Reporte Católico Laico

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Mis recuerdos de Fernando Araujo Medina

Mis recuerdos de Fernando Araujo Medina

RCL les invita a leer a Andrés Caldera Pietri, en una sentida reseña de sus vivencias  con Fernando Araujo, su cuñado y amigo de todos…es una emotiva pieza, repleta de sentimientos familiares, que leyó Andrés al final de la Misa que  presidió el P. Luis Ugalde, S.J., en la capilla del Colegio San Ignacio, y que fue un festejo por la vida de Fernando a un mes de su partida.

Andrés resume allí sus recuerdos  justo antes de que Fernando González, extraordinario tenor venezolano, cerrara la reunión con «La Flor de la canela», una de las canciones preferidas de Fernando cuando cantaba acompañado de su guitarra. 

 

Palabras para Fernando en la misa celebrada por el P. Luis Ugalde, S.J., en la capilla del Colegio San Ignacio, al mes de su partida.

9 de julio, 2019

Tenía yo dieciséis años cuando conocí a Fernando: nuestra hermana Alicia Helena, entonces una “pava” de diecinueve, admiradora de los Beatles, de Sandro y El Cordobés, tenía alborotado el avispero en la UCV, donde había comenzado estudios de arquitectura. Según cuenta el muy querido José Antonio Pérez Osuna (JAPO), Fernando -antiguo compañero suyo del San José de Los Teques- le pidió que se la presentara, a lo que él puso como condición, en protección de su pupila, que terminara con “la o las” novias que pudiera tener para ese momento. Como quien dice, le exigió estar libre de polvo y paja, adivinando lo que se venía, y así fue, pues llegó el Araujo a la vida de Alicia Helena y como dice la expresión popular “se acabó el pan de piquito…”: cuarenta y tres años hasta que la muerte los separó. Él no tenía tiempo que perder: se graduaba de abogado y pronto se iba a Madrid, a cumplir funciones como tercer secretario en la Embajada. Quería formalizar las cosas con ella antes de tener el Atlántico por medio…

Mi primer recuerdo viene de la noche en que Alicia Helena lo presentó formalmente a la familia: alto, elegante, con un foulard de seda al cuello y un impecable bléiser, trasmitía el aspecto del propio caballero de fina estampa, inteligente y culto, pero al mismo tiempo cálido y cordial. No imaginábamos en ese momento que a aquél que parecía un lord inglés le gustara usar también, como uno de sus atuendos preferidos, el vernáculo liqui-liqui. Si agregamos que era diestro con la muleta, la que lucía en tientas y novilladas, e igualmente con la guitarra española, con la que acompañaba su potente y hermosa voz, era difícil que alguien pudiera resistirse ante tal capacidad de seducción. Así que, me parece que no sólo Alicia, sino todos, caímos envueltos bajo su encanto.

El 16 de diciembre de 1971, ella recién cumplidos los veinte y Fernando a punto de veinticuatro -prácticamente unos niños- contrajeron matrimonio en una ceremonia en La Casona, íntima y austera, cuyo único exceso era el amor y la felicidad que ellos reflejaban.

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Ocho meses después les llegamos Laura, Cecilia, mi primo José Ángel Ramírez y yo, a Europa, a compartir nuestras vacaciones de verano. Era 1972, vivían en Bruselas y Fernando, entonces segundo secretario de la Embajada ante el Mercado Común, se convirtió en el jefe de nuestro convoy vacacional. Visto después a distancia, qué generosidad la de ellos, recién-casados, la de recibirnos, y qué paciencia la de Fernando, especialmente, con nosotros. Fue un largo viaje por carretera en Austria, Alemania y Dinamarca. Tuvimos la experiencia de atravesar Alemania Oriental para llegar a Berlín Occidental. Presenciamos las olimpíadas de Munich, en las que ocurrió el terrible secuestro de los atletas israelitas. Fernando siempre al volante, cordial, compartiendo las más variadas conversaciones, salpicadas con la música de Serenata Guayanesa y del Quinteto Contrapunto que le gustaba escuchar.

 

Regresaron a Caracas en 1973, y vivieron con nosotros en La Casona y después en Tinajero, mientras esperaban la conclusión de la primera parte de su casa, a la que bautizaron “Botija”. En ese tiempo, estaba recién nacida María Fernanda y esperaban la llegada de Federico Javier. Madrugador, como lo fue siempre, recuerdo a veces su protesta por mis trasnochos grabando música en las proximidades de su cuarto, cuando era yo un estudiante universitario. Vivimos, pues, juntos, por un buen tiempo, en el que compartíamos el día a día. Fernando era un hermano; para mí un hermano mayor. Su formación era la de alguien que aprendió a ser solidario al máximo con los suyos. Daba sin medida, sin mezquindad, como quien entendió que lo suyo era de todos y que no había mayor placer que compartirlo. Para nuestro padre fue un gran compañero: lo acompañaba a la ópera, a la pelota vasca y a la Gran Sabana, donde Fernando se sumergía con placer en sus lecturas. Eso sí: nunca le arrimó al dominó.

 

Después de la mudanza, no sé cuántas tardes pasamos juntos en “Botija”, conversando, con el trasfondo de la música de Serrat y de Soledad Bravo. Fernando era, no sólo un hombre muy inteligente y grato, sino además un gran lector, lo que hacía, además de amenas, interesantes y profundas sus conversaciones. Era un gran consejero: en mis inicios del ejercicio de la profesión de abogado, lo recuerdo pendiente de apoyarme, como sé que lo hacía con muchos otros. Era un trabajador de sol a sol. Salía de su casa de madrugada y regresaba de noche. Siempre estudiando y esforzándose por avanzar. Además de brillante abogado corporativo, fue profesor en los cursos de post-grado de su Alma Máter; también tuvo sus proximidades a la política, siguiendo los pasos de su antepasado el famoso “León de la Cordillera”, el general Juan Bautista Araujo, desempeñándose como Senador suplente por el estado Trujillo; pero su mayor desvelo y pienso que su mayor logro, fueron sus cuatro hijos: María Fernanda, Federico Javier, Juan Andrés y Ana Teresa. Ellos son su mayor legado, su mayor orgullo. Llevan y trasmiten sus valores, sus principios, sus exigencias, su sentido de responsabilidad, los retos permanentes que pusieron delante de sus ojos. Seguro estoy que está ahora, junto a Alicia Helena, velando e intercediendo por ellos, sus dos yernos, sus dos nueras, y sus ocho nietos, al igual que por sus hermanos de sangre y del afecto, que son muchos, con quienes sus hijos cuentan y a quienes distinguen pidiéndoles la bendición y llamando “tíos”.

 

Fernando vio truncada su carrera demasiado joven: tenía apenas cuarenta y seis años de edad. Fue una total injusticia. Los que lo conocieron en el medio profesional, supieron siempre de su honestidad y competencia. Fueron además muchos lo que se beneficiaron de su bondad y deseo de servir: desde estar encima de la aprobación de los créditos para ayudar a conseguir  vivienda a innumerables familias; pasando por su dedicación a la mejora de la infraestructura y el funcionamiento de la Academia Merici y otros proyectos de las hermanas Ursulinas; hasta ser uno de los apoyos incondicionales de nuestra madre, su “belle mere”, como él la llamaba, en su hermoso proyecto del Museo de los Niños.

Era un hombre bueno, un ser humano de gran calidad, de esos que por no negarse a hacer un favor viven a veces desbordados por tratar de complacer a tantos. Pero sobretodo, como lo escribí a horas de su muerte, Fernando era para mí la concreción perfecta de lo que en término criollo se llama “un terciazo”: además de sus sobradas cualidades, era amigo de sus amigos, consecuente, leal, sincero, y sobretodo noble. Dice el diccionario de venezolanismos que si “el terciazo”, además, toca guitarra, es un “terciazo completo”

A lo largo de mi vida he aprendido que no hay mayor gesto de nobleza que la de un corazón triste que es capaz de compartir con corazones alegres. Es una demostración máxima de generosidad y de humildad. Fernando tenía –como lo dijo Federico, mi ahijado- un corazón que no le cabía en el pecho. Ese corazón era capaz de abstraerse de sus propios sentimientos para vibrar con la alegría de los demás. Lo hizo, hasta que su organismo, maltrecho, no pudo más. Hoy lo sabemos en “la otra costa” -como llamaba a la eternidad nuestro hermano jesuita José Juan Peñalba- junto a Alicia Helena, su adorada y admirada compañera, con quien edificó una hermosa familia que los mantendrá vivos por siempre. Ellos, acá y allá, de una costa a otra, se seguirán día a día. Porque, dicho de otra manera, por el poeta Gibrán, “la vida y la muerte son una misma cosa, como el río y el mar son una misma cosa. En la profundidad de vuestras esperanzas y aspiraciones duerme silencioso el conocimiento del más allá”.

Al agradecer, en nombre de Laura, Carmen Cristina, Mireya, Rafael Tomás, Cecilia y Rubén, Claudia y yo, en primer término al padre Luis Ugalde por el honor que nos ha hecho al presidir esta eucaristía, y, en segundo lugar a todos ustedes, por acompañarnos en este momento tan especial, no me resta sino hacer votos por Fernando y Alicia Helena, en la seguridad de que permanecerán siempre, muy adentro, en los corazones de todos los que los quisimos.-

 

Muchas gracias.

 

Caracas, 9 de julio de 2019.