La misión evangelizadora de la Iglesia en tiempos de cambios

Fr. Luis Alberto Nahuelanca, OFM: «Francisco ha querido que octubre de 2019 fuese un especial tiempo de revitalización de la conciencia misionera».

Estamos viviendo un tiempo providencial. Es un tiempo en que la Iglesia se abre al llamado de una renovación profunda de su vocación discipular, misionera y profética. El santo papa peregrino lo dijo con insistencia y sabiduría pastoral: “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” [1]. Esta renovada conciencia de su misionariedad está dada también por la autocomprensión que ella misma ha ido teniendo a partir de la profundización de su propia identidad como Pueblo de Dios siempre en camino.

El Concilio Vaticano II, gran acontecimiento del Espíritu, mostró el horizonte más esencial de la consagración bautismal del discípulo: el bautizado es misionero por naturaleza [2]. Él encuentra la fuente y el origen de todo su dinamismo evangelizador en la fuerza desbordante del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo [3]. “El amor es y sigue siendo la fuerza de la misión y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender” [4], no se cansó de proclamar el santo papa de la Nueva Evangelización.

Francisco ha querido que el 2019, durante el mes de octubre, fuese un especial tiempo de revitalización de la conciencia misionera universal de la Iglesia, al cumplirse los 100 años de la inolvidable Carta Apostólica Maximum illud, del Papa Benedicto XV (1919), escrita en un contexto de inmensa crisis en la sociedad y en la Iglesia, por las nefastas consecuencias que dejó la Primera Guerra Mundial. El clamor misionero del Papa Benedicto hizo volver a los cristianos a su vocación más esencial: llevar el Evangelio a todos, con la santidad de la vida y las buenas obras. La crisis de la sociedad actual y la que vive nuestra Iglesia no es tan distinta a la vivida en los comienzos del siglo XX. De allí, que en este tiempo, el Papa Francisco quiere “despertar aún más la conciencia misionera de la missio ad gentes y retomar con un nuevo impulso la transformación misionera de la vida y de la pastoral” [5].

La Iglesia en Chile, ciertamente, no desaprovechará este tiempo especial de gracia misionera; se dispondrá para acoger con mucha fidelidad, según la realidad que vive, los objetivos planteados por el Papa Francisco en su ya citada Carta: “Que el mes misionero extraordinario sea un tiempo de gracia intensa y fecunda para promover iniciativas e intensificar de manera especial la oración —alma de toda misión—, el anuncio del Evangelio, la reflexión bíblica y teológica sobre la misión, las obras de caridad cristiana y las acciones concretas de colaboración y de solidaridad entre las Iglesias, de modo que se avive el entusiasmo misionero y nunca nos lo roben”.

Los tiempos actuales: nuevas oportunidades para el Evangelio y la evangelización

Los padres conciliares, con la fuerza de la profecía, hablaron al Pueblo de Dios y lo invitaron a discernir los “signos de los tiempos”, a escuchar las voces de la historia en la cual él se hace compañero de viaje y de camino en medio de los pueblos de la tierra; a fin de pasar de la condenación a la acogida; de la apología a la apertura dialogal; de la cerrazón al discernimiento crítico de las nuevas situaciones históricas; de la mirada desconfiada y pesimista del mundo a la contemplación de las “semillas del Verbo” presente en él, con sus esperanzadores brotes, en la vida de los pueblos, sus culturas y religiones. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo [6]. Aquí reside el fundamento del diálogo con el mundo actual.

El Concilio habló también de un “nuevo período de la historia”, en el cual la Iglesia se hace compañera de ruta con aquellos que buscan ser protagonistas de una historia que se construye con la fuerza de la imaginación y la creatividad humana: “el género humano se halla hoy en un período nuevo en su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero” [7].

El Papa Benedicto XVI, en su viaje apostólico a Portugal el año 2010, habló de los nuevos retos de la cultura actual que desafían la obra evangelizadora de la Iglesia: “En estos últimos años, ha cambiado el panorama antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad; hoy la Iglesia está llamada a afrontar nuevos retos y está preparada para dialogar con culturas y religiones diversas, intentando construir, con todos los hombres de buena voluntad, la convivencia pacífica de los pueblos. El campo de la misión ad gentes se presenta hoy notablemente dilatado y no definible solamente en base a consideraciones geográficas; efectivamente, nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios” [8]. Este es el tiempo de los “nuevos éxodos”. No hay seguimiento fiel a Jesucristo sin éxodos audaces de nuevos caminos misioneros. El mandato misionero tiene validez permanente y reclama de los discípulos disponibilidad y renovada pasión por el Reino.

Desde la perspectiva latinoamericana y caribeña, igualmente, los obispos reunidos en la V Conferencia de “Aparecida” (2007), hablaron de los cambios epocales [9] que están generando una verdadera transformación en la radiografía humana, social, cultural y religiosa en nuestro continente, lo cual pide un profundo discernimiento a los discípulos misioneros y sus respectivas comunidades locales de pertenencia, a fin de escuchar lo que el Espíritu dice a las Iglesias (Ap 2,11) en esta hora actual de la misión.

Los nuevos areópagos. Los desafíos de la inculturación del Evangelio

El Papa Juan Pablo II, en su ya citada encíclica misionera Redemptoris missio [10] ha regalado al lenguaje y a la reflexión misionológica contemporánea el concepto “nuevos areópagos”, aludiendo al pasaje de Hch 17,16-34, en el cual se narra el gran acontecimiento misionero de san Pablo en el corazón del areópago de Atenas; un lugar de gran significación cultural para los griegos, dado el papel que esta institución desempeñaba en su tiempo. Se trataba de un lugar de encuentro, de debate, de discusión y de toma de decisiones importantes para la vida de la polis. “En el areópago las novedades eran escuchadas, los problemas eran debatidos y las opciones eran asumidas por el conjunto de la población con derechos civiles. La vida entera de la ciudad pasaba por el areópago, pues en él se establecían y andaban las relaciones, y por ello del areópago procedían los dinamismos que iban a determinar la vida cotidiana” [11].

Al abordar este tema, nuevo y provocativo, en el contexto de la evangelización misional, se asume que la misión no solo se desarrolla considerando criterios meramente geográficos, como se la había entendido por siglos, sino que hoy intervienen en el escenario del mundo otras situaciones que debemos atender y de las cuales debemos hacernos cargo, porque son también destinatarias de la tarea evangelizadora de la Iglesia; se trata de nuevas situaciones históricas o ámbitos de orden sociológico y cultural, lo cual comporta en la vida de los discípulos de Jesús una “nueva conversión misionera”: pasar de la exclusiva territorialidad al mundo de las “nuevas situaciones” que reclaman una nueva manera de evangelizar, nuevos métodos y nuevos lenguajes. Son las “nuevas orillas”, las “nuevas periferias”, que deben cruzar y transitar con valentía los evangelizadores de la hora actual, al más puro estilo de san Pablo, el evangelizador de los gentiles, como nos pide el Papa Francisco.

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Altar de la pasión, Concepción, en la Provincia de Chiquitos, Bolivia. © Willy Kenning, en “Las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, la utopía perdura”. Kenning Producciones, Santa Cruz de la Sierra, 2014, p.23.

Ante esta realidad del mundo caracterizada por lo multicultural, multiétnico y plurirreligioso, los cristianos están interpelados a “comprender el momento en que nos encontramos, aceptarlo y, desde él, configurar activamente el futuro. La Iglesia entera debe hacer un esfuerzo. Hablando bíblicamente, hemos de aceptar y configurar el momento presente como kairós, como tiempo que nos es dado por Dios” [12], como bien lo expresa el teólogo y ecumenista Walter Kasper al hablar de los desafíos de la hora actual de la evangelización.

Comprender el mundo significa para un cristiano, consciente de su tarea evangelizadora, preguntarse sobre el modo de ser y estar allí en la conflictividad de lo real y en la pasión de las nuevas búsquedas que marcan el ritmo y el rumbo de las nuevas sensibilidades antropológico-culturales. Hacernos cargo de esta tarea comporta interrogarnos, en términos personales y eclesiales, para “tomar el pulso” a la consistencia de nuestro propio compromiso de cara al “tiempo de Dios” que está ante nuestros ojos: “¿No nos hemos acostumbrado quizás demasiado en nuestras parroquias y comunidades? ¿No giramos demasiado en torno a nosotros mismos? ¿Existe entre nosotros pasión misionera, esto es, voluntad de crecer en vez de disminuir? ¿Nos interesan realmente los otros, los que están fuera? ¿Tenemos todavía el valor de interpelar a los demás en lo relativo a la fe, o es que ya no estamos convencidos de nuestra causa y, por eso, no arriesgamos nada?” [13].

La Iglesia asume como actitud fundamental de su misión evangelizadora en el mundo el diálogo, entendido como “este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad” [14]; ella debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. Ella se hace palabra; se hace mensaje; se hace coloquio, siendo muy coherente con las propias tradiciones y convicciones religiosas y con apertura para comprender las del otro, con actitud de verdad, humildad y lealtad, con la clara convicción de que el diálogo puede enriquecer a cada uno, ciertamente, sin ningún tipo de abdicación e irenismo, superando al mismo tiempo los prejuicios, intolerancias y malentendidos, a fin que se pueda encontrar un testimonio común y recíproco en el camino de búsqueda de la experiencia religiosa [15].

El diálogo se ha definido como un impulso interior de caridad, en palabras de Pablo VI. Entabla relaciones significativas con los otros, valorando la riqueza única y exclusiva de cada persona. Esto implica una disponibilidad espiritual de los misioneros y sus comunidades locales a vivir un proceso permanente de conversión y purificación, con docilidad al Espíritu, que apunte al abandono de toda idea equivocada, que pueda ser un obstáculo para dialogar, evitando, especialmente, toda actitud proselitista y dominante, renunciando a todo espíritu de superioridad y grandeza. La convivialidad en el camino de la misión reclama siempre un encuentro dialogal que hoy asume múltiples formas y expresiones, desde el llamado “diálogo de la vida”, en donde los creyentes comparten y atestiguan unos a otros en la existencia cotidiana sus propios valores humanos y espirituales para edificar un mundo más fraterno, pacífico y justo, hasta los conocidos encuentros de intercambios de expertos con representantes oficiales de sus respectivas pertenencias religiosas [16]Hoy día nuestra misión reclama profundizar nuestra capacidad de diálogo de comunión (al interior de la Iglesia), ecuménico (con hermanos de las otras Iglesias Cristianas) e interreligioso (con los hermanos de otras confesiones religiosas). “El diálogo es un camino para el Reino y seguramente dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos los tiene fijados el Padre” [17].

Hacia el horizonte de lo más esencial

La Carta Magna de la Evangelización, Evangelii nuntiandi (1975), subrayó con suma claridad que la “evangelización” no es un aspecto parcial de la actividad eclesial de la vida de los cristianos en el mundo; al contrario, constituye ella la vitalidad de la Iglesia, su referente más esencial, sin el cual perdería toda credibilidad. La Iglesia no tiene razón de ser en sí misma; ella existe para evangelizar y con san Pablo puede decir con humildad:

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Altar lateral de iglesia de Volipulli, Chiloé. Región de los Lagos, Chile. ©Luis Poirot

“Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizare! (1Cor 9,16). La Iglesia no tiene una misión… la misión de Cristo tiene una Iglesia.

Esta “misión esencial” lo expresa claramente la reflexión misionológica del Papa Pablo VI, en su ya citada Exhortación Apostólica, cuando afirma: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar…” [18]. Cuando la Iglesia pierde este horizonte esencial, de vivir para y por el Evangelio, ella se torna autorreferencial. Su vida ya no es el Evangelio y su dicha la evangelización; si ella comienza a vivir para sí, en sí y por sí, comienza a existir en el horizonte de la “mundanidad”, peligro que ya advertía el teólogo conciliar De Lubac y por lo mismo el Papa Francisco vuelve proféticamente a denunciar [19]. Sin la misión, la Iglesia pierde su esencia; pierde aquella dinámica “de éxodo y de don, del salir de sí, de caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá” [20].

Hoy es claro percibir una Iglesia que despierta la sospecha de preocuparse solo de administrar, preservar y conservar, con la mayor eficacia posible, su propia estructuralidad de poder e influencia en los ámbitos de la secularidad, lo que no permite abrigar perspectivas de futuro. De ahí que sea incapaz de suscitar gran interés, y su presencia en el mundo pierda progresivamente significatividad y fuerza profética; su palabra ya no abre brecha en el corazón de los hombres y mujeres del mundo. En este mismo sentido, son iluminadoras las palabras del teólogo Kasper, testigo fiel del camino conciliar y posconciliar de renovación de la Iglesia:

Solo una Iglesia colmada del Espíritu es capaz de misionar. Pero una Iglesia movida por el Espíritu de Dios no puede por menos de salir de sí misma y dar testimonio del Evangelio al mundo entero. Su preocupación nunca puede limitarse a su propia conservación y mantenimiento del statu quo. ¡Una Iglesia que dejara de tener presente el mandato de evangelizar y no sintiera el impulso de hacerlo no sería ya la Iglesia de Jesucristo! [21]

En palabras del Papa Francisco, sería una simple ONG.

Volver al horizonte de la evangelización es condición fundamental para la vitalidad y renovación de la Iglesia, si ella de verdad desea conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio con credibilidad.

Juan Pablo II, con la fuerza misionológica de su magisterio, hablando de la renovación de la fe y de la vida cristiana, ya lo afirmaba: “La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” [22].

La Iglesia, “como comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor” [23]En una palabra, la Iglesia evangelizadora necesita ser siempre evangelizada. No podrá evangelizar creíblemente el mundo si no se evangeliza a través de una permanente conversión y una constante renovación. Volver a lo esencial es un requerimiento para su misma vida.

Volver al Evangelio

¿Qué significa volver a lo esencial? Significa volver nuevamente a comenzar desde Cristo; esto comporta para los cristianos volver fielmente al corazón del Evangelio. De esto san Francisco de Asís es un gran maestro. Su programa de vida fue “reconstruir la Iglesia” haciéndola volver a la “gracia de los orígenes”, a las fuentes mismas de la espiritualidad cristiana, único antídoto a su propio derrumbamiento, con una vida pobre, menor y fraterna, al más puro estilo de Cristo pobre y crucificado, con el cual quiso identificarse total y fielmente. “No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” [24].

Cuando hablamos de recomenzar desde Cristo, como condición esencial para la eficacia de una evangelización nueva y verdadera, no significa ante todo una cuestión de métodos, como por ejemplo: nuevos medios de comunicación social y nuevas técnicas; aplicación de nuevas teorías sociológicas, sicológicas y pedagógicas; teorías de marketing o de “reingenierías” de estructuras eclesiásticas y organizacionales. El quid no está aquí. Esto ya lo advirtió el Papa Juan Pablo II, hablando de la necesidad de un “nuevo anhelo de santidad” para la fecundidad misionera de la Iglesia: “No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo “anhelo de santidad” entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” [25]. Este es el foco de atención hoy. Evangelizar eficazmente comporta santidad fraterna y eclesial. El punto neurálgico está en cómo el Evangelio es vida para no-sotros; qué significa acogerlo, encarnarlo y testimoniarlo; qué comporta contagiar “Evangelio vivido” hoy. ¿Hay condiciones de posibilidad en nosotros para que este Evangelio sea nuevamente propuesto como fuente de felicidad y de respuesta a preguntas de sentido para muchos y muchas hoy? ¿Hay en nosotros capacidad de propuesta de nuevos proyectos de vida evangélica que seduzcan a muchos jóvenes sedientos de caminos audaces a recorrer? Igualmente, cuando Pablo VI convocó al Sínodo de los Obispos de 1974, el cual tuvo como tema “La Evangelización de la Iglesia en el mundo moderno”, se hizo tres acuciantes preguntas, las cuales fueron gravitantes en toda la dinámica del desarrollo del sínodo y lo siguen siendo para nosotros hoy:

“¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia de los hombres?; ¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre hoy?; ¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?”, y dirigiéndose a la Iglesia, Pablo VI se preguntaba: “¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?” [26].

Volver a lo esencial significa darnos cuenta de que no somos agentes de una doctrina, ni guardianes celosos de “teologías perennes” o de dogmas desalmados; ni tampoco meros agentes de un engranaje institucional, necesarios para su eficaz funcionamiento o su sobrevivencia en el tiempo. Somos, ante todo, testigos de un acontecimiento de salvación, discípulos seducidos por la sabiduría de un Maestro, obreros incansables de un Reino de verdad, de justicia y de paz. Esto es lo que da credibilidad a nuestra evangelización:

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Altar lateral. Imágenes coloniales de Santa Bárbara y San Roque. Belén. Región de Arica y Parinacota, Chile. ©Max Donoso

“El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los apóstoles: ‘Lo que contemplamos… acerca de la Palabra de vida…, os lo anunciamos’ (1Jn 1,1-3)” [27]. Benedicto XVI, en su viaje a Alemania en el 2006, hablando a los cristianos católicos, dijo: “Sea como fuere, evangelizar no significa solo enseñar una doctrina, sino anunciar al Señor Jesús con palabras y hechos, esto es, convertirse en instrumento de su presencia y acción en el mundo”. Nadie anuncia lo que jamás ha vivido y atestiguado. La hora actual es la hora de los testigos. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio” [28]. Este es el mayor desafío hoy: la significatividad de nuestra presencia cristiana en el mundo. ¿Qué fuerza de atracción tiene nuestra vida y nuestro mensaje hoy?

Una nueva fase evangelizadora

La Iglesia de esta nueva fase evangelizadora que el Papa Francisco quiere que llevemos adelante, reclama de nosotros discípulos misioneros una nueva manera de ser Iglesia marcada por actitudes fundamentales como la alegría, la misericordia, el diálogo, la escucha, el encuentro, el éxodo, la parresía, el fervor, la esperanza, la amabilidad.

Con estas actitudes emprendemos la salida misionera llevando la propuesta del Evangelio de manera sencilla, profunda e irradiante, como una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia aquel que se marchó de ella, hacia el indiferente. Muchas veces el que se fue de la Iglesia no lo hizo por razones doctrinales, sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos, sino metodológicos de nuestra Iglesia [29]. La cercanía afectuosa es el déficit humano que muchas veces nuestra gente hace saber de quienes estamos en las comunidades. No olvidemos: “se atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. La dulzura, el amor, la amabilidad son los preámbulos de toda evangelización.

Esta nueva fase evangelizadora marcada por estas actitudes fundamentales en la vida del evangelizador se sustenta en cinco principios o pilares fundamentales [30].

1. PRIMEREAR: Porque hemos sido amados primero por el Dios de la Vida, los discípulos misioneros debemos saber adelantarnos, a tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Porque hemos sido amados primero sentimos la urgencia de brindar misericordia.

2. INVOLUCRAR: Como Iglesia que se adelanta a salir al encuentro de las personas, también ella no pierde la ocasión de involucrarse en la realidad cotidiana de la gente, como Jesús lo hizo, que se abajó hasta lavar los pies a sus discípulos. Hoy estamos llamados a tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo.

3. ACOMPAÑAR: Cuando nos involucramos en el camino cotidiano de la gente podemos sentirnos compañeros de camino en esa larga travesía de la vida y de la fe; de las luchas cotidianas, especialmente de los pobres y excluidos. Acompañar procesos humanos es hoy una gran tarea misionera, por más duros y prolongados que ellos sean. Esto implica saber esperar, saber ser pacientes y así evitar maltratar límites. Qué importante es tener aguante apostólico.

4. FRUCTIFICAR: Como comunidad misionera debemos estar atentos a los frutos que la siembra de Dios va produciendo. El Señor nos quiere una Comunidad fructífera, con un vientre fecundo… Esta fecundidad pasa necesariamente por la donación de la propia vida. Los misioneros no podemos olvidar nunca que la expresión más alta de santidad misionera es el martirio.

5. CELEBRAR: La comunidad expresa su vitalidad misionera en su fuerza celebrativa. Allí ella manifesta sus pequeñas y grandes victorias; celebra cada pequeño o gran paso adelante en la evangelización. Necesitamos llevar adelante una evangelización gozosa, celebrativa, atrayente; así la Iglesia evangeliza y se evangeliza ella misma con la belleza celebrativa de la liturgia de la vida y de la fe.

Estos son los cinco pilares de la Iglesia que el Papa Francisco sueña en esta nueva fase evangelizadora. No se trata de una cuestión metodológica o programática; se trata de un nuevo estilo, de una nueva mentalidad y sensibilidad; de un nuevo modo de vivir nuestro discipulado misionero.

Termino con estas palabras del Papa Francisco. “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la preservación” [31]. “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” [32]


Notas

[1] San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio. Roma, 1990, n. 2 (en adelante RM).
[2] Cf. Concilio Vaticano II. Ad Gentes Divinitus. Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Roma, 7 diciembre 1965, n. 2. En adelante AG..
[3] Cf. AG nn. 2-9
[4] RM n.60.
[5] Carta del Papa Francisco con ocasión del Centenario de la Promulgación de la Carta Apostólica Maximum illud 1919-2019.
[6] Cf. Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, Roma, 1965, n. 1 (en adelante GS).
[7] GS n.4.
[8] Benedicto XVI. Homilía en la Eucaristía con motivo de la celebración del X Aniversario de la Beatificación de Jacinta y Francisco, pastorcillos de Fátima. Oporto, Portugal, 14 de mayo 2010.
[9] Cf. CELAM. V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, Aparecida. 2007, nn. 33-100.
[10] Cf. RM n. 37c.
[11] Cf. Bueno De La Fuente, E., Areópagos modernos. En: Diccionario de Misionología y Animación Misionera. Burgos, España, 2003, p. 98.
[12] Kasper, W., La Nueva Evangelización: un desafío pastoral, teológico y espiritual. En: Augustin, G. (ed.). El desafío de la nueva evangelización. Sal Terrae, Santander, 2012, p. 22.
[13] Kasper, W., op. cit., p. 25.
[14] San Pablo VI. Ecclesiam Suam, 1964, nn. 27-28.
[15] Cf. RM nn. 56-57.
[16] Cf. RM n. 57.
[17] RM n. 57.
[18] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. Roma, 1978, n. 14 (en adelante EN).
[19] Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium. Roma, 2013, n. 93-97 (en adelante EG). 
[20] EG n. 21.
[21] Kasper, W., La nueva evangelización… p. 29.
[22] RM n. 2.
[23] EN n. 15.
[24] EN n. 22.
[25] RM n. 90.
[26] EN n. 4.
[27] RM n. 91.
[28] EN n. 41. Hace referencia al Discurso del Papa Pablo VI a los Miembros del Consilium de Laicis, el 2 de octubre de 1974. En este mismo número, referido al testimonio de vida, Pablo VI afirma: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra: de santidad”.
[29] DA n. 225.
[30] EG n. 24.
[31] EG n. 27.
[32] EG n. 273.
Foto de portada: Altar lateral de la iglesia San Antonio de Padua, en Córdova, Nuevo México. La Virgen de los Dolores, en el centro, viste colores inusualmente brillantes. Su falda, con sus decoraciones en forma de moneda, imita el vestido de Nuestra Señora de Begoña, patrona de la provincia vasca de Bilbao, cuya imagen era conocida en Nuevo México. A su derecha está San José, sin la figura del Niño Jesús que alguna vez sostuvo. A la izquierda hay una versión tallada de la querida imagen mexicana de Nuestra Señora de Guadalupe. ©David Wikely, texto de N. Scott Momaday en “A Sense of Mission. Historic Churches of the Southwest”. Chronicle Books LLC, California, 1994, p.60