Liebres, avestruces y cunaguaros: política y sociedad en Venezuela

RCL les invita a leer a Horacio Biord Castillo.-

Tío Conejo y Tío Tigre son personajes muy arraigados en el imaginario social venezolano y latinoamericano. Tío Conejo emblematiza el lado perspicaz e ingenioso de las personas. Axel Capriles, con la agudeza que lo caracteriza, ha hecho un formidable análisis de cómo el arquetipo de Tío Conejo se manifiesta en muchas conductas del venezolano que, no obstante generar beneficios individuales, afectan terriblemente la vida colectiva del país.

Observar y sufrir la lentitud del transporte público y la depresión que ello causa entre los ciudadanos en lugares como Caracas, San Antonio de Los Altos, Los Teques, La Victoria, Maracay, Valencia y La Guaira me ha llevado a reflexionar sobre los sentimientos que encierran esas formas arquetipales. Cual libro abierto de contenido un tanto hermético, la observación participativa mientras esperaba, en una céntrica avenida de Valencia, un autobús que nunca llegó me hizo preguntarme de dónde venimos. Era una manera de vislumbrar hacia dónde pudiéramos ir y cómo llegar a un mejor destino común.

Ante los crecientes problemas del país, la viveza de Tío Conejo pareciera avivarse en unos casos y en otros adormecerse en medio de las vicisitudes y circunstancias actuales. A pesar de la enorme crisis socioeconómica y política que nos ahoga, un elevado número de venezolanos continúa indiferente a la posibilidad de un cambio. Muchos compatriotas, en tanto que titulares de la soberanía popular, a la hora de manifestarse a través del voto terminan apoyando un estado de cosas semejante al caos y la inviabilidad absoluta, camuflado con la simplona caracterización de consecuencias de la “guerra económica”. Lo que se ha dado en llamar el “chavismo emotivo” implica una franca y, a veces, incauta identificación con el actual régimen, sus postulados programáticos y acciones proselitistas; pero no es solo producto de la ingenuidad de Tío Tigre. Existen niveles de satisfacción material e identificación discursiva que no se pueden obviar. Todo ello configura un reto político de enormes proporciones para quienes aspiramos a una sociedad más justa y próspera.

¿Cómo es posible, cabe preguntarse, que amplios sectores sociales sigan apoyando a un gobierno que ha violentado la legalidad, ha sumido al país todo en una grave crisis no solo económica sino social, política e institucional, además del tinte autoritario que acompaña al fuerte componente populista?

Más allá de la propaganda oficial, del ventajismo y las irregularidades de los procesos comiciales durante los últimos veinte años, el chavismo sigue siendo un movimiento y un sentimiento importantes en el país. De no serlo, simplemente ni este gobierno ni el anterior se hubieran podido mantener. ¿Cuáles son las razones que explican esa permanencia, ese arraigo que ha posibilitado el uso del poder como un fin en sí mismo y permitido amplios márgenes de corrupción, clientelismo, persecución y cinismo político? ¿Estará una parte de la población imbuida del arquetipo de Tío Tigre en su dimensión de víctima de los engaños de Tío Conejo, es decir será demasiado ingenua como el felino de los cuentos populares? No hay una respuesta absoluta: ni sí, ni no.

Una hipótesis es que las liebres hayan aceptado dádivas y elogios a cambio de mudar la suave pelambre del astuto roedor por las manchas del jaguar y el cunaguaro: el cuento del pájaro en una jaula de oro, aunque la jaula en la Venezuela actual tenga pocos barnices dorados. Otra hipótesis tiene que ver con la posibilidad de que muchos ciudadanos no perciban la coyuntura terrible que atravesamos, distorsionada su percepción por las pequeñas compensaciones de carácter populista que han recibido del gobierno y, sobre todo, por el reconocimiento social que ha propiciado el discurso oficial sobre inclusión.

Al hablar de las compensaciones materiales, me vienen a la mente comunidades locales sin un pleno conocimiento de contextos y niveles de inclusividad más amplios. Esas comunidades ignoran amenazas y posibles soluciones estructurales. Tal desconocimiento las lleva a centrar sus aspiraciones en reivindicaciones menores y paliativos coyunturales (como un machete, un chinchorro, una caja de comida). La causa de una falta de perspectiva no es imputable, sin embargo, a quienes la padecen. Es el resultado de situaciones coloniales y de severas condiciones de exclusión e inequidades.

En un contexto de profundas asimetrías y desprecios sociales (como discriminación, racismo, marginación e invisibilidad), se ha fortalecido un discurso reivindicativo que mezcla evidencias auténticas y contundentes, premisas ciertas y justas, con verdades a medias, sesgos ideológicos y altas dosis de resentimiento social como pretendido antídoto contra históricas injusticias e inequidades. Así, la ingenuidad es solo relativa, porque también hay una sensación de reconocimiento y promoción.

Ese discurso enfatiza intenciones deslegitimadoras y pretensiones vengativas y justicieras, aunque la violencia no se corrige con violencia ni el dolor con más dolor. La deslegitimación puede entenderse con la famosa frase de Chávez, en febrero de 1999, al decir que juraba sobre la “moribunda” constitución de 1961. Por extensión, ese carácter no solo convocaba la irreverencia, sino que conllevaba la consideración de las instituciones republicanas fundamentadas en dicho texto fundamental como caducas y vencidas y, por tanto, susceptibles de ser irrespetadas sin imaginar el daño axiológico que se hacía.

El anhelo de hacer justicia semeja más una forma de venganza. Muchas disposiciones de la constitución de 1999 y su posterior manejo así lo evidencian, como los referendos revocatorios y la prohibición de censurar a funcionarios que proporcionen información a los ciudadanos sobre actuaciones que los involucren (art. 143). ¿Sería que el constituyente buscaba revocar presidentes depuestos o promover a funcionarios del pasado? No da la impresión de que fueran normas que se pretendieran aplicar o, en todo caso, se terminó sometiéndolas a una gran discrecionalidad y manipulación. No se olvide que Chávez tildó de traidores a la patria a quienes firmaron por el revocatorio de 2004.

La tácita aceptación, por parte del “chavismo emotivo”, de las ideas de deslegitimación y justicia vengativa contenidas en el discurso oficialista develan un hecho no siempre aceptado, al menos en sus más amplias y hasta paradójicas consecuencias e implicaciones. Me refiero, por una parte, a la existencia de condiciones objetivas para que se fortalecieran un discurso como el referido y una acción gubernamental como la realizada y, por otra, a los niveles de satisfacción por los logros obtenidos, sin evaluar su cuantía o sostenibilidad. Ello contribuye a explicar la existencia de tantos seguidores y defensores del oficialismo.

La búsqueda de soluciones para un país probablemente entrampado en segmentos que se ignoran (“oficialismo” y “oposición”), habida cuenta de la imposibilidad de llegar a acuerdos entre las partes, requiere de la construcción amplia de un proyecto social inclusivo que no solo convenza sino que sea aplicable. Tal proyecto debe considerar tanto las condiciones objetivas que llevaron al derrumbe de la “armonía democrática”, representada por la ilusión de la igualdad y la movilidad social que impulsó la economía rentista a partir de la década de 1930 pero que se detuvo con su crisis medio siglo después, como las aspiraciones de quienes se sienten favorecidos por el actual régimen.

Da la impresión de que, en Venezuela hoy, Tío Tigre y Tío Conejo intercambian papeles en un juego de intereses y estrategias de sobrevivencia. El avestruz puede representar a muchos de quienes, con razones inobjetables, claman por un cambio. Una convocatoria realmente amplia ha de comprender las causas del derrumbe del período “democrático” (del cual el llamado Pacto de Punto Fijo es solo una etapa) y las limitaciones e insuficiencia del modelo económico rentista (iniciado hacia 1936 con el final del gomecismo, expandido a partir de 1958 con la caída de Pérez Jiménez y, finalmente, en declive desde la crisis económica de 1983). De esa manera, se harán más perceptibles los profundos efectos de la detención o ralentización de la movilidad social que camufló la existencia de un país fallido (mayorías excluidas minorizadas e invisibilizadas por las ideologías dominantes) y la sensación de una nueva movilidad social, que se debe evaluar con el fin de ponderar si es solo un espejismo.

Para una tarea de tal magnitud, empero, no existen recetas. En la historia reciente de Venezuela lo que más se parece a buscar soluciones estructurales sea, quizá, la convocatoria multisectorial efectuada por la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (la COPRE) a mediados de la década de 1980. Lamentablemente, no solo se hizo tarde sino que su aplicación encontró múltiples resistencias en la dirigencia política.

¿Dónde estarán, a estas alturas, Juan Bimba y Pedro Rimales? ¿Creerán en las turbias aventuras e increíbles logros de Tío Conejo, se sumarán a ellos? Onza, Tigre y León eran los hermanos al servicio del despotismo del hato “El Miedo” en la alegoría galleguiana, nombre y garra de felinos.

¿Logrará el turpial volar como el cóndor? ¿Tendremos la fuerza para remontar las nubes y fijarnos en los claroscuros de nuestra historia? Solo así podremos pulir el diamante del sueño venezolano.

 

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

 

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo no será publicada.


*