Reporte Católico Laico

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“Religión hecha por el hombre”

“Religión hecha por el hombre”

La frase precedente apareció en comentarios que hizo el Papa Emérito Benedicto XVI sobre los escándalos recientes. Sus orígenes, por supuesto, son mucho más antiguos. Uno puede encontrarla, por ejemplo, operando en las religiones seculares desarrolladas durante y después de la Revolución Francesa. Luego fue necesario desarrollar nuevas expresiones religiosas, porque incluso los revolucionarios sabían que había una dimensión religiosa ineludible en los grandes eventos que estaban teniendo lugar; como el funeral del asesinado Marat. Celebraron el funeral de Marat en la Iglesia de los Cordelliers. Habían derrocado a la Iglesia; pero todavía se sentían impelidos a soñar con algún tipo de sustituto.

La frase arroja luz sobre un rasgo fundamental de la verdadera realidad religiosa; a saber, que esta -de la manera más enfática- no es hecha por el hombre.  Abraham no inventó un Dios, meramente, para mantener a su clan en línea. Jesucristo no fue, tampoco, un vendedor de baratijas que comenzó su propia religión. Como lo expresó Juan: «No es que hayamos amado a Dios; sino que él nos amaba y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados». (I Juan 4:10)

Él [Jesús] inició entonces La Iglesia, sobre la base del trabajo que Dios había hecho con los judíos. Fue Él quien hizo esto. Ni Pablo ni Agustín podían afirmar que ellos habían iniciado La Iglesia. Esta fue, siempre, la Iglesia de Jesucristo. El catolicismo es, todo, una dádiva.

Además, la dádiva del catolicismo consiste en que la revelación llega a nosotros íntegra. Hay [en ella] una teoría de la humanidad, la sociedad, el bien y el mal, todo junto. Por esta razón hay una gran línea en el Oficio Divino, con la que el celebrante ora: «Quiera La Iglesia apoyarse solo en tus dádivas».

Ni siquiera el papa puede inventar la doctrina a medida que avanza. El Vaticano I fue muy claro: «Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no para que pudieran, por su revelación, dar a conocer alguna nueva doctrina; sino para que, con su ayuda, pudieran custodiar religiosamente y exponer fielmente la revelación, o depósito de fe, transmitido por los apóstoles».

Un rey puede hacer lo que quiere; un papa, no.

Al parecer, pues, hay dos rutas básicas que usted puede tomar, en la esperanza de descubrir su humanidad. O bien, inventa usted cosas que imagina que son «religiosas» o, peor aún, «espirituales» (esta es la opción revolucionaria, de izquierda o romántica, cuyas tres versiones se fundamentan en el idealismo, voluble y engañoso como es este); o se coloca usted ante la dádiva de la revelación, y la acepta, por la gracia de Dios, mediante la fe.

Juan Pablo II preguntó una vez: «¿Por qué ser una persona humana, y cómo [serlo]?» Esta es la pregunta más fundamental que debemos enfrentar en la vida. La parte del «por qué» es la respuesta a la paradoja básica que enfrentamos: es decir, solo perdiendo mi vida, puedo salvarla.

El «cómo» es respondido por Jesús mismo: «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa y la del evangelio, la salvará» (Marcos 8:35)

En palabras del Concilio Vaticano II: “La verdad es que el misterio del hombre solo se ilumina en el misterio del Verbo encarnado”. De repente, estamos subordinados a alguien fuera de nosotros mismos. En las palabras de Juan Pablo II: “Porque una persona descubre el nuevo sentido de su humanidad, no solo para ‘seguir’ a Cristo, sino en la medida en que en efecto lo siga”. Solo las personas pueden hacer esto con respecto a un Dios personal.

Para el romántico izquierdista esto presenta un problema; sea porque sus propios pensamientos son primordiales, por lo que todos los demás fuera de él están equivocados -esto incluye a la Iglesia; o [porque] los pensamientos de la élite política (a quienes ha entregado su conciencia) son primordiales.

Aquí entra en la ecuación una nueva dinámica: los románticos descubren que la religión hecha por el hombre es política; no, necesariamente cierta. Esa no es siquiera una consideración. Es lo que está en boga en ese momento.

Esto es desastroso -por supuesto, porque es la verdad la que satisface a los seres humanos. Ciertamente, solo la verdad. No se satisfacen mediante la mentira. El ruido político que domina a nuestro mundo y a la Internet, a menudo contiene elementos de verdad; pero rara vez es plena, profunda, divinamente verdadero.

Este es el problema fundamental con palabras como «diversidad», por ejemplo, tal como esta se usa en el documento preparatorio para el Sínodo Amazónico. Es un concepto muy de moda. Pero el catolicismo no trata primordialmente  de la diversidad. No hay diversidad de dioses o salvadores o iglesias.

Puede haber diversidad de idiomas o de naciones, pero el catolicismo sigue siendo acerca del judío en Israel, en el primer siglo, y acerca de la verdad y la gracia universales que Dios eligió ofrecer a su pueblo.

El catolicismo es fundamentalmente histórico y encarnacional. Enseñar sobre Jesús en un lugar diferente no cambia el hecho de que Él tomó pan y vino para consagrarlos en la Palestina del primer siglo. Cualesquiera que sean las costumbres de comer y beber en distintos lugares del mundo, una de las muchas maneras en que nos mantenemos fieles a Él, es siendo fieles a la institución de la Eucaristía. Cualquier otra cosa es mero romanticismo; una religión hecha por el hombre, a la que no vale la pena dedicarle atención.

Bevil Bramwell, OMI

El P. Bevil Bramwell, OMI, PhD es el ex decano de pregrado en Catholic Distance University. Sus libros son: Laity: Beautiful, Good and True; The World of the Sacraments; Catholics Read the Scriptures: Commentary on Benedict XVI’s Verbum Domini [Laico: Hermoso, Bueno y Verdadero; El mundo de los sacramentos; Los católicos leen las Escrituras: Comentario sobre Verbum Domini de Benedicto XVI] y, más recientemente, Ex Corde Ecclesiae: The Gift of Catholic Universities to the World [Del Corazón de La Iglesia: El regalo de las universidades católicas para el mundo], de Juan Pablo II.

Domingo 7 de julio de 2019

Tomado/traducido, por Jorge A. Pardo Febres-Cordero de: