Reporte Católico Laico

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El futuro de la esperanza o la esperanza del futuro

El futuro de la esperanza o la esperanza del futuro

RCL les invita a leer a Bernardo Moncada Cárdenas.-

“En conclusión: si la humanidad alberga la más mínima esperanza de tener un futuro digno, esta pasa por el despertar de un sentido universal de la responsabilidad, la clase de responsabilidad cuyas raíces son mucho más profundas que las de un mundo de intereses frívolos y efímeros. Como pueden ver, yo también he anclado mi esperanza a algo concreto e innegable, a las indiscutiblemente universales raíces de la consciencia que la humanidad tiene de sí misma. Desconozco si el mundo tomara o no el camino que la realidad ofrece. Pero no perderé la esperanza.” Vaclav Havel, «El futuro de la esperanza». Hiroshima, 5 de diciembre de 1995

Aunque todo parece igual, hemos entrado en otro año y hemos celebrado –por así decirlo-dejar atrás el Año Viejo. Si por un instante de filosofía escéptica suspendiésemos el Síndrome del Año Nuevo, pudiéramos mirar con cierto desdén la alegría de nuestros congéneres, desde quienes esperaron bajo el gigantesco reloj de Times Square en Nueva York, hasta quienes quemaron sus años viejos y siguieron al Toro Candela y la Burra Chuta, en los pueblos de Mérida, quienes aprovechamos la ocasión para reunir a la familia y, en un gesto de manifiesto y mutuo afecto, desearnos un feliz año. Apartando el cambio de las cifras en calendarios y relojes, nada es automáticamente distinto. Es más, según los pronósticos de los economistas, si algo cambiará será el ritmo de la inflación que puede acelerarse.

Pero este escrito que inaugura el ciclo de 2019 no viene a aguar fiesta alguna, ni a secundar escepticismos. Viene a reflexionar sobre la esperanza y en cierto modo a justificarla como estado de ánimo por demás útil para la historia. Testimonia Havel, en su discurso de la herida Hiroshima: “En muchas ocasiones en mi vida, y no solo cuando he estado en prisión, me he encontrado a mí mismo en una situación en la que todo parecía conspirar contra mí, en la que nada de lo que había deseado o por lo que había trabajado parecía que pudiese ocurrir… Cada vez, al final me daba cuenta de que la esperanza, en el más profundo sentido de la palabra, no viene de fuera; la esperanza no es algo que se encuentra en señales externas simplemente cuando algo puede que salga bien. Me di cuenta, una y otra vez, de que la esperanza es, ante todo, un estado de ánimo, y que como tal, o la tenemos o no, independientemente de las circunstancias a nuestro alrededor. La esperanza es, sencillamente, un fenómeno existencial que no tiene nada que ver con predecir el futuro.”

Nada que ver con videntes, adivinadores ni proyectos políticos. Es un estado de ánimo, una condición moral que se basa en la fuerza interior de quien confía en la libertad y el anhelo de bien que yacen dentro de la mayor parte de la raza humana: “las indiscutiblemente universales raíces de la consciencia que la humanidad tiene de sí misma”. La libertad, porque por más que ciertas interpretaciones pseudo-científicas quieran hacer ver que la conducta del hombre se rige por leyes tan esquemáticamente fijas como la Ley de Gravedad, todos somos capaces de una jugada totalmente inesperada, un radical cambio de trayectoria y visión, y “cada cabeza es un mundo”; y el anhelo de bien se vive en primera persona, más real aún que el mundo objetivo ante nuestros sentidos. Nada que ver con endulzar o negar el futuro, sino con la actitud que nos permite mover el presente, “el camino que la realidad ofrece”.

Un nuevo año no significa que las cosas cambien automáticamente, pero su llegada es momento propicio para reivindicar ese sentido de impulsor interno, alimentado por la certeza en la buena condición humana y el sentido trascendental y global del universo, que tiene la esperanza. No es ilusión, auto-engaño ni tonto optimismo. De hecho, el fracaso, los obstáculos y, en última instancia, la certeza de nuestro eventual tránsito fuera de esta vida, se erxperimentan en el horizonte de la esperanza como desafíos por los cuales vale la pena vivir y luchar. Como dice Ovidio Pérez Morales, vivir no “a pesar de”, sino “precisamente por”, vivimos en esperanza porque ningún ser humano escapa a la sensación de trascendencia que impregna la verdadera responsabilidad, el compromiso con la familia, el trabajo, la comunidad.

Que esta consciencia acompañe la cotidianidad en 2019. Independientemente de lo que ocurra, bien sea que permanezcamos luchando en este suelo o que nos veamos obligados a buscar otros derroteros, reconozcamos el poder de la esperanza y decidamos, porque es decisión de cada quien, que ella alimente nuestros actos.