En defensa de “la tercera edad” ante lo del coronavirus: Vejez, Divino Tesoro !

Frank Bracho:

Con profundo agradecimiento, amor y reverencia a todas las sabias personas mayores, bien que se hayan ido ò aún estén con nosotros; por todo lo que nos han enseñado en la vida.

Algunos de los lectores se sorprenderán del término “Divino Tesoro” aplicado a la vejez, por cuanto normalmente se aplica exclusivamente a la juventud. La razón, por supuesto, es ex-profeso, pues este trabajo es una apología de la hoy tan mala entendida y poca apreciada vejez. Ya en Venezuela unos dos millones de personas superan los 60 años; en un futuro serán muchos más; y, en definitiva, si sobrevivimos las etapas previas, todos algún día también seremos viejos (…y con “el gigantesco deslave poblacional migratorio” de los últimos años a muchos les ha tocado asumir un oneroso role desproporcionado de cuido o auto-cuido familiar con lo que ha quedado en Venezuela !) . En el Norte industrializado, el porcentaje de mayores es mucho más alto: en Estados Unidos por ejemplo, se estima cercano a los 40 millones de personas, mucho más que toda la población de Venezuela.
En cuanto al tema que nos ocupa, lo primero que tenemos que señalar es que para tener una vejez exitosa hay que tener una adultez, juventud e infancia exitosas.

La calidad de vida de todo ser humano, a su vez, está íntimamente ligada con la herencia genética de los padres y los valores inculcados por éstos sobre él. El entorno familiar social y ambiental también cuentan mucho. Cada individuo es un cumulativo de efectos y, con su acción presente, a su vez, produce nuevos efectos futuros. Para morir bien hay que vivir bien !


La vejez pues, no puede ser analizada en aislamiento de todos los factores en que se produce. La vejez es una etapa natural del incesante ciclo de gestación, desarrollo, maduración y declinación que caracteriza al proceso de la vida. Por tanto, la vejez debe ser encarada con tal concepción integral y en base al respeto a las leyes naturales. El éxito de la vejez estriba en poder sintonizarse con lo anterior.

En su sabio “quita y pone, la naturaleza, a cambio de la declinación física, le da a la vejez la posibilidad del don de una mayor sabiduría. En todas las sociedades tradicionales del mundo, se ha estimado y reverenciado las sabidurías de los mayores. En un continente de relativa mayor tradición que otros como Asia, aún se considera en muchos de sus países como algo natural y conveniente tener jefes de estado octogenarios: la sabiduría atribuida a la edad mayor inspira confianza y estima. En la tradición china, los cumpleaños solo se empiezan a celebrar a partir de los 50, en la creencia de que la celebración cabe solo cuando se tiene una obra importante que mostrar, lo que se vincula a la edad mayor (!). En la tradición indígena a nivel mundial, es común referirse a los sabios o chamanes con términos como “ancianos” o “abuelos”.

Ante todo lo anterior, cuán distinto pues, se ve a la vejez en la sociedad moderna; pareciera que los viejos no calzan en ella. Tiende a vérseles más bien, como “anticuados” o como una “carga”. La modernidad rinde más bien culto a la juventud y a lo nuevo, privilegiando los valores materiales sobre los espirituales. Las presiones del materialismo competitivo moderno han hecho, además seria mella en la integridad familiar: poco queda de las vibrantes familias ampliadas del pasado, extendidas, más allá de padres e hijos, a abuelos, nietos y primos, todos en estrecha comunión. Aún la elemental familia nuclear (sólo padres e hijos) se ha visto fragmentada. Como resultado de todo esto, ha surgido en el mundo industrializado la anti-natura institución de los albergues de ancianos o “ancianatos”, especie de depósitos a donde van a parar seres humanos por no tener familias que los puedan atender -privando a los ancianos de su necesidad de calor humano normal del complementario ambiente multi-edad (jóvenes y viejos juntos), y del inherente deseo de los mayores de transmitir experiencia a los más jóvenes.

Se dice con frecuencia que hay que agradecerle a los adelantos médicos modernos el que no estén permitiendo vivir más años. Ello es sólo una media verdad; aplicable a períodos relativamente recientes de la historia humana y a la materialista-urbana civilización occidental en que nos desenvolvemos. Para periodos más antiguos y otras culturas, ello no es necesariamente cierto. Pero aun si aceptamos el alegato de que, dentro de la actual cultura hoy podemos aspirar a vivir hasta los 70-80 años, de qué sirve ello si se muere en medio de la penosa agonía de un cáncer o una arteriosclerosis, o de la demencia o decrepitud, o aun peor, en una “sala de terapia intensiva”, crucificado por tubos y aislado de los seres queridos y ¿la atención espiritual?.

Demasiados ancianos hoy en día están muriendo de esa manera.
Por otro lado, el logro de una mayor edad dista de ser exclusivo de la cultura occidental. Hurgando en otras tradiciones, por lo demás mas ancestrales, encontremos no sólo muestras de alta longevidad, sino, además , en edades superiores a los promedios de la cultura moderna. Aún más importante se trata de longevidad placentera o con una auténtica calidad de vida: en contraste con el caso moderno. El célebre estudio del Dr. (Médico) Alexander Leaf, publicado en la revista National Geographic, en su número de enero de 1973, sobre sociedades célebres por su longevidad, se concentró en tres culturas tradicionales rurales (ninguna moderna o urbana), ubicadas mayormente en lo que hoy se considera despectivamente como “el Sur subdesarrollado” o “Tercer Mundo” (no en el “Norte desarrollado”). Los tres casos fueron: Vilicabamba, en Ecuador, Hunza, en Pakistán, y Abkhasia, en el Cáucaso, al sureste de la antigua Unión Soviética.

En Vilicabamba, se encontró una proporción aproximada de un anciano centenario (mas de 100 años) por cada 100 habitantes, comparada con uno por, aproximadamente, cada 30.000 en los Estados Unidos, en ese entonces: O sea, la pequeña Vilicabamba tenía, proporcionalmente, 300 veces mas centenarios que Estados Unidos ¿En la región caucásica, la National Geographic llegó, incluso, a identificar a un hombre de 168 años de edad, que aun cabalgaba en caballo y trabajaba la agricultura, al tiempo que tenía una esposa de 120 años, con quien había estado casado por 102 años ¿La confesión siguiente del Dr. Leaf es particularmente reveladora: “Fue la buena forma en que estaban los ancianos, mas que su gran edad, lo que me impresionó más” (volvemos al punto de la importancia de la calidad por sobre la cantidad).
En los tres casos del estudio, luego de muchas consideraciones y observaciones, resaltan para el lector las siguientes 5 claves, a fin de explicar tan exitosa longevidad: la herencia genética (“la mayoría de los longevos procedían de padres longevos” –señala el estudio), una alimentación sana (mayormente en base a vegetales), agua y aire puro, ejercicio físico, y sentirse útiles y apreciados por la comunidad.

El Dr. Keshava Bhat, en su libro “El sentido de la Vida…”, donde, entre otras cosas, da valiosas recomendaciones para l a edad mayor, decanta todas las claves anteriores en el ritmo de ventilación o de inhalación/exhalación, comparando al ser humano con algunos animales, y destacando como regla general que, a mas lento o profundo ritmo ventilatorio, mayor longevidad. Así, la tortuga, capaz de vivir hasta 300 años, tiene un ritmo de 5 inhalaciones/exhalaciones por minuto, al ser humano, capaz de un ritmo de ventilaciones de 20 veces por minuto, puede vivir hasta 120 años, el perro, no pasa normalmente de los 12 años, teniendo un habitual ritmo de 40 veces por minuto. Aún mas, según el Dr. Bhat, el ser humano incluso tiene capacidad de lograr un ritmo de 12 ventilaciones por minuto, lo que le permitiría alcanzar los 200 años de vida ¡Claro está, tal facultad requeriría de una vida muy sana y serena!.

Personalmente hemos podido visitar, en 1992, una de las tres culturas del estudio de National Geographic, la del Valle de Hunza. Constatamos que, pese a la enorme penetración de la sociedad moderna, gracias a una gran carretera que desde 1982 había vinculado a Hunza con el mundo moderno, aun sobrevivían testimonios vivientes de su célebre longevidad. Pudimos conocer longevos de 90 años y más, de rostros rozagantes y curtidos por el diario trabajo en el campo, así como saber de las fuentes locales consultadas que “la alimentación tradicional de tales personas se había basado, en efecto, en rubros como el arroz, verduras, yogur y orejones de albaricoque”.

Lamentablemente, en cuanto a la mayor parte de Hunza, tuvimos que coincidir con el desolador reportaje de la Revista Integral de julio de 1988, que habíamos visto antes de nuestra visita: “Los Hunza, el mítico pueblo aislado en las montañas de Karakorum que no parecía conocer la vejez ni las enfermedades, ha caído también en “las garras de la civilización”. La construcción de la carretera Karakorum rompió su secular aislamiento y les llevó azúcar, los refrescos, y las mismas galletas y chulerías que se comen en el resto de Pakistán” Una situación similar han vivido el Cáucaso y Vilicabamba. El advenimiento de “la civilización moderna”, contrariamente al estereotipo de inequívoco progreso con que se le vende, ha caído sobre estas sociedades como una especie de “sida cultural” que ha derrumbado su milenariamente probado sistema inmunológico de buena salud y longevidad.

En Venezuela, hemos visitado también, unos 5 años atrás, a un lugar de fama longeva: el pueblo de Gavidia, a unos 3000 metros de altura en los Andes merideños . La receta de sana longevidad de los gavidianos que pudimos discernir es básicamente la misma de las poblaciones estudiadas en el artículo de National Geographic. “La alimentación tradicional se basa en rubros locales como los siguientes: habas, trigo, papas, hojas de nabo o saní, michurui (una planta de la zona), y la predilección, en particular de los gavidianos de consumir un atol o fororo compuesto de harinas de trigo, habas, maíz, leche (fresca, de vaca) y panela -un alimento, por si sólo, prácticamente completo”.

Por cierto, hablando de este tipo de alimento, cabe recordar también su exaltación en una cultura tan tradicionalmente longeva como la china, tal como lo reseña el siguiente aserto de Lu You, poeta de la Dinastía Song, en el siglo XXI: “Todo mundo sueña con tener una larga vida, sin saber que los métodos para prolongaría está a nuestro alcance. Yo aprendí de Wanqiu un método simple: tan solo el consumo de atoles puede hacerlo a uno inmortal”.

Volviendo a Gavidia, “el agua de manantial y aire puros, y el ejercicio tampoco faltaban, así como la plena integración de los mayores con la comunidad”. Pero, por lo que pudimos asimismo observar, Gaviria también ha sufrido en los últimos tiempos un deteriorante asalto de “la actual civilización”, a través, igualmente, de una carretera que lo ha vinculado al “mundo moderno”.

En suma, observando los rasgos de la vida moderna, y contrastándolos con los de las longevas sociedades tradicionales estudiadas, encontramos que tales rasgos conspiran, en verdad, contra la longevidad exitosa, por ser prácticamente lo opuesto a lo sanos hábitos de las sociedades tradicionales. La alimentación moderna, además de altamente sesgada hacia el consumo de carnes y grasas animales, es muy poco natural, el sedentarismo, en general, es norma en los hacinados ambientes urbanos, el agua y el aire puro brillan por su ausencia. y los ancianos son tempranamente condenados a la “jubilación” o desactivación de la vida comunitaria o familiar útil.

Quizás la carencia mas patética de los mayores en la sociedad moderna sea la espiritual-afectiva, sobre todo, al castrárseles su inherente misión existencial de transferir enseñanza, y, por, ende, de sentirse útiles y apreciados. Quién podía desconocer, en ese sentido, una complementariedad tan conmovedoramente perfecta como la del paciente y sabio abuelo con el nieto inquieto y hambriento de conocimiento. En cuanto a esto último, es especialmente revelador la siguiente confesión de una especialmente querida amiga mayor de 83 años, hoy ausente pero cuya amistad, por dicha, pudimos disfrutar por varios años: “Yo me llevo muy bien con los niños. Un día una bisnieta me preguntó “¿Por qué tu sabes tanto?” Y yo le pregunté por qué me decía eso. Y ella me dijo: “porque tu siempre contestas a todas mis preguntas” Y yo le comenté que mis muchos años y experiencia eran los que me habían hecho aprender muchas cosas. Sin embargo, se que muchos padres les piden sus hijos que no les hagan preguntas “difíciles”, que no quieren responder por falta de paciencia.

Claro está , la degeneración de la actual sociedad al tender a producir ancianos insanos, rompe el ciclo virtuoso natural del abuelo sabio que automáticamente suscita el respeto y la devoción del joven, y lo sustituye por el ciclo vicioso del abuelo “cascarrabias”que suscita el menosprecio o rechazo del joven. Esto último se refuerza por el culto a lo nuevo e irreverencia por lo viejo con que la cultura moderna tiende a “educar” a los jóvenes de Hoy, olvidando la máxima de que “El estudiante y el maestro deben siempre recordar que lo nuevo no es necesariamente la verdad y la verdad no es necesariamente lo nuevo”, y olvidando los jóvenes, además, que ellos también terminará en viejos.

Otra muy apreciada amiga mayor, una orgullosa ex -docente cercana a los 90 años, me brindó el privilegio de compartir conmigo un escrito que ella había hecho años atrás sobre un singular tema: el valor de nuestras manos, tratado por ella en forma inusitadamente amena y atractiva. Algunos de los pasajes de su escrito son reproducidos a continuación: “Ahora la máquina reemplaza la mano con perfección matemática, pero falta en la obra el calor de lo humano. Es el progreso, el avance de la técnica que así lo requiere y lo necesita la humanidad. Pero no dejemos, por el exceso de servicio, de comodidad, que nuestras manos sean ineptas, se atrofien, pierdan habilidad……Nuestras abuelas tejían los escarpines y hacían la ropita del nuevo bebé, zurcían las medias , cosían los ruedos, etc…., manejaban la aguja con destreza. Hoy la juventud desconoce las técnicas de la costura. El ocio es mal compañero, el trabajo continuo cansa, la soledad entristece, pero busquemos algo que nos entretenga aunque sea efímero. Nuestras manos nos ayudarán y están siempre prestas a interpretar lo que les pidamos No manejes un arma , maneja una herramienta de trabajo. El arma te conduce a una prisión, la herramienta da poder para alimentarse y vivir tranquilo y libre. Palabras llenas de la sabiduría de quien, en carne propia, ha visto muchas cosas pasar en el tiempo, y tiene el deseo intenso de compartirlas con los que vienen atrás”.


Viene también a colación para mi, las diferencias en mi juventud con mi recordada madre cuando, a partir de una ingenua prepotencia de educación moderna pretendía yo descalificar la validez de los brebajes de hierbas que ella solía prepararse, de vez en cuando, para atender sus afecciones de salud. ¡ Que ironía que años después, en mi edad adulta, yo validaría , en carne propia y en forma elocuente, las bondades de la “medicina herbolaria” y el Naturismo!. Felizmente, tuve oportunidad para expresarle de diversas maneras, mi “mea culpa” y reconocimientos, antes de que ella nos dejara, y hasta llegar a ser un “terapeuta natural” mas avanzado de loo que ella fue, para asistirle en sus últimos tiempos –reivindicando lo que ella me había tratado de enseñar fallidamente durante mi juventud, y para su beneficio e una etapa en que ella ya no podía valerse por si sola.

Cabe destacar que no es que la sociedad moderna carezca de diagnósticos acertados para manejar correctamente la vejez. (El diagnóstico en base a estudios modernos reseñado en el diario El Universal del 7-6-98 que anexamos, es elocuente y coincide la sabiduría tradicional). El problema estriba en las incongruencias en la práctica, bien por fragmentación (la gran enfermedad del pensamiento moderno) o intereses creados que impiden la coherencia.

La forma en que se encara la vejez en la sociedad moderna está estrechamente ligada, como sugeríamos al principio de este análisis, con la forma en que se encara la muerte. En la cultura moderna se piensa muy poco en la muerte y, de hecho, se le tiende a ver como algo ominoso y algo que se niega con estupor. En verdad, si nos ponemos a pensar, desde el primer día en que nacemos lo único seguro en todo lo que tenemos por delante es que vamos a morir. Todo lo demás en el desenvolvimiento de la vida es incierto, pero la muerte es inexorable y, a pesar de todo lo que nos cuidemos, puede incluso ocurrir en cualquier momento a través de un imprevisto accidente. Luego, lo inteligente es que no dejemos de prepararnos para la muerte, aceptándola como la “otra cara de la moneda” y que, mientras podamos, vivamos la vida plena y responsablemente. Esto último de hecho es la mejor preparación para aumentar las probabilidades de una muerte sana. A la luz de todo lo anterior, debe entenderse el siguiente aserto compartido por muchas tradiciones espirituales: “La muerte es una sabia compañera que nos recuerda que hoy toca vivir”.

Como lo ha dicho el Dalai Lama en su prólogo al “Libro Tibetano de la Vida y la Muerte”: ”No podemos esperar una buena muerte si nuestra vida ha estado llena de violencia, si nuestra mente ha estado agitada principalmente por emociones como la ira. El apego o el miedo. Por tanto, si deseamos morir bien, hemos de aprender a vivir bien, manteniendo las esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz en nuestra mente y en nuestra manera de vivir”. El Dr. Obdulio Grubber Matos, en su libro “Como Vivir Sano y Feliz después de los 60”, escrito por él a la edad de 74 años, ha ido mas allá con las siguientes profundas reflexiones: “El espíritu bien cultivado nunca envejece, ni mucho menos perece. La muerte es solo una mutación, una transformación, un cambio de nivel: El hombre, en este plano, tiene la misión de morir de pie como los árboles, pero solamente en lo material… El viejo consciente de si mismo ya no es el mismo, puesto que ha renacido a una vida nueva, el sabe que la muerte no es sino una transformación, un cambio de dimensión”.

Y qué mas cátedra sobre lo anterior que nuestro propio cristianismo: “Jesús de Nazaret triunfó sobre la muerte..Su Reino es eterno…Él vino a vencer al mundo y al  tiempo” !

El memorable estudio de la revista National Geographic sobre las claves de la longevidad exitosa cierra con un dialogo del autor con una anciana de 110 años. A quien él le pregunta afanosamente la razón de haber vivido en tan buena salud por tanto tiempo. La anciana le replicó: “No se lo puedo explicar en términos científicos, pero, simplemente, parece haber algo especial en la forma en que aquí vivimos”. Se trata del mismo mensaje de fondo del sabio texto clásico chino “El Verso de los Diez Ancianos Longevos”, anexado también a este trabajo, y en el cual se añaden “otras orientaciones afines a las ya destacadas, tales como el reposo adecuado, y el abstenerse de vicios como el alcohol y el tabaco”. No hay, pues, una sola fórmula mágica: se trata de todo un estilo de vida sano, que comprende, idealmente, toda la trayectoria desde el embarazo, hasta la muerte, y no sólo al individuo sino también a su entorno social, espiritual y medio –ambiental, en armonía con las leyes de la Naturaleza y de Dios !

Teniendo en cuenta todo lo anterior y el particular venerable significado de la vejez, así como para contrapesar a la erradamente nostálgica forma en que se evoca la frase “Juventud Divino Tesoro”, cabe recalcar que la vejez también debe ser vista como un Divino Tesoro, al igual que todas las otras principales etapas del preciado y sagrado de la Vida , don brindado por el Creador para nuestro pleno y responsable disfrute, en cumplimiento de una misión de trascendencia.

El Prebístero José María Rivolta, por cierto también un ilustre octogenario que, Presidente de los Hogares CREA, expresa la siguiente enseñanza: “El ave sigue cantando aunque la rama en que esté posada cruja, porque ella sabe que tiene alas” (!!).Una sabia forma de encarar la vejez y la muerte, en su alto significado, en forma sana, feliz y humana !