La salvación viene de los judíos

Francis X. Maier, editor en jefe del Registro Católico Nacional, 1978-93, y secretario de comunicaciones de la Arquidiócesis de Denver, 1993-96: 

En una columna del Wall Street Journal de finales de noviembre, William Galston señaló que el antisemitismo ha crecido considerablemente desde 2015 en Europa central y oriental, una vez el hogar de la mayoría de los judíos europeos. En Polonia, Ucrania, Rusia y Hungría, un gran número de personas encuestadas creen que los judíos tienen demasiado poder en el mundo de los negocios y en los mercados financieros, hablan demasiado sobre la Shoah y tienen demasiado control sobre los asuntos globales.

El Holocausto es la mayor catástrofe moral del Occidente moderno. Pero sus lecciones parecen demasiado fáciles de olvidar. «La creación [1948] del estado de Israel», escribió Galston, fue la excusa para una nueva ronda de «la antigua acusación de deslealtad judía». Las acusaciones de deslealtad son hoy, nuevamente, «un hecho generalizado de la vida judía» – y no solo en Europa. A nivel mundial, el 38 por ciento de los encuestados por la Liga Anti-Difamación cree que los judíos son más leales a Israel que a la nación en la que viven.

En Europa occidental, la inmigración musulmana y la influencia política han agravado el problema. La violencia contra los judíos en Francia ha crecido más del 20 por ciento en los últimos años, y el rabino jefe de Gran Bretaña criticó públicamente al líder del Partido Laborista Jeremy Corbyn por el creciente antisemitismo en las filas de su partido, pocos días antes de las recientes elecciones de ese país. El odio a los judíos no es un monopolio de la derecha populista de Europa. La izquierda progresiva tiene su propia marca tóxica del mismo veneno.

En cuanto a los Estados Unidos: los estadounidenses suelen tener un bajo nivel de antisemitismo. Pero incluso aquí, el 33 por ciento de las personas encuestadas cree que los judíos son más leales a Israel que a su propio país. Y los crímenes de odio como el ataque a cuchilladas de diciembre contra judíos que celebran Hanukkah en Monsey, Nueva York, se están volviendo más comunes.

El antijudaísmo tiene una larga historia en la cultura cristiana. Fluye de las primeras y amargas luchas dentro de la comunidad judía sobre la identidad mesiánica de Jesús y la teología cristiana supersesionista  que siguió en los siglos posteriores. Pero fue Jesús mismo, obviamente un judío, quien dijo que «la salvación viene de los judíos» (Jn 4: 19-22), y el cristianismo no tiene sentido separado de sus raíces judías.

El Vaticano II buscó reformar y restaurar las relaciones católicas con la comunidad judía a través de su documento Nostra Aetate («En nuestro tiempo»). Y conforme a las declaraciones  de la Iglesia, Nostra Aetate fue un hito en el diálogo cristiano-judío, tan vital hoy como lo fue en su lanzamiento en 1965. Pero las palabras hermosas y las buenas ideas carecen de fuerza hasta que se materializan en una vida que las demuestra verdaderas en la acción. Y en ese sentido, nada encarnó la recuperación de las raíces judías del cristianismo con más fuerza, que la vida y la obra de Aaron Jean-Marie Lustiger.

Lustiger nació en 1926, en el seno de una familia inmigrante judía polaca. Su abuelo era rabino. Sus padres tenían una tienda de sombreros y cortinas en París. Eran, en gran medida, seculares en su vida hogareña, pero  apartaron  cuidadosamente a Aaron de las celebraciones y observancias católicas francesas. Sin embargo, el niño, de 10 años, encontró una copia del Nuevo Testamento; la leyó en secreto, y se convirtió, contra la voluntad de sus conmocionados padres, a la edad de 14 años.

Nunca abandonó su nombre judío. Añadió el nombre cristiano Jean-Marie en su bautismo, pero nunca perdió un profundo orgullo por su identidad judía. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial al abrigo de una familia católica francesa. Su madre murió en Auschwitz en 1942 y otros miembros de su extensa familia se perdieron en la Shoah. Luego se convirtió en sacerdote; sirvió como capellán en las universidades de París; eventualmente fue nombrado obispo de Orleans y finalmente cardenal arzobispo de París.

Lustiger tenía un intelecto vigoroso —fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1995— inmensa energía, gustos excéntricos en el arte, una prodigiosa producción de libros y charlas, y una personalidad más grande que la vida. Conocerlo y hablar con él, como lo hice en varias ocasiones, fue una experiencia inolvidable, como entrevistar a una locomotora detenida.

Atesoraba especialmente las oportunidades que tenía, más a menudo con el tiempo, para reunirse con líderes judíos, audiencias y estudiantes. Ello no siempre fue fácil. Los judíos a menudo ven a los judíos conversos al cristianismo como apóstatas y repudiadores de su comunidad. Lustiger respetó el sentimiento, pero no permitió que lo disuadiera de buscar amistades y socios de diálogo en la comunidad judía. Hacia el final de su vida, redactando su propio epitafio, resumió su autocomprensión cuando escribió: “Nací judío. Recibí el nombre de mi abuelo, Aaron. Habiéndome hecho cristiano por fe y bautismo, me he mantenido judío. Como hicieron los apóstoles.

El punto de recordar a Lustiger, quien murió en 2007 a la edad de 80 años, es simplemente esto: entendió que para los cristianos, el antisemitismo / antijudaísmo no es solo un mal, sino una forma particularmente fea de blasfemia y odio a sí mismo; un odio a nuestros propios orígenes y a nuestro arraigo en el Dios de Israel. Cualquier católico que busque profundizar su propia fe y aprender la importancia del judaísmo para los cristianos a través de las palabras de este cristiano profundamente judío y judío profundamente cristiano, solo necesita leer su Eligiendo a Dios, Elegido por Dios y La promesa.

Como Lustiger nunca dejó de enfatizar:

Una de las tragedias de la civilización cristiana es que se ha vuelto atea, al tiempo que afirma que sigue siendo cristiana. . . [El] destino reservado para los judíos es la prueba de si [nosotros] los paganos cristianizados realmente hemos aceptado a Cristo. Es realmente la prueba absoluta. Esto no es simplemente una cuestión de la relación entre el amor al prójimo y el amor a Dios. El judío sigue siendo, en un sentido muy preciso, el signo de la Elección y, por lo tanto, de Cristo. No reconocer la Elección de los judíos es no reconocer la Elección de Cristo. Y es: ser incapaz de aceptar la propia elección. La lógica, es implacable.

La única respuesta apropiada es: Amén.

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de The Catholic Thing.

Francis X. Maier
Miércoles 8 de enero de 2020
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Francis X. Maier ha servido como asesor principal y asistente especial del arzobispo Charles Chaput  durante 23 años. Anteriormente se desempeñó como editor en jefe del Registro Católico Nacional, 1978-93, y secretario de comunicaciones de la Arquidiócesis de Denver, 1993-96.