Reporte Católico Laico

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Reza como un niño

Reza como un niño
RCL les invita a leer  al P. Paul D. Scalia, sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia, donde se desempeña como Vicario Episcopal para el Clero .-

 “Él les dijo: ‘Cuando oren, digan: Padre. . .’” Así comienza la hermosa catequesis de nuestro Señor sobre la oración. (Lc. 11: 1-13) Debemos detenernos en esa primera palabra: Padre. Decir Padre significa ser un niño. Para decirla auténticamente se requiere saber que uno es hijo de Dios. Y así, la primerísima palabra de nuestro Señor respecto de la oración contiene el principio de la filiación divina -el ser hijos de Dios, en el Hijo, habilitados para ir al Padre a través de, con y en Él. La oración cristiana descansa sobre esta verdad fundamental. Toda oración fluye de nuestra identidad como hijos de Dios. Padre es, a la vez, la primera y la última palabra en la oración.

De hecho, la petición directa que concita la instrucción de nuestro Señor revela, por sí misma, la disposición de inocencia necesaria para la oración: «[U]no de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos cómo orar'». El primer paso de la oración es caer en cuenta, como ese discípulo, deque no sabemos orar como deberíamos. (Rom. 8:26) La oración no comienza exhibiendo nuestra fuerza y conocimiento, sino nuestra debilidad y docilidad.

Esta verdad es desalentadora para el orgulloso; pero un consuelo para cualquiera que haya intentado orar y no sepa por dónde empezar. La oración requiere el reconocimiento de que necesitamos ser instruidos. En efecto, cada oración comienza con «Señor, enséñame cómo rezar».

Un componente esencial de esa oración inocente es la perseverancia. Observamos esto en el patriarca Abraham, cuya oración anticipa aquellade los hijos de Dios. (ver Gn. 18: 20-32) En su regateo sobre el destino de Sodoma y Gomorra, se parece a un niño que está negociando paraque le permitan acostarse un poco más tarde. Con la perseverancia de un niño que ha puesto su corazón en algo, y que no será disuadido, Abraham continúa regresando al Señor, con una propuesta nueva .

Pero hay una diferencia notable entre la perseverancia de Abraham y la nuestra. Él apela a la justicia de Dios, Quien no barrerá a los inocentesjunto con los culpables. Él clama: ¿No debería actuar con justicia el juez de todo el mundo? Ciertamente, Él debería. Pero nosotros apelamos aún más a la misericordia de Dios. Le pedimos que contenga Su ira y nos ayude; no, porque lo merezcamos; sino porque tenemos una necesidad radical de ello. Nuestra debilidad clama por Su ayuda.

Este llamado a la misericordia del Padre es lo que nuestro Señor enfatiza en Sus instrucciones. Tenemos confianza en nuestra oración al Padre; no, porque tengamos un derecho absoluto a recibir Sus dones; sino porque sabemos que somos Sus hijos. Por esa razón, podemoscontinuar regresando a él. Porque si nosotros, que somos malvados, sabemos mostrar misericordia, ¿cuánto más no se apresurará nuestro Padre celestial a ayudarnos?

Por supuesto, conociendo el terrible final de Sodoma y Gomorra, podríamos pensar que Abraham había perdido su tiempo y esfuerzo. ¿Qué consiguió él con todo ese regateo? Nada, según parece. Lo que plantea otra dimensión de la oración genuinamente inocente: el abandonarse a la voluntad del Padre. La confianza de un niño descansa en el conocimiento de que la voluntad de su Padre es supremamente buena. Si una oración ha quedado «sin respuesta», es porque su Padre sabe más que él y tiene en mente un bien mayor.

Observamos esta disposición en nuestro Señor mismo, cuando reza esa oración tan parecida a la de un niño: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.”(Mc. 14:36)

En cierto sentido, ese bien mayor ya está materializado en el acto mismo de la oración. La oración de Abraham no se desperdició; porque, a través de ella, creció en su capacidad de confiar y entablar una conversación con Dios. Sí, debemos presentar nuestras necesidades terrenales a nuestro Padre. Sin embargo, podemos enfocarnos tanto en la respuesta exterior a nuestras oraciones -el «arreglo» de la situación- que pasamos por alto el efecto interior que la oración en sí misma tiene sobre nosotros.

Nuestro Padre no solo quiere resolvernos todos nuestros problemas. Él quiere algo más para nosotros. Él desea que nos acerquemos más a Él en nuestra oración, confiándole nuestras preocupaciones. Y si Él resuelve nuestros problemas, es de tal forma que, en experimentando Su poder y bondad, confiaremos aún más en Él .

Todo lo cual nos lleva a esa última y misteriosa línea en la catequesis de nuestro Señor: “¿[C]uánto más les dará el Espíritu santo, el Padre que está en el cielo, a quienes se lo pidan?” Buscamos y pedimos muchas cosas en la oración. Tocamos (a veces golpeamos) a la puerta del cielo con varias peticiones. Pero las palabras de nuestro Señor señalan que el fin último de nuestras peticiones no es esta cosa, o aquella, sino algo más grande: ciertamente, el Espíritu Mismo.

Nuestro Padre siempre responde a nuestras oraciones (sea sí, o no) con el fin de dar o aumentar el don de Su Espíritu. Podríamos querer quenuestra oración fuere solo por esta o aquella situación. Él quiere que sea para más; para acercarnos más a Él mismo. Él no desea tanto que recibamos lo que creemos que necesitamos aquí y ahora, sino que aumente nuestra unión con Él.

Sea que nos demos cuenta, o no, nuestra oración siempre está dirigida a este aumento del Espíritu, el Espíritu de hijo, Quien ora desde dentro de nosotros y nos permite clamar, ¡Abba! ¡Padre!

Domingo 28 de julio de 2019

Tomado/traducido por Jorge pardo Febres-Cordero, de  The Catholic Thing

Imagen en el mensaje
P. Paul D. Scalia
El P. Paul Scalia es un sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia, donde se desempeña como Vicario Episcopal para el Clero. Su nuevo libro es That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion [Que Nada Vaya a Perderse: Reflexiones sobre la Doctrina Católica y la Devoción.]