Alzo mi voz a favor de las mascotas

RCL les invita a leer a Marielena Mestas Pérez;

Jamás he podido olvidar el asombro que experimentaba, cuando niña, al llegar con mi papá a un taller mecánico o un estacionamiento y percibía cómo había uno o más perros en un entorno que no me parecía el más adecuado: grasa en el piso y poca luz eran frecuentes. La delgadez y escaso afecto prodigado a los animales también se advertía. Obviamente, dichos perros no estaban allí por compañía sino para que vigilaran el local. Que se les asignara el oficio de cuidar y además no le proporcionaran el trato adecuado para su sano desarrollo era, y creo que lo sigue siendo, muy común. Hoy día prefiero no atormentarme con preguntas como: ¿los llevarían anualmente al veterinario? ¿Tendrían el imprescindible control de vacunas? ¿Era adecuada su alimentación?

Todo esto viene, indudablemente, porque mis hermanos y yo tuvimos una niñez privilegiada, ya que nuestros padres y otros familiares cercanos nos inculcaron sensibilidad por la naturaleza y nos dieron permanente ejemplo de su pasión por ella. Fue permanente su gusto por observar atentamente el entorno natural y también ambos fueron muy cuidadosos y responsables al enseñarnos que jamás se debía maltratar un ser vivo. Una persona, una planta o un animal debían ser respetados y atendidos con buenas y sanas actitudes.

Recuerdo que fuimos favorecidos con la dicha de tener varias fincas sembradas con frutales diversos y con animales como gallinas, patos, pavos, reses y nuestros favoritos: un mono y un venado. Todo este entorno fue disfrutado con los primos y también con algunos amigos de infancia y han quedado en nuestra memoria las más bellas y agradables anécdotas.

También en nuestro hogar nos deleitamos, desde pequeños, con aves diversas como loros, tucanes, ninfas y turpiales, además de nuestras infaltables mascotas: los perros. Todo esto generó en mis hermanos y en mí una satisfacción permanente,  porque las mascotas hacen la vida más grata con su lealtad y afecto. Pero, sin duda, también favoreció que desarrolláramos un gran sentido de responsabilidad: una mascota no solo es un gran compañero de juegos sino un ser vivo que, como las plantas, necesitan ser atendidos regularmente.

Con frecuencia escuchamos decir cómo la vida doméstica se llena de alegría y entusiasmo cuando llega un perro, un gato, algún ave, hámster o tortuga, por mencionar solo algunos de los animales de compañía más comunes. Sabemos que existen otros más exóticos y hasta extraños conviviendo en el entorno hogareño. Pues agua, alimento, baño frecuente, desparasitante, vitaminas, vacunas y un área adecuada, además de mantener limpio su entorno, son algunas de los deberes que deben tenerse muy presentes cuando se compra o se adopta a ese ser vivo.

Dicho lo anterior, quiero hacer un llamado de atención a las personas que están abandonando a sus mascotas por no poderlas mantener o porque han optado por emigrar. Comprendo que mantener un animal es cada día más costoso y también entiendo a quienes deben marcharse del país, pero debo alzar mi voz a favor de las mascotas que cada día aparecen deambulando por las autopistas, panaderías y demás locales comerciales y calles en general.

Respecto a quienes emigran es comprensible que no todos tienen la posibilidad económica de llevar consigo a sus perros y gatos, eso no lo discuto, pero sí les pido mantener inalterado, hasta el último minuto, el compromiso que adquirieron con ellos cuando fueron adquiridos: no es justo, ni sano, ni ejemplar, ni habla para nada de responsabilidad con la vida abandonar a su suerte a quienes tanto amor y lealtad han prodigado. Tarde o temprano ese peso quedará en la conciencia de quien eche a la calle a una mascota, porque se va del país o porque la comida subió de precio y ya no lo puede mantener. Existen centros de adopción, hogares temporales, grupos de rescate, centros veterinarios y personas sensibles y comprometidas que están dispuestas a recibirlos. Es cuestión de organizar la búsqueda con tiempo y recurriendo a quienes están dispuestos a colaborar.

Por solo compartir algunos ejemplo, comento que un año atrás mis primos Mariella y Julio adoptaron a dos perritas mestizas que habían sido abandonadas. Llegaron gracias a una asociación para la protección de animales, que las rescató y se las entregó a mis familiares luego de muchas preguntas y recomendaciones. Los cuatro, las mascotas y mis primos, no pueden estar más felices.

Por otra parte, y esto fue más reciente, otros familiares, esos sobrinos que te regala la vida,  también emigraron y no pudieron llevarse consigo a Yellow, su mascota: una perrita poodle cercana a los 16 años de vida. Como no resistiría la altura durante el viaje a Chile, por protegerla, tuvieron que tomar la decisión de dejarla y dedicaron mucho tiempo a buscar una familia idónea, sentible y responsable para adoptarla.

Hace ya un tiempo mi primo Ángel y su familia partieron rumbo a Costa Rica y pudieron llevarse a su perrita Brandy. No obstante, como no podían viajar con el par de loritos de la especie agaponis, se dedicaron a buscarles un hogar y los tengo conmigo. La alegría que recibo de ellos diariamente es indescriptible y mi compromiso con ellos es permanente.

Insisto en que adquirir una mascota es un acto de sensibilidad y amor por la creación y también tiene que ser un acto de responsabilidad, sentido común y compromiso permanentes que incluye vigilar que esa mascota tenga calidad de vida y también que los niños de la familia desarrollen ese gusto y respeto por la naturaleza. Más allá de las circunstancias el ejemplo, las palabras, el compromiso y el amoroso cuidado deben ser para siempre.-