Solidaridad con los hermanos venezolanos

Manuel García Arévalo

Venezuela siempre ha sido tierra de promisión para los dominicanos. Desde la fundación de la República nuestros exiliados políticos, forzados a vivir fuera de su tierra, han sido acogidos favorablemente en la patria de Simón Bolívar. El más ilustre de todos, sin duda, fue Juan Pablo Duarte, quien vivió junto a su familia en Venezuela durante décadas hasta su deceso. Allá quedó la descendencia de su hermano Vicente Celestino Duarte y con ella la noble huella de su estirpe.

Durante la dictadura de Trujillo muchos dominicanos recibieron amparo en Venezuela. Y mientras anhelaban el retorno a su lar nativo, encontraron los espacios adecuados para desarrollar el potencial de sus habilidades personales y profesionales, formando familias e insertándose en la sociedad venezolana sin reparos sociales ni miramientos de índole alguna.

Entre ellos cabe destacar al músico Luis María “Billo” Frómeta, creador de la orquesta Billo’s Caracas Boys y autor de ese himno de esperanza y libertad que se titula Espera quisqueyana. Igual sucedió con otros muchos expatriados durante los 31 años que duró la dictadura, como fue el caso del licenciado Luis Felipe Mejía, diputado del Partido Nacional, quien se exilió en Venezuela tras la irrupción de Trujillo al poder en 1930. Lo mismo ocurrió con Nicanor Saleta Arias, que guardó prisión en la cárcel de Nigua por su participación en la conspiración de los estudiantes normalistas de Santiago, en 1934, y posteriormente fundó en Caracas la industria de mermeladas de la reconocida marca Melrose. Otro dominicano participante en dicho complot fue Sergio Manuel Idelfonso (Caporí), quien también se refugió en esa tierra y llegó a instalar allá una fabrica de calzados.

A ellos les siguieron muchos más que a través de los años abandonaron el país por temor a las represalias de la férrea tiranía. Cabe mencionar a los médicos Francisco Canto, Francisco Castellanos, Juan Isidro Jimenes Grullón, Toribio Bencosme, Manuel Álvarez Valverde y Eduardo Vicioso. Asimismo, a los abogados José Horacio Rodríguez, Rafael (Fellín) Moore Garrido, Miguel Ángel Gómez y César Romero. En adición a los hermanos Wilfredo y Rinaldo Sintjago Pou, Jorge Lister, Armando Kalaf, Felipe Cohen. El escritor y abogado Pedro A. Pérez Cabral (Corpito), Dato Pagán Perdomo, el arquitecto Teófilo “Telo” Hernández, el ingeniero Virgilio Álvarez Saviñón, Prudencio Canto, Frank Grullón, Enrique Jiménez Moya y Poncio Pou Saleta, entre otros, integraron también la colonia dominicana en tierra venezolana.

A la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y con el retorno de la democracia en Venezuela, los exiliados dominicanos se movilizaron para combatir al régimen trujillista y crearon la Unión Patriótica Dominicana (UPD). Por su parte, el Gobierno provisional que presidió el contralmirante Wolfgang Larrazábal aportó armas y una importante suma de dinero con la que se adquirió el avión que transportó a los expedicionarios que aterrizaron en Constanza, dando así inicio a la gesta patriótica de junio de 1959, en la cual participaron 13 heroicos voluntarios de origen venezolano. Esta solidaridad venezolana con la causa dominicana ocasionó que, el 24 de junio de 1960, el presidente Rómulo Betancourt fuera objeto de un atentado perpetrado por esbirros de Trujillo en el que varias personas perdieron la vida y el propio mandatario sufrió severas quemaduras que le dejaron lesiones permanentes.

La cordial acogida venezolana a nuestros connacionales no solo se ha circunscrito a los exiliados políticos. Baste recordar la ola de dominicanos y dominicanas que durante las tres últimas décadas del siglo pasado encontraron en la tierra de Bolívar un lugar de trabajo y bienestar para ellos y sus familias.

Son muchos los lazos históricos y culturales que unen al pueblo dominicano con Venezuela, vínculos que no deben ser olvidados en los actuales momentos que vive esa nación. Los desaciertos políticos y económicos del Gobierno de Nicolás Maduro han creado una crisis humanitaria de dimensiones catastróficas que, según la Organización de Estados Americanos (OEA), ha obligado a más 4.7 millones de venezolanos a desplazarse fuera de su patria. Muchos de ellos han arribado a suelo dominicano. De ahí que debemos devolverles la hospitalidad que en su momento nos brindó Venezuela a nosotros. Decía Máximo Gómez: “los dominicanos, que quizás tenemos muchos defectos, pero no somos ingratos”. Por eso, debemos honrar nuestra deuda moral de gratitud con los venezolanos otorgándoles una visa humanitaria que les permita acceder con facilidad a nuestro país, de la misma forma que en el pasado fueron ellos quienes nos abrieron las puertas a los dominicanos.

No es del todo grato vivir fuera de la patria. Los hijos de inmigrantes bien lo sabemos. Hemos visto la nostalgia reflejada en el rostro de nuestros padres, que siempre mantuvieron el constante anhelo de volver algún día al terruño amado.

Para el país que los acoge los inmigrantes constituyen un factor clave para motorizar el desarrollo y la expansión de sectores productivos y de servicios, convirtiéndose en copartícipes del desarrollo socioeconómico de toda nación. Desde finales del siglo XIX la República Dominicana recibió grandes contingentes de inmigrantes. Haitianos y otros afrocaribeños de las islas inglesas. Españoles, italianos y corsos. Árabes maronitas de origen sirio, libanés y palestino. Cubanos y puertorriqueños. Chinos, en su mayoría procedentes de Cantón. Y no podemos dejar de mencionar a los judíos establecidos en Sosúa o a los japoneses de Constanza. Todos estos grupos, entre otros, han contribuido sin ningún género de dudas al engrandecimiento de su patria de adopción.

Ahora les toca el turno a los venezolanos y debemos ser consecuentes y solidarios, facilitando su ingreso al país sin mayores cortapisas. Quienes agradecidos por la oportunidad que se les ofrece, aportarán con su esfuerzo y capacidad de trabajo al enriquecimiento del mestizaje étnico y cultural que caracteriza el perfil dominicano. Con sus arepas y cachapas, sus hallacas, tequeños y pan de jamón, para disfrute de todos.

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