Alfredo Landa: católico, de derechas, monógamo y con una sólida escala de valores

El landismo, entendido como un fenómeno cultural de masas genuinamente español, estaba en plena efervescencia entre finales de los 60 y los primeros años de la década siguiente. Se había empezado a relajar la censura, hacía tiempo que venían las suecas a veranear a la Costa del Sol y aquello estimulaba la producción doméstica de hormonas, y además estaba cerca la muerte del dictador y el inminente boom del destape. Por entonces, Alfredo Landa era el actor cómico por antonomasia y participaba en una media de seis o siete películas al año –Las que tienen que servirNo somos de piedraSoltera y madre en la vida, etcétera, a modo de ejemplos testimoniales-, pero fue exactamente en marzo de 1970 cuando protagonizó uno de sus títulos más definitorios de su trabajo, de sus cualidades cómicas y, por extensión, del landismo como sensación del momento: Cateto a babor.

Llegó la película a los cines el 16 de aquel mes, hace ya 50 años. Funcionó admirablemente en la taquilla -era una época en la que el cine español atraía público, más que repelerlo; quizá no fuera muy bueno, pero era salado- y, con el paso de los años, se cobró una victoria decisiva: ha sido también la película española más vista en televisión, al acumular, en 1992 y durante un pase por TVE, una audiencia total de más de 10 millones de espectadores. Ningún otro título ha superado esos números. En el portal IMDB, la base de datos más completa sobre cine mundial, la puntuación que recibe Cateto a babor es la de un cinco pelado sobre 10, un aprobado justo, la nota que suelen merecer las anécdotas y las medianías. Pero en el contexto del cine popular de aquí, y en el del landismo en particular, su magnitud sería otra.

El actor y su mujer, Maite Imaz Armendi, en una imagen de 2004.El actor y su mujer, Maite Imaz Armendi, en una imagen de 2004.GTRES

Era Alfredo Landa, por aquel tiempo, más un seguro de vida que no otra cosa. Su demanda estaba en auge, y su rendimiento ante la cámara y vendiendo entradas era lo que mantenía a los productores frotándose las manos. Tampoco pasado desapercibido durante los rodajes a ojos de sus colegas. Fue un poco antes, en 1968, cuando sucedió el famoso episodio casi sexual que Landa explicaba en sus memorias, publicadas en 2008 con la colaboración del periodista Marcos Ordóñez: durante el rodaje de la película Un diablo bajo la almohada, la actriz protagonista, la sueca Ingrid Thulin, tuvo un flechazo y se le insinuó sexualmente, a pesar de que el marido de ella rondaba cerca y Landa, como siempre reconoció, no estaba para infidelidades. Católico, de derechas, monógamo y con una escala de valores más sólida que una pirámide egipcia, reconoció que aquello se quedó en un tonteo, en un escarceo platónico de la partenaire.

También explicaba cómo el libertinaje campaba en algunos de aquellos rodajes, y que una vez el productor Alfredo Matas le propuso participar en una cama redonda con Amparo Soler Leal y el actor Maurice Ronet, «a base de insinuaciones», pero que viendo el percal, decidió ignorar cualquier tipo de comentario para no participar de semejante circo.

Landa, en los años 70.Landa, en los años 70.GTRES

El rodaje de Cateto a babor -que se realizó en Benidorm, en pleno verano, con los ecos de la temporada turística retumbando a lo lejos- fue mucho más calmado, al no haber productores sátiros ni suecas libertinas. Al poco tiempo llegarían los títulos del destape, y el Landa de camisa planchada se convertiría en el Landa en calzoncillos que perseguía a mozas domingueras. Hasta que le llamaron Garci para El crack, y Mario Camus para Los santos inocentes, y el actor popular se destapó también como un actor integral. Pero para que eso sucediera, antes tuvo que foguearse en el cine cómico. Cateto a babor terminó siendo un hito comercial, pero también fue un sólido entrenamiento para quien, algunos ya lo sabían, era un genio de la interpretación.

JAVIER BLÁNQUEZ/ABC