Acto Eucarístico en la Inauguración de la Asamblea Episcopal

 

El salmo 22(23) que hemos entonado en la oración de la Iglesia (tercia) nos permite recordar que, por ser pastores de la Iglesia a imagen del Buen Pastor, hemos de transmitir a nuestra gente la seguridad y confianza que tanto necesita. Como bien lo sabemos y lo repetimos hasta la saciedad, no somos simples dirigentes o profesionales de lo religioso. Somos, diversamente de lo que piensa el mundo, reflejo actuante de la acción salvífica y pascual del Cristo liberador.

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles, al presentarnos el retrato de la Iglesia primitiva, nos habla de dos elementos muy importantes: los primeros cristianos, quienes vivían de manera especial el mandamiento del amor fraterno, ponían todo en común y nadie, entonces, pasaba necesidad. Es verdad también que ellos se reunían en comunión afectiva y efectiva en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la fracción del pan y la oración. Y tal era el entusiasmo con el que lo hacían que iba aumentando el número de los que buscaban o querían salvarse.

 

Para lograr esto, fue fundamental el papel y ministerio de los Apóstoles del Señor. Ellos lo hicieron porque habían entendido que estaban actuando en el nombre del Pastor. La gente reconocía que, por medio de ellos, según cantamos en el salmo, “nada les faltaba”. Ellos fueron garantizando que eran llevados a verdes prados y no sucumbirían ante las dificultades. Con su vara y su cayado fueron capaces de guiar al nuevo pueblo de Dios. Y no sintieron miedo ante las incomprensiones y persecuciones, ni siquiera ante la posibilidad del martirio.

 

El salmo nos presenta una rica fuente para la reflexión. Sin embargo podemos destacar algunos elementos que asumimos en nuestra oración de hoy: en primer lugar, como ya lo señalamos, el Buen Pastor guía a su pueblo y gracias a Él, nada le falta; el pastor siempre conduce a su pueblo aún por cañadas oscuras y caminos llenos de barrancos; pero con su vara y su cayado lo protege. Y, finalmente, lo conduce hacia los pastos verdes de la plenitud, que gozará aún estando en frente de sus enemigos.

 

Al iniciar nuestra CXII Asamblea Episcopal, este salmo nos ayuda a recordar cuál y cómo debe ser nuestra tarea en medio de un pueblo que continúa siendo golpeado por la crisis. Ciertamente que la acción de la Iglesia dentro del marco de su misión evangelizadora es muy compleja. Pero, no se debe dejar a un lado ni echar al olvido la actitud con la que debemos animar la acción de la Iglesia en Venezuela.

 

Hoy más que nunca nos debemos presentar –porque lo somos por vocación- en comunión con el pueblo. Pertenecemos a él y no estamos fuera en escalones de privilegios o prebendas. Recordemos que San Agustín, al referirse a los pastores, les advierte que también un día fueron “ovejas”. Esto es necesario tenerlo en cuenta y manifestarlo de manera activa y contíinua. Es cierto que muchos quieren que la Conferencia Episcopal sea como una asociación de carácter político; otros acuden a los Obispos para pedir el aval para algunas actividades o propuestas, y no falta quien quiere que sea la que apoye decisiones que pueden ser interesantes , aunque divorciadas de las necesidades, angustias y esperanzas del pueblo.

 

Las encuestas hablan de la buena posición de la Iglesia en nuestra sociedad. Esto no nos debe obnubilar ni alejar de lo más importante. Los Obispos, primero que nada, en sintonía con Cristo a quien estamos sacramentalmente configurados, formamos parte del pueblo y estamos a su servicio. No podemos darnos el lujo de quedarnos fuera, de avalar los pactos de las élites y pontificar como si fuéramos los más grandes de la sociedad. Nosotros hemos de estar al lado del pueblo; y, más aún, porque tenemos una fe en un Cristo servidor, hacer realidad permanentemente la opción preferencial por los pobres.

 

El Papa Francisco nos ha invitado a desarrollar una Iglesia sinodal, con el modelo de la “pirámide invertida”: es decir, a caminar junto con todos y en medio de ellos. Por otra parte, rompiendo el verticalismo clericalista, sostener al pueblo, a todos los seres humanos, particularmente quienes más sufren y son menospreciados. Ellos son lo que deben estar en la cúspide de la “pirámide invertida”.

 

En la medida que lo hagamos, entonces nuestra gente sentirá que “nada les falta”, aún en medio de tantas privaciones. Es verdad que la gente requiere de muchas cosas que necesita: hay hambre, hay desatención médica, menosprecio de la dignidad humana. La gente tiene miedo y desilusión: la corrupción sigue golpeando a la sociedad, la violencia supera lo imaginable con las torturas, los asesinatos por sicariato, la burla a los más pequeños… Pero, cuando el pastor auténtico, imagen del Buen Pastor Cristo, se hace presente con lo que es y lo que tiene, la gente no sólo se siente acompañada y protegida, sino que siente que nada le falta; es decir, que son respetados y dignificados con los criterios del evangelio y la fuerza del Espíritu.

 

Para que la gente pueda expresar que por estar guiados por el Pastor Bueno nada le falta, quienes tenemos la responsabilidad de enseñar, guiar y santificar al Pueblo (Obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosa y demás agentes de pastoral) hemos de hacer patente en todos los sectores nuestra presencia. Hoy no podemos darnos el lujo de estar lejos de nuestros hermanos… y lamentablemente hay quienes sí lo están.

 

Con el cayado de nuestra fe y la vara de nuestra caridad pastoral, sencillamente podremos darle esperanza a quien se ve agobiado, asustado por las cañadas oscuras que transitamos y temerosos ante tantos barrancos que pueden llevar al precipicio. Hoy, nuestra gente, expresa su confianza en los pastores que se la juegan por el pueblo. Lo sentimos cuando, en nuestras visitas pastorales, en nuestro caminar por las comunidades y al prestar nuestros labios para ser la voz de quienes no la tienen o no son escuchados, el pueblo nos siente suyos y encarnados en su realidad de todos los días.

 

Lo hacemos con muchas cosas, es verdad. Pero sobre todo con el testimonio de vida, con el testimonio de la caridad operante, con el testimonio del Resucitado, el verdadero liberador. Entonces, la misma gente no siente miedo frente a sus enemigos… porque ciertamente encuentra en sus pastores la imagen de aquel Buen Pastor, capaz de dar la vida por sus ovejas.

 

Al comenzar nuestra Asamblea Episcopal, lo hacemos poniéndonos en las manos de Dios. Esta oración de la Iglesia que entonamos ante la presencia eucarística del Dios de la Vida nos permite reafirmar la actitud con la que debemos encontrarnos, dialogar, orar y reflexionar: la apertura de corazón para recibir la sabiduría que viene de lo alto. También, en estos días, hemos de experimentar en nosotros que el Señor es nuestro Pastor y nada nos falta. Contamos, también con la maternal protección de María de Coromoto, la Madre del Pastor que nos sigue acompañando en el caminar juntos  como Iglesia en esta Venezuela tan querida por todos nosotros. AMEN.

 Caracas, 7 de julio del año 2019.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal

I Vice-Presidente de la C.E.V. 

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