Reporte Católico Laico

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Etiopía: la misión de un comboniano entre historia y leyenda

Etiopía: la misión de un comboniano entre historia y leyenda

El sacerdote español Juan González Núñez, escritor y antropólogo, permanece, a sus 75 años, al lado del pueblo que se le encomendó hace alrededor de 40 años y que ahora llora por las víctimas del desastre aéreo.

Cuando fue ordenado en Valencia, en 1968, el padre Juan González soñaba con salvar almas en África, pero tuvo que esperar siete años, puesto que la congregación comboniana lo puso a formar a los jóvenes seminaristas, «hablando de una misión que había visto solo con la imaginación». Después llegó la llamada desde Etiopía y desde entonces nunca ha abandonado el país. Ahora llora con la población a las víctimas del desastre aéreo del domingo pasado: 157 personas perdieron la vida en el accidente del Boeing de la Ethiopian Airlines. Había ocho italianos, algunos eran misioneros como él o chicos que desempeñaban una labor de voluntariado con compromiso.

El padre Juan conoce el entusiasmo de estos jóvenes que ofrecen sus servicios en esta parte del Cuerno de África: es el mismo que sintió él cuando comenzó su misión, a pesar de las dificultades dictadas por la lengua y por la cultura. «Los mismos problemas –cuenta– hacen que el país sea único y arrollador. Me sentía como un antropólogo que descubre una ciudad encantada, sepultada bajo toneladas de tierra».

El primer encuentro con la realidad local se complicó con la revolución marxista que trataba de arrancar cualquier referencia religiosa. Fue enviado a Dila, en el sur, en donde conoció al pueblo Sidamo que no comprendía el arameo (la lengua nacional que había aprendido el sacerdote) y tenía diferentes rituales y esquemas religiosos. De repente se derrumbaron todas sus certezas teológicas. «Crees que tienes un mensaje importante que viene de Dios, pero te sientes impotente. Crees que Dios debería facilitar las cosas, porque tú estás ahí para defender la causa de los nativos, pero Dios no parece tener la prisa que tienes tú. Te cuesta comprender su plan. Lloras como un pobre loco, pero si llegas al fondo, vuelves a salir a la superficie y llegas a decir: “Deseo madurar y envejecer bajo el sol de Dila, como la papaya”».

Después de cuatro años, cuando pensaba que se habría quedado allí durante mucho tiempo, fue enviado a Adis Abeba, para abrir un seminario y afrontar una nueva tradición. Allí estuvo seis años, de 1982 a 1988. En medio de la gran carestía de 1984-1985, tan difícil de olvidar. «Nunca había visto tanto sufrimiento. Ancianos, niños, madres, hombres solos que vagaban exhaustos. Y tú tenías que decidir arbitrariamente a quién salvar y a quién abandonar a su destino».

En esos días terribles, el padre Juan escribió un diario que fue publicado años más tarde: el libro “Etiopía, 38 días en el corazón del hambre” fue un éxito editorial y permitió que muchos abrieran los ojos sobre la tragedia. Volvió a España y comenzó a dirigir la revista Mundo Negro. Pasó de 1993 y 1997 un periodo en Roma como asistente general del Instituto. Pero no dejó de escribir. En otro texto describe la historia de Etiopía a partir de los rostros que conoció: “Etiopía, hombres, lugares y mitos”. La quinta edición del volumen cambiaría de título: “Etiopía, entre la historia y la leyenda”.

En 2004, como deseaba tanto, pudo volver. Puso en marcha una misión de vanguardia con una de las tribus más marginadas: los Gumuz, que viven en la frontera con Sudán y son despreciados por el resto de los etíopes debido al color tan oscuro de su piel. Era el contexto que soñaba. Una Sabana árida, quemada por un sol que no da tregua, en donde la gente vive como vivían sus antepasados. Le parecía un sueño ese viaje en el tiempo, volver a 200 años antes. Así pudo encontrar el tejido ideal para construir un sólido trabajo social: educación, promoción humana, salud. En pocas palabras: «una tierra fértil para sembrar el Evangelio».

Esta experiencia fue narrada en dos volúmenes: “Al Norte de Nilo Azul”y “Pequeñas exploraciones”. Per hace cinco años se le pidió otro sacrificio, un nuevo cambio: profesor de teología en un Seminario y, nuevamente, formador de jóvenes. «Creía que había dejado el corazón allá, pero con el tiempo he aprendido que el corazón debe seguirte para amar a las personas que la vida, la obediencia o la Providencia (o las tres juntas) te ponen enfrente», afirma. Ya no era la Adis Abeba que había conocido, sino una ciudad, como siempre fascinante, que ahora crece a un ritmo vertiginoso.

A los 75 años escribe otro libro, un canto apasionado: “Adis Abeba”. A nivel político, hay muchas esperanzas en el nuevo gobierno, aunque haya algunos protagonistas que «tratan de crear confusión, sirviéndose de las tensiones étnicas que siempre han existido. En el telón de fondo se mueve el movimiento por la independencia de Oromo. Este será el centro de las tensiones».

Ante este nuevo escenario, todas las religiones, a nivel institucional, han tenido que activarse para intermediar, con el reconocimiento del Estado, en los lugares del conflicto. «Esto no quita que sean ellas mismas causa de conflicto. Ha habido muchos enfrentamientos en la región del Somali y en la ciudad de Gimma entre cristianos y musulmanes, aunque, a menudo, el elemento religioso se superpone al elemento étnico».

En Etiopía la Iglesia católica siempre ha tenido problemas con la Iglesia ortodoxa. Actualmente las relaciones son cordiales «porque los católicos, numéricamente, son insignificantes». Resisten algunos sectores que siguen invocando el Concilio de Calcedonia y la agresión de los jesuitas. «Pero los ortodoxos están más preocupados por el éxodo hacia las nuevas denominaciones pentecostales». Etiopía, con todas sus contradicciones, también los atrae.

LUCIANO ZANARDINI
ADIS ABEBA/VaticanInsider.es