Cecilio Acosta y los pasos de Semana Santa (2/2)

 

La devoción al Nazareno es una de las más extendidas en Venezuela. Cuántos penitentes, cubiertos con túnicas moradas o incluso cargando leños atados en forma de cruz, amarradas las muñecas, descalzos o incluso de rodillas con cirios en las manos, acompañan el paso de Semana Santa, a Cristo vivo y sangrante ya coronado de espinas y vestido con un traje de mofa en la conmemoración de su pasión. Los nazarenos de san Pablo, en Caracas, y el de Achaguas, en el estado Apure, son de los más famosos en Venezuela; pero cada región, cada pueblo, cada parroquia eclesiástica incluso tiene una devoción por su imagen (“la más bonita”, “la más milagrosa” en el imaginario popular).

Las procesiones del Nazareno son de las más concurridas, junto a las del santo Sepulcro. Desde San Diego de Los Altos y Carrizal hasta Ciudad Bolívar y Maracaibo, sin olvidar a San Casimiro en Aragua ni a los pueblos de la Costa, el Nazareno peregrina por las calles y el corazón de las gentes, de sus devotos, grandes y chicos, hombres y mujeres. Al Nazareno se le ofrendan las más bellas orquídeas de una tierra y unos espíritus que claman por su ayuda y bendiciones.

En el hermoso texto de carácter místico que lleva por título “El Nazareno de San Pablo”, Cecilio Acosta escribe: “Ese que ves estampado, cristiano lector, es el propio que nació sobre humildes pajas en Belén, y había de inundar con su luz el universo. // Nada más grande tiene la historia en sus anales. Figúrate a San Pedro, carácter rústico en maneras, en viaje de las orillas del mar de Galilea, con sus sandalias, su bordón en la mano y su sencillez de campesino; que tú le encuentras en el tránsito, que le preguntas a dónde va, y que él te contesta: voy a la capital del mundo a hacer variar de manera de pensar a ciento veinte millones de almas, a quebrar el cetro a los Césares en sus propias manos, a hacer callar las sibilas, a echar abajo el Capitolio…” (Obras, V, 337-338). Y continúa don Cecilio hablando por Cristo, o Cristo a través de don Cecilio, que la nueva religión cristiana, bajo la conducción de Pedro, primer pontífice, “logre que las naciones todas vuelvan la vista a mí y a mis sucesores para encontrar la luz y practicar la justicia” (Obras, V, 338). Por cierto, el autor habla de “sencillez de campesino” en vez de “sencillez de pescador”. Acaso reminiscencia y, a la vez, retrato de su lar nativo en las montañas de Los Altos.

Resuenan esas palabras del humanista venezolano interpretando al Nazareno ensangrentado y sudoroso, camino del monte de la Calavera: voy “a quebrar el cetro a los Césares en sus propias manos, a hacer callar las sibilas, a echar abajo el Capitolio” (Obras, V, 338). Acosta, sabiamente, apuntaba en aquella Venezuela sometida a la autocracia la finitud del poder humano y sus crueldades. Nada es para siempre o, como dice la sabiduría popular, “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante”.

Postrado ante el Nazareno de san Pablo, don Cecilio dice y nos dice: “Hele ahí, cristiano, va cargando con el peso de nuestros pecados, va al calvario a consumar la redención, clavado en la misma cruz que lleva; y sin embargo esa víctima propiciatoria es nada menos que el Hijo de Dios, que se ofrece Él mismo en sacrificio. // Desde este acto sublime en que nuestro Señor empeñó su grandeza y sus dolores para rescatarnos de su mancha original, el mundo cambió de faz: se fueron las tinieblas, se fue el error, cayeron sobre su pedestal mismo los ídolos del Imperio romano, y los césares tuvieron que abjurar su superstición y abrazar la religión del Galileo” (Obras, V, 337).

Con un juicio que es no solo histórico sino profético, Cecilio Acosta señala que el evangelio de Cristo es la revolución más importante de la humanidad, la verdadera revolución: la del amor y la caridad, no las basadas en el odio y la persecución como medios para instaurar una idea de justicia y bienestar y, menos aún, cuando se hace como los fundamentalistas de cualquier religión: en nombre de Dios.

El Nazareno sigue por sus calles y el pueblo canta a su paso: “perdónanos, Señor”, un plural inclusivo de primera persona que también puede entenderse como “perdónalos”: perdona a cuantos se aferran a la sujeción y la injusticia.

 

Nota: las citas corresponden a las Obras de Cecilio Acosta en cinco volúmenes (Caracas, Empresa El Cojo, 1908-1909). La acentuación ha sido actualizada.

 

Horacio Biord Castillo

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

 

Publicado en la columna “Voces de la Academia” de la Academia de la Historia del estado Miranda, junto con la primera parte, en la edición electrónica de La Región el lunes 23 de abril de 2018: http://www.diariolaregion.net/2018/04/23/voces-de-la-academia-cecilio-acosta-y-los-pasos-de-semana-santa/

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