construir un mundo verdaderamente humano, auténticamente cristiano, donde podamos estar muchos a la mesa con Dios.

Beatriz Briceño Picón

Periodista UCV-CNP

Fundación Mario Briceño Iragorry

iragorry@cantv.net