Reporte Católico Laico

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Venezuela, el 2019 del “inmaduro” Maduro más aislado que nunca

Venezuela, el 2019 del “inmaduro” Maduro más aislado que nunca

El presidente venezolano ha iniciado el nuevo mandato entre fuertes rupturas internas e internacionales. También la Iglesia reclama un cambio urgente, negociado y pacífico.

El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha asumido el nuevo mandato presidencial que lo mantendrá en el poder hasta el 2025, al menos en teoría. Lo ha hecho el día después de la declaración de 13 países latinoamericanos que no reconocerán su gobierno, con la única excepción del México de Manuel López Obrador, que no ha firmado la declaración de repulsa de sus homólogos, no en señal de apoyo al gobernante venezolano sino como obsequio a una neutralidad que no es propensa a una ruptura de las relaciones diplomáticas.

El mismo día en que Maduro juraba su cargo ante el Tribunal Supremo de Justicia y no ante el Parlamento, como marca la Constitución, todos los obispos de Venezuela se reunieron en una Asamblea plenaria, la número 111 desde que fuera convocada por primera vez en el lejano 1974. Que las dos ceremonias, la laica y la eclesiástica, estuvieran estrechamente relacionadas no había duda. Y así fue.

Ya el día anterior a la sesión eclesial, en una nota publicada en el sitio de la Conferencia episcopal, los obispos recordaron la visita ad limina realizada al Vaticano en el mes de septiembre de 2018 y el encuentro colegial con el Papa. De aquel momento citaban significativamente las palabras de reconocimiento pronunciadas por Francisco sobre el carácter popular de su representación: “Se que estáis cerca de vuestro pueblo y os pido que no os canséis nunca de esa cercanía. Gracias por la resistencia”.

El inicio “formal”, por decirlo de alguna manera, de la resistencia de la Iglesia venezolana al régimen comienza en octubre de 2007, con Hugo Chávez como presidente, cuando el episcopado calificó por primera vez como “moralmente inaceptable” –prestar atención a la expresión, que vuelve a repetirse ahora exactamente igual– la propuesta de reforma constitucional del gobierno bolivariano que configuraba un “estado socialista”. Diez años después, en enero de 2017, los mismos obispos reunidos en asamblea identificaron “la causa fundamental” de la crisis en la que había precipitado el país “en la voluntad del gobierno de imponer el sistema totalitario llamado socialismo del siglo XXI”. Un modelo socialista que el 5 de mayo del mismo año apostrofaron como “militarista, policial, violento y represor”.

Más cerca aún, a inicios de 2018, los obispos condenaron la suspensión del referéndum que debía revocar (o no) el mandato de Maduro y la simultanea creación de una Asamblea nacional constituyente definida como “una usurpación del pueblo en su poder original”, por tanto “inconstitucional e ilegítimo en su origen y en su desarrollo”. Respecto a las elecciones de mayo que fueron ganadas por Maduro, denunciaron “la ilegitimidad, la improvisación y los graves vicios de forma”, viendo en la “alta tensión” registrada “un mensaje silencioso” de rechazo del sistema vigente.

El mes de julio del mismo año, los obispos escribieron que el país estaba viviendo “un régimen de hecho, sin respeto de las garantías previstas por la Constitución y de los más altos principios de la dignidad del pueblo”. Y llegamos a los días actuales.

En la asamblea episcopal que se cerró prácticamente a la vez que se produjo la asunción de Maduro, el presidente José Luis Azuaje Ayala, arzobispo de Maracaibo, trazó un balance dramático de 2018 con una inflación que galopa sin frenos, salarios pulverizados, servicios públicos que funcionan mal, muertes violentas que aumentaron a niveles récord y el 80% de los productos básicos que escasean o han desaparecido del mercado. La producción del petróleo cayó a los niveles más bajos de los últimos años y tres millones de venezolanos se han visto obligados a emigrar para mendigar un futuro fuera de su país de origen.

Sobre la cuestión de la legitimidad o ilegitimidad del nuevo sexenio de Maduro, las palabras del presidente de los obispos han distinguido con precisión entre la legitimidad constitucional –“sobre la cual, la historia cuando llegue el momento dará su veredicto”– y la “ilegitimidad moral” como a partir de ahora podrá ser definido el nuevo periodo. La amplia y detallada introducción del trabajo del presidente fue debatida y dio lugar a una exhortación final a la gente, que resume la opinión de la Iglesia de Venezuela. En un punto del texto se vuelve a hablar de “dignidad humana violada”, de “bien común desatendido”, de “verdad manipulada”, de “ilegitimidad en origen” del gobierno de Maduro por el hecho de que la convocatoria electoral del 20 de mayo sobre la que se funda el mandato fue ilegítima, “así como la misma Asamblea Nacional Constituyente impuesta por el poder ejecutivo”.

El documento final de los obispos de Venezuela cita inesperadamente el pasaje de una homilía de 1979 de monseñor Romero, proclamado Santo por el Papa Francisco el 18 de octubre de 2018, donde el obispo mártir explica el origen del conflicto en la ilegitimidad de un sistema político: “Si hay un conflicto entre el gobierno y la Iglesia, no es porque la Iglesia es un adversario, sino porque el conflicto está ya establecido entre el gobierno y el pueblo, y la Iglesia defiende el pueblo”.

La toma de posesión de Maduro y el summit concomitante de los obispos venezolanos han estado acompañadas por una declaración de 20 ex presidentes que han criticado al Papa y su actitud

persistente a favor del diálogo. El texto de los ex presidentes incitó a los comentaristas a marcar la distancia entre los obispos venezolanos y Francisco, este último, en su opinión, demasiado benevolente y propenso a la negociación mientras que los primeros renuncian a recurrir a la negociación como solución a un conflicto. Es un comentario apresurado que no tiene en cuenta el texto final del trabajo de la Conferencia Episcopal Venezolana, que aún no se ha completado.

En la exhortación final de poco más de dos páginas dividida en nueve puntos, los obispos de Venezuela citan tres veces al actual Papa y todas ellas para contradecir las oposiciones a sus puntos de vista. “Como dijo el Papa Francisco, es necesario buscar juntos caminos de ‘concordia’ y entendimiento, de unión del pueblo venezolano, de respuestas a los múltiples problemas y de defensa de los derechos humanos que nos permitirán superar la crisis y servir a los más pobres”. Para terminar con un agradecimiento explícito por la “constante cercanía y preocupación” del Papa hacia Venezuela y una cita extraída del Mensaje del 7 de enero al cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede: “Deseo para la querida Venezuela que se encuentren formas institucionales y pacíficas para resolver la crisis política, social y económica, formas que ayuden especialmente a los afectados por las tensiones de estos años y ofrezcan al pueblo venezolano un horizonte de esperanza y paz”.

Palabras que hacen pensar más en una diferenciación de papeles entre el Papa y los obispos de Venezuela, declinada en diferentes momentos en los veinte años de Chávez-Maduro, que en una distancia de puntos de vista. Mientras tanto, se acerca otra cita en la que hablaremos sobre Venezuela, el encuentro con el Papa en Panamá en la reunión ya programada con los obispos de América Central el jueves 24 de enero.

ALVER METALLI
CARACAS