LGBTQ-ismo

David Carlin, profesor de sociología y filosofía en el Community College de Rhode Island:

No sé cuántos de mis amigos o conocidos han cometido adulterio. Nunca les he preguntado. Pero me imagino que un buen número de ellos. Después de todo, vivimos en una edad sexualmente permisiva, y no sé por qué mis amigos y conocidos, que en su mayoría son estadounidenses normales, debieran ser especialmente inmunes  respecto de los pecados de la época. Además, el viejo doble estándar sexual (laxo para los hombres, estricto para las mujeres) se ha desvanecido durante mi vida. Y no se ha desvanecido por vía del aumento del estándar masculino; sino por la del descenso del estándar femenino. En general, el feminismo ha significado que a las mujeres ahora se les permite hacer cosas que hasta ahora se les permitía hacer a los hombres; no, que a los hombres se les exige que hagan cosas que hasta ahora eran femeninas.

En cualquier caso, si expreso mi desaprobación del adulterio (una desaprobación requerida por mi fe católica), mis amigos y conocidos adúlteros (sean quienes sean) no tendrán una reacción violenta a esta desaprobación. No dirán: «Eres un enemigo». No me acusarán de ayudar a hacer miserables las vidas de los adúlteros. No me acusarán de cometer el gran crimen de adulterofobia. No me llamarán adulterófobo.

Pero, si a diferencia de ello, expreso mi desaprobación de la conducta homosexual (otra desaprobación requerida por mi fe católica), muchas personas en el movimiento LGBTQ —junto con sus compañeros de viaje liberales— no dudarán en llamarme fanático y Odiador, un homófobo que contribuye a hacer miserables las vidas de las personas homosexuales (personas que «nacieron así»).

Y rechazarán, de antemano, mi defensa de que, al desaprobar la conducta homosexual, estoy simplemente siguiendo las antiguas enseñanzas de mi religión católica. Este rechazo tomará una de dos formas: (a) me dirán que pertenezco a una religión que odia a los homosexuales; o (b), negarán que el catolicismo, bien entendido, enseñe tal cosa. Me dirán que Jesús, al ordenar que amemos a nuestros vecinos (TODOS nuestros vecinos, no solo nuestros vecinos heterosexuales), revocó las condenas, a la homosexualidad, del Antiguo Testamento.

En cuanto a la denuncia de San Pablo, en el primer capítulo de su Carta a los romanos, de la conducta homosexual, me dirán que Pablo, aunque era un gran hombre, sufrió la tremenda desgracia de no vivir en el mundo moderno. Si lo hubiera hecho, sabría que un cierto porcentaje de la raza humana nace con una fuerte e inerradicable orientación homosexual; y habría sacado la conclusión teológica apropiada de ello, a saber, que Dios desea que esas personas participen en actos de sodomía homosexual.

Como bono adicional, estos defensores del LGBTQ-ismo a veces se toman la molestia de informarme que el famoso pecado de la antigua ciudad de Sodoma no fue, como alegan los homófobos, una conducta homosexual; sino, más bien, la falta de hospitalidad, el tipo de pecado que cometería un empleado, en la recepción de Marriott, que rehusare alquilarme una habitación; no, porque no hubiere vacantes, sino simplemente por malicia. Quizás esto explique por qué los empleados de Marriott nunca hacen eso; se dan cuenta de que tal malicia horrorizaría a Dios Todopoderoso.

¿Cómo es que yo sé todo esto? Por experiencia. Durante las últimas tres o cuatro décadas, de vez en cuando escribí artículos de opinión en periódicos, revistas, sitios web, y en Facebook, expresando mi desaprobación de la conducta homosexual. Estas expresiones de desaprobación raramente dejan de provocar gritos de horror de los tipos LGBTQ, o de sus compañeros de viaje liberales. Me dicen que soy un «enemigo», un «homófobo», un «fanático». A menudo, me dicen que sienten pena por mis alumnos, que se ven obligados a escuchar los desvaríos de un homófobo. A veces me dicen que mi desaprobación de la conducta homosexual indica que yo mismo debo ser un homosexual latente. Y dicen estas cosas, no de una manera caballerosa (o con femenina gentileza), sino con ira y vitriolo.

Consideran que la desaprobación de la conducta homosexual es igual en su maldad a la maldad del racismo. Y que así como no debemos poner límites a nuestras denuncias contra los racistas, tampoco debemos poner límites a nuestras denuncias contra los homófobos.

«¿Por qué», podría usted preguntar, «¿te sometes a este abuso verbal? ¿Por qué te molestas en decirle al mundo que desapruebas la homosexualidad? Si ellos saben que tú eres católico, sabrán que la desapruebas, sin necesidad de que tú lo digas. Si ellos saben que tienes una moral conservadora, entenderán que tu conservadurismo implica la desaprobación de la conducta homosexual. No es necesario que grites tu desaprobación.

Entonces, ¿por qué lo hago? ¿Por qué la «grito» de vez en cuando? Por unas cuantas razones.

Por un lado, veo el movimiento LGBTQ como un elemento importante, de hecho muy importante, de la actual y aparentemente interminable revolución sexual —una revolución cultural que, claramente, ha causado un daño tremendo a la sociedad estadounidense desde su inicio en la década de 1960, y que es probable que en el futuro (si no se la detiene) haga aún más daño.

Por otro lado, veo que la aprobación de la conducta homosexual equivale a la desaprobación del catolicismo. A este respecto, es como la aprobación del aborto. Porque, si apruebas el aborto, y la conducta homosexual, estás diciendo que la religión católica se ha equivocado con respecto a dos cuestiones morales realmente importantes, desde hace aproximadamente dos milenios. Y, si dices eso, estás diciendo que el catolicismo es una religión falsa.

Además, veo el tabú casi universalmente aceptado sobre el discurso «homofóbico», como una gran violación de la tradición estadounidense de libertad de expresión. Me niego a ser silenciado.

Finalmente, deseo dar un buen ejemplo a nuestros sacerdotes católicos (y obispos), quienes, en su mayor parte, se sienten intimidados por el movimiento LGBTQ —y por sus tontos útiles, algunos de los cuales están sentados en los bancos de las iglesias. Espero que mi pequeño ejemplo aliente a uno o dos sacerdotes a pararse en el púlpito y defender nuestra religión contra sus enemigos LGBTQ.
David Carlin
Viernes 7 de febrero de 2020

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de The Catholic Thing

 
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David Carlin es profesor de sociología y filosofía en el Community College de Rhode Island, y autor de The Decline and Fall of the Catholic Church in America [Descenso y Caída de la Iglesia Católica en Los EE. UU.