Vivir sin ilusión

RCL les invita a leer a  Alicia Álamo Bartolomé.-

 

Una de las pérdidas más grandes de la humanidad contemporánea es su falta del sentido de pertenencia a una comunidad a la cual hay que sacar adelante con amor y empeño. La pérdida viene de lejos, sitúo su origen, su primer retoño -no sé si me equivoco, pues no soy sociólogo- en el paso de la Edad Media al Renacimiento.

 

Durante Edad Media y a pesar de su desequilibrio político-socio-económico (señores y vasallos, pobres y ricos), había una serie de pequeñas poblaciones estables donde sus ciudadanos, por un lado, no tenían la angustia de cambios políticos y, por otro, de conseguir los medios económicos para sobrevivir. Los pobres -los vasallos- siendo los más, tenían a cambio seguridad bajo el gobierno y protección casi paternal del señor feudal que, en torno a su castillo, mantenía una población de labradores, artesanos y soldados que vivían de su oficio y proveían a los castellanos. Estos oficios considerados menores, pero indispensables en cualquier sociedad, eran hereditarios, iban de padres a hijos, había familias de panaderos, carpinteros, herreros, etc., lo que aseguraba una profesión a la jóvenes generaciones, sin la angustia de escogerla ni de tener o no tener éxito. Estas actividades servían de talleres para el aprendizaje de los oficios, con sus maestros curtidos en éstos a la cabeza. Eran escuelas de responsabilidad, perfección laboral, amor al trabajo, orgullo profesional y, si se quiere, hasta orgullo de clase.

 

¿Pero acaso no había la ilusión de ser otra cosa que el heredero de un oficio familiar? Seguramente que sí. Habría quien soñara con un cambio,  ser más importante, reconocido y más  de uno tendría el valor de escapar de la seguridad de su terruño en busca de la aventura de vivir. Es impronta de la cultura occidental cristiana salir a la conquista, lo cual se va a desbordar a partir del Renacimiento, cuando el hombre redescubre al hombre al volver la vista y el interés al pospuesto mundo greco-romano. La sociedad teocéntrica fundada por el cristianismo va a ser reemplazada por una sociedad antropocéntrica y laica. Desde entonces, ¿ha sido más feliz la persona?

 

El Renacimiento trae al hombre ser por sí mismo, se libera de la seguridad feudal, donde era parte de un engranaje social y empieza el individuo libre, responsable de su propia vida, libre para escoger una profesión, destacarse y triunfar. Aparecen ya los nombres con apellidos que firman las obras de arte, se acaba el anonimato de los artistas y artesanos que construyeron la maravilla de las catedrales góticas. Esta individualidad tiene como consecuencia la competencia, la fama o la frustración. Y eso en todos los campos de la actividad humana.

 

Al mismo tiempo, se van consolidando los Estados nacionales, se trazan las fronteras, ya no hay libertad de ir de un lugar a otro, los pueblos aumentan demográficamente, aparecen las masas y el hombre se convierte en un número anónimo pero con ansias de salir de ese anonimato. No es  fácil, ni para todos, destacarse en una actividad. La consecuencia es la frustración de muchos y el sentimiento de soledad dentro de un mundo hostil. No es casual el nacimiento y el desarrollo de una ciencia en este último par de siglos: la psiquiatría. El hombre contemporáneo tiene el alma enferma. No es raro que en una sociedad tan competitiva y frustrante como la de Estados Unidos, salgan individuos de toda las edades, pero sobre todo adolescente inseguros ante el futuro, a armar tiroteo de trágicas consecuencias por el sólo afán de ser noticia.

 

Vuelvo la vista a un santo del siglo XIII cuya fiesta es hoy: San Luis, rey de Francia, IX de su estirpe, medio español porque su madre era Blanca de Castilla, quien lo educó en la fe católica, inculcándole profundos valores y modelos de conducta que el rey siempre practicó. Fue un gran monarca, enérgico, justo y caritativo, quizás fue el último señor feudal y no defraudó a su pueblo. Dicen que se le veía la santidad. ¡Ah, si los gobernantes actuales del mundo y de nuestra patria supieran ser lo que representan ante Dios y la sociedad! Servidores públicos a la orden del pueblo para enrumbarlo hacia la justicia, el progreso y la paz. No esos ambiciosos de dinero y poder, asesinos de la ilusión en el alma de sus conciudadanos.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo no será publicada.


*