Mambrú o el dilema de la guerra

RCL les invita a leer a Horacio Biord Castillo.-

“Mambrú se fue a la guerra”. Todos quisieran salir tras Mambrú: alfiles y caballeros, peones y soldados, emires y sultanes, reinas y princesas, pajes y ujieres, hortelanos y toneleros, choferes y marchantes, amas de casa y monaguillos. Todos pudieran irse a la guerra, no todos empero podrán regresar. Indios y negros, capitanes y reclutas, milicianos y académicos, poetas y pintores, actrices y alguna jubilada meretriz ven con desasosiego los días que se viven. Todos, sin excepción, columbran los signos. Banderolas al frente, bandera en el pecho, gallardetes pintados en las sienes, todos enarbolan un estandarte o ansían tenerlo. Que Mambrú y los mambruces se vayan a la guerra, se dice. ¿A qué guerra?, cabe preguntarse.

¿Ya Mambrú se fue a la guerra? Debe irse. ¿Pero quién es Mambrú? ¿Acaso existen un Mambrú bueno y otro malo? ¿Quién decide cuál es cada uno? Salgan los mambruces y hagan la guerra. Ya no hay auroras ni rocío, ya no pozos ni cercas entre los campos. Entran los cerdos y muerden las frutas, entran salteadores y borrachos. Huele a excretas y micciones. ¿Se fue Mambrú a la guerra?

Los castillos han perdido sus fosos. No hay ballestas ni flechas. Los cañones sirven al señor de al lado y los tahúres juegan hasta la mañana. Las maestras no saben leer y los niños lloran de aburrimiento y hambre. ¿Dónde está Mambrú? Hoy se trepó a la colina y mostró el banderín de unas huestes. Algunos dicen que bendijo y otros que maldijo. Lleva la profecía en su cara, en su mirada, dicen; ¿pero será la promesa el sello de la tragedia? ¿Dónde están los mambruces?

El puente roto se vadea por la cascada. El gato deja sus botas y observa las campiñas. Volvamos a la gruta y comamos la ilusión y sus migajas, no los mendrugos del ocaso, no las sobras del almuerzo, sentados los soberanos para mirar los nuevos tiempos, la felicidad, las islas do habitan dragones, señeras bestias y brujas malvadas.

La corte de milicianos parece traspasar el umbral del día, del último día, de la última marca antes de la batalla. ¿Dónde está Mambrú? ¿“Cantando el pío-pío, cantando el pío-pa”? ¿Dónde está Mambrú? ¿Avanzan los mambruces? Avancen sin miedo y sin tregua, se oye a decir a la multitud. La Patria los espera. ¿Qué Patria? ¿Quién espera qué? Solo Mambrú lo sabe. Eso dice el ermitaño, eso confirma la hechicera.

¿Ya se fue Mambrú? ¿Dónde está el alfil? ¿Quién, sobre el tablero, mueve las piezas? ¿Quién conoce los secretos de las torres y el arma oculta del rey? ¿Hay una carpa o un alcázar, una fortaleza o las ruinas de un viejo atalaya? ¿Se avizoran rocines o un mastín de caza, submarinos o dádivas, zares o emperadores, blancos marines? Abran la puerta de la carpa. Griten enanos y mujeres barbadas, elefantes y tigres de Bengala, cervatillos y marmotas, hipocampos de tierra y caballitos del diablo. Abran las puertas y ventanas. Diga la gitana la buena ventura o la desgracia oculta en las cartas. Que no calle, que no se pierda entre las maromas del funambulista. Denos su visión de los caminos. ¿Cuchillos en el cuello? ¿Amigos traidores? ¿Dinero que viene, dinero que se va?

Ay, Mambrú. “¡Qué dolor, qué pena”!!! Ay, Mambrú. ¿Qué dice el papelito que busca el mono en el sombrero del mago? ¿Lo mismo que el periquito que trae en su pico un mensaje? Denle un cambur, denle una semilla de girasol. ¿Qué dicen esas notas? ¿Aún los pulpos predicen triunfos o las mariposas gustan posarse para advertir sucesos velados?

Desfilan mambruces. Da gusto ver los colores de sus camisas, las sombras de sus tocados, el aroma de sus sueños. ¿Sangre roja, sangre azul? “Por allí viene un paje, ¿qué noticias traerá?”. ¿Habrá visto otros reyes? ¿Dónde está el señor de Carabá? Aldeanos y labradores llamen a quien una vez, seguro de las formas precisas de las nubes y el canto del cucú del reloj, convocó ratas al precipicio y luego niños hermosos y núbiles niñas, todavía no casaderas, tras la quimera de la solución. “¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!”. Pasan los días, pasan las noches. ¿Aún hay noches y días en Hamelín? ¿Aún se cuentan los meses y se dividen entre semanas? Pasa la Pascua, pasa la Trinidad. ¿Dónde está Mambrú? ¿Dónde están los mambruces? Alguien calla en palacio, alguien fuma desesperos. ¿Cuál es el frente, el frente de los probos y leales? ¿Qué guadaña hay tras la justa? Tírense en silencio los dados; por última vez tírense. Nadie tiene el comodín y los ases están rotos en la esquina o marcados en el centro. La seguidilla se corta en la guerra, los tríos se multiplican como invento.

“Las noticias que traigo son tristes de contar”. ¿Tristes de contar? ¿Muy tristes de contar? Vaya y pregunte a la reina si aún guarda el guante y el camafeo. ¿Dónde estará la llave del cinturón? La dueña sabe cómo burlar cerrajas y juramentos. ¿Volverán los mambruces? ¿Acaso salieron todos? Canten los mambruces la canción de la mañana, recen el rosario de la aurora y sacrifiquen a los dioses el rebaño más preciado. ¿Qué hacen los pretendientes? El tejido se desteje y la mañana promete falsas noches.

El tiempo se difumina como “caja de terciopelo”. ¡Qué dolor!!! Cantemos las glorias de Mambrú, pero antes contémoslas una a una ante la “tapa de cristal”. La sequía le abre la recámara a la lluvia, la lluvia besa sedienta la sequía. ¡Qué pena!!! Muchos salen a buscar nombres antiguos y heredades lejanas. ¿Pueden todos llamarse de otra forma y bendecir como suyas otras heredades? ¿Abjuran de sus dioses? ¿Han de tentarlos algún ídolo deforme?

“Mambrú se fue a la guerra”. ¿A qué guerra se fue Mambrú? ¿Todos se fueron con Mambrú? El hijo de la guerra no tiene dientes y sus manos tocan, atrás y adelante, extremos sin confines. Los ojos del gigante ven provincias remotas, reinos quiméricos, informes sombras y venganzas.

Si Mambrú no se fue a la guerra, que no se vaya. Si los mambruces aún dudan, aguarden la embestida del amanecer. La guerra tiene un arte y el orden de los títeres no debe trastocarse. ¿Habla Mambrú o su alfil? ¿Es la reina o la regente? ¿Son peones o milicianos? ¿Caballos o quimeras? ¿Enhiestas torres, fortines para el Bien Común, o garitas con túneles hacia las mazmorras? ¿Dónde está el rey?

¡Qué dolor!!! Las naves no se queman o no arden. ¡Las cartas de marear no se improvisan entre sargazos ni acantilados!!! Noé construyó paciente la barca. Aquiles no soportó la ira, pero su madre lo había hecho vulnerable. Cada reino tiene su historia, cada rey su tiempo y la gente espera el enlace. ¿Quién habrá de casarse con quién para que reine la paz y florezcan mayos, araguaneyes, cafetos y nomeolvides?

No sabemos quién vendrá, ni cuándo, ni qué noticias traerá. Ay, qué dolor.

 

 

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador del IVIC, profesor de la UCAB

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

 

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