Reporte Católico Laico

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Amores y amoríos de Bolívar y Sucre

Amores y amoríos de Bolívar y Sucre

RCL les invita a leer a Raúl Sanz Machado.-

A los 190 años del  asesinato, del Mariscal Antonio José de Sucre y Alcalá  a quien Simón Bolívar le expresó en su última carta, (que no llegó a leerla) 9 días antes de su trágico asesinato en Berruecos, el 4 de junio de 1830: 


              «Yo me olvidaré de usted, 
      cuando los amantes de la  gloria 
    se olviden de Pichincha y Ayacucho»
                                       SB
 
Sucre, como Bolívar, no eran ajenos al ajetreo sentimental. Enamoradizos y «cucarachones», como ellos solos,  rivalizaban entre sí, en profusos líos de faldas, de lo cual dejaron testimonios en Quito, Perú, Caracas y Bolivia. Sucre procreó varios hijos a los que  reconoció, mientras Bolívar dejó la duda de su paternidad, tal como se lo confesó a su amigo Luis Perú Delacroix, en Bucaramanga, en 1828. Comentando su vida familiar, dicíale que:
  «…ya el número de sus sobrinos era considerable, así como los hijos de estos; que sólo él no había tenido descendencia  porque su esposa murió a los pocos meses de su boda y él no había vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo porque tiene pruebas de lo contrario«. Sin embargo hay evidencias que parecen demostrar todo lo contrario como veremos mas adelante.
 
Sucre,  aún comprometido con su novia Mariana Carcelén y Larrea, mantuvo una relación paralela en La Paz con la agraciada Rosalía Cortés y Silva con la cual procreó a su hijo José María, quien a su vez dejó una fecunda descendencia de once hijos que llevaron los apellidos Sucre y Cortés. Entonces no había «televisión…»
 
En Caracas surgieron los primeros efluvios sentimentales de Sucre, con su paisana Ana María Zerpa, con quien procreó una hija de nombre Lucía.
 
En Guayaquil los dardos de Cupido tocaron el corazón de la dulce adolescente Pepita Gainza Roqueforte, gente «bien» de la sociedad ecuatoriana y posteriormente los vapores del amor  recayeron en Teresa Bravo, gente no tan «bien», de quien nació Simona, en recuerdo de Simón. Y aunque Sucre no estaba muy convencido de su legitimidad de origen,  tuvo la nobleza de encomendarla a su amigo el Coronel Vicente Aguirre rogándole que «…me haga llevar esta niñita a Quito y la pongan en una casa donde la críen y eduquen con mucha delicadeza y decencia» —sic–
 
En Chuquisaca, después de la fundación de Bolivia, la pasión toca de nuevo el corazón de Sucre; se llamaba María Manuela Rojas de quien nació Pedro César Sucre Rojas.
 
El punto final, fue su matrimonio civil, con la Marquesa Mariana de Solanda.  Sucre determinó casarse en La Paz, el 25 de enero de 1828 otorgándole, a su viejo amigo el Coronel Vicente de Aguirre  «…poder bastante para que se despose por palabras de presente que constituye legítimo y verdadero matrimonio, con la Señora Mariana de Solanda y Carcelén» 
 
El acto se celebró el 25 de abril de 1829 y 5 meses después, el 30 de setiembre, Sucre arribó a Quito para iniciar su tan anhelada, aunque breve vida hogareña. Tan solo 4 meses después debió regresar al campo de batalla para afrontar la campaña contra El Perú, en el Portete de Tarquí.
 
A  principios  de 1830 arriba Sucre  a Bogotá para presidir el Congreso Admirable convocado por El Libertador, con el objeto de enfrentar la grave situación del intento separatista de Venezuela, promovido por el General José Antonio Páez, Jefe Militar  del Departamento de Venezuela. 
 
El Congreso no logró sus fines, Bolívar presentó su renuncia irrevocable al poder, en abril de 1830 y emprendió su exilio definitivo.  Sucre  renunció a fines de ese mes, una vez clausurado el Congreso, para regresar a su hogar en Quito a fines de mayo de 1830. Nunca más se vieron.  Sucre  regresó por la  via de la montaña de Berruecos, al sur de Colombia, donde el 4 de junio de 1830 se produjo el atentado que le costó la vida. 
 
A su esposa, Mariana le faltó «visión» o ¿amor? para valorar su condición de esposa del héroe de Ayacucho y se casó poco después con un  General de apellido Barriga, apuesto oficial de  las fuerzas patriotas y causante por descuido, ¿?  de la trágica muerte de Teresita, la pequeña primogénita y heredera, hija de Sucre y  su esposa Mariana.
 
La rivalidad amorosa de Simón Bolívar superó con creces  a la del Mariscal Sucre Su primera travesura sentimental, a los 16 años, tuvo lugar en Veracruz, de paso para España; se llamaba María Ignacia Rodriguez, de igual edad, apodada La Guara.
 
Bien pronto, en Madrid brota el amor definitivo con la agraciada  María Teresa Rodriguez del Toro y Alaiza, con quien contrae matrimonio  –élla 2 años mayor que él– el 26 de mayo de 1802.  La cuasi luna de miel, duró apenas 7 meses, cuando María Teresa. falleció en Caracas, de fiebre maligna contraída en la hacienda San Mateo. Este dolor lo marcó de por vida y nunca más pensó reincidir. Otro día en sus años postreros confesó:
 
«Si no hubiera enviudado, quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el General Bolívar, ni El Libertador, aunque convengo que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo.»
Viudo, joven, triste y con acaudalada fortuna, se refugió en Paris, según parece, en los fascinantes brazos de su prima lejana Fanny du Villard, 10 años mayor que él. 
Luego aparece en su vida una tal «Marina», de quien el famoso escritor Alejandro Manzoni,  atribuye al inquieto mozo Bolívar la expresión: «Esa mujer ha decidido mi suerte»,  —así sería el romance-
 
De nuevo en Caracas surgen las lides amorosas, con Isabel Soublette, hermana del General en Jefe Carlos Soublette, luego con la fiel Josefina «Pepita» Machado, Anita Lenoit de origen francés, Asunción Jimenez isleña y enfiebrada como ella sola. 
 
En 1813, la pasión apunta en Tachira hacia la guapa Juana Pastrana Salcedo. Más tarde en el exilio en Jamaica, Julia Corbier  la primera de las 3 amantes, que le salvaron la vida, aunque sin saberlo. 
 
En 1819, conoció en el puente de Bogotá a  Bernardina Ibañez prometida del bizarro  coronel Ambrosio Plaza.  Bernardina no le negó sus favores, Bolivar la calificaba de «melindrosa y mas que malindrosa».
 
Posteriormentees en Perú donde Manolita Madroño, flor de 18 años, cae en la red del amor, cuando el Cabildo de Huaylas le confía la misión de agasajar con flores  a su libertador. Ademas de flores hubo besos y más amor.
 
En junio de 1822, tras el brillante triunfo de Sucre en Pichincha, junto con Bolívar desfila en medio del fervor popular por las calles de Quito. Desde un balcón cercano una  fulgurante mujer le arroja flores;  allí se produce un ardiente cruce de miradas, que es el prólogo inevitable de la apasionada entrega total con nombre y apellido: Manuela Saenz y Aispúru
24 años, ojos negros, piel blanca y frondosos cabellos. que adornaban su escultural figura.   Manuela era mujer ajena, desposada con el flemático inglés James Thorne, quien le doblaba la edad; un matrimonio de formalidad, sin ton ni son.
 
Las aventuras románticas de El Libertador, ademas de Manuelita fueron pródigas:  Manuela White, Joaquina Garaicoa. Teresa Mancebo y la angelical gringa Jeanette Hart, quien al morir llevaba en su pecho un relicario con la efigie de su heroe, vaya sentimiento.
 
No faltó el impacto amoroso con la realista Aurora Pardo, ni de las bolivianas Benedicta Nadal y María Josefina Costas quien como Julia Corbier en Jamaica, y Manuela Saenz en Bogotá, le salvó la vida alertándolo de un atentado contra su vida.  Después, el agradecimiento del placer o el placer del agradecimiento. Igual da.
 
La presunta paternidad de Bolívar ha dado mucho que hablar; el Cronista Germán Fleitas Nuñez asegura que Bolívar concibió hacia 1814 una hija identificada como Clorinda García de Sena y Toro, abuela de la celebrada Teresa Carreño.  Otros hijos habrían nacido en Francia, Colombia, Bolivia y presumiblemente en diversos paises de Suramerica, según la afirmación del escritor trujillano, Ramon Urdaneta, en su libro «Los amores de Simón Bolívar y sus hijos secretos»  quien le atribuye la paternidad  de 23 hijos en 27 amantes. mencionados con nombre y apellidos y a quienes Bolívar no reconoció, aunque los parió.
  
Eran, en fin de cuentas y cuentos, tiempos de triunfos guerreros, recompensados con triunfos de cama. RSM