Reporte Católico Laico

/

“Donde abundó la maldad, sobreabundó la Gracia”

“Donde abundó la maldad, sobreabundó la Gracia”

RCL les invita a leer a Bernardo Moncada Cárdenas.-

A Monseñor Luis Enrique Kike Rojas; al diputado William Dávila Barrios, dos buenos amigos…

La cuaresma de 2019 se ha visto imprevistamente sellada por el brutal colapso del servicio de provisión de flujo eléctrico, agravado, en vastas áreas de Venezuela, por falta de agua potable en los hogares. La primera crisis, a fines del mes de febrero, dejó sin energía a la totalidad del país por más de cien horas. Casi toda maquinaria se detuvo, las comunicaciones quedaron cortadas, y las noches a oscuras fueron de pesada incertidumbre y dificultades para la vida doméstica. Las ciudades de clima caliente sufrieron especialmente. En la abrasadora capital zuliana la reacción popular, agitada por turbios intereses, arrasó con el comercio, las calles marabinas quedaron alfombradas por los restos de innumerables saqueos.  Los apagones, las justificadas protestas y las arremetidas represivas han seguido sucediendo.

Esta espeluznante descripción no es exagerada. Ahora bien, al menos en nuestra serrana Mérida, la manera de vivir los desafíos de esta atroz circunstancia dio lugar también a respuestas dignas de reseñar. Como escribe San Pablo, donde abunda el mal, sobreabunda la Gracia (Romanos 5:20). A estas respuestas, experimentadas en primera persona, parece oportuno hacer referencia.

Las penurias no solamente han sido motivo de lamentaciones e imprecaciones. En medio de la rabia y el temor, hemos visto surgir la preocupación por los más débiles para atenderles y ayudarles; el condominio donde quien escribe reside reaccionó poniendo en común facilidades que tenían algunos, y ello promovió el contacto de los vecinos para organizarse y hacer más llevadera la emergencia. Se hizo acopio de provisiones perecederas que sin refrigeración corrían el riesgo de perderse y, en una muestra de solidaridad, el vecindario se unió en una jornada de cocina al aire libre, casi festiva por la alegría de compartir y departir gratuitamente como nunca había sucedido. Hubo otros momentos de cocina colectiva, pues el condominio, con habilidad y voluntad de servir, había resuelto previamente la provisión de gas doméstico. Así se economizó recursos y energía, ante la incertidumbre sobre la duración de la contingencia. El resultado fue minimizar el impacto que podía haber sumido la colectividad en fatal postración.

Otra respuesta  ha sido el despliegue de fervor religioso que vino en ayuda del sacudido espíritu de los merideños. Oración y participación en las liturgias se han visto aumentadas en estas horas de dificultad. Mención especial merece la anécdota de Monseñor Luis Enrique Rojas, quien, sintiendo la angustia de sus vecinos en la Avenida Cardenal Quintero (zona turbulenta y golpeada por represión), decidió rezar el rosario a viva voz desde su ventana  y –sin proponérselo- incorporó todos los apartamentos, cada uno con su respectiva vela. Las letanías fueron respondidas con indignados toques de cacerolas, y la actitud derrotista y amarga cambió a combativa, esperanzada y serena. También, la tenacidad de la Conferencia Episcopal Venezolana, ante la tragedia vivida sobre todo en centros de salud sin electricidad, va logrando el acceso para la ayuda humanitaria cada vez más urgente.

Mérida, con un gobierno democrático preocupado por sus ciudadanos, tiene la ventaja de haber ido dotando los principales centros hospitalarios, con la dificultad que significa la renuencia del gobierno central a entregar el situado presupuestario. Por esto se disminuyó el daño que hubieran podido sufrir muchos pacientes.

No cabe duda, además, de la nobleza de los obreros que, a pesar de la falta de materiales y herramientas para enfrentar el abandono de las redes eléctricas, trabajan duramente acortando y disminuyendo, en lo posible, la privación a que están expuestos sus connacionales.

En octubre de 2015, escribía: “En cruzada de sanidad psicológica (aunque soy, como muchos saben, arquitecto y no psicólogo), cuando surge el tema de la tensión nerviosa o stress que se ya se hace morbosa condición de vida en la clase media, arriesgo el parecer de que esa angustia en gran parte nace de aparentar vivir en tiempo de normalidad defectuosa, cuando en realidad vivimos un tiempo de guerra.” Esto es cada vez más obvio en Venezuela, asolada por el colapso de los más básicos servicios públicos, una economía minada por  la rapacidad y orientada por el belicoso extremismo ideológico, testigo de la mayor emigración vista en América Latina. En la verdadera guerra entablada contra la nación, que es psicológica y es un combate sin cuartel contra civiles desarmados y desprevenidos, la respuesta emeritense a la emergencia ha sido en muchos casos ejemplar.

Frente a tan fuerte desafío, no basta con organizarse para sobrevivir; es necesario recargar nuestra moral y no dejar de trabajar, educar, producir, manteniendo fe y solidaridad para no caer en el abatimiento ni perder nuestra humanidad. En Mérida no nos dejaremos derrotar.