Cuentacorriente

Isaías A. Márquez Díaz: 

La dinámica que ha interpuesto una eventualidad de envergadura a causa de la ralentización por la  pandemia de coronavirus COVID-19 más la reducción de producción y consumo de petróleo a fin de mitigar la emisión  de gases de efecto invernadero (GEI), ya convenida en la COP21 o Acuerdo de París (12/2015) nos harán navegar contracorriente ante un mundo que inopinadamente sufrió una revolución con todo y a muerte, pues se augura nuevas reglas en las relaciones sociales y comerciales, los hábitos de consumo. Y, en el peso de los regímenes ante el mercado. La humanidad está marcada por cicatrices y memoria.

La combinación de ambas implica el otrora y lo que serán. Viene a colación la hiperinflación de la República de Weimar (1918-1933) que pesa, aún, en las políticas alemanas y su austeridad, así como la Gran Depresión de 1928 que dejó en los estadounidenses un sentido de “no malgastar” (waste not, want not), así como la crisis financiera 2008-2009 y su legado de precariedad e inequidad, que todavía impacta la vida de millones de personas en muchas democracias occidentales. Pero, toda hecatombe es diferente. El Crac del 29 y la II Guerra Mundial (1939-1945) indujeron  a las bases del moderno estado de bienestar, así como la influenza pandémica de 1918 coadyuvó en la creación de los sistemas internacionales de salud en la  CE actual.

Oportuna cita de Efesios 5,15-17: “A ver cómo se comportan; que no sea como insensatos, sino como inteligentes, aprovechando el tiempo, porque los días son malos, no actúen como necios, sino procuren conocer cuál es la voluntad del Señor,…”.

En efecto, toda calamidad podría trascender en una herencia de secuelas, traducidas en recuerdos y heridas. También los cambios, aunque resulte ilógico que esta experiencia inaceptable de mascarillas, alejamiento y/o aislamiento social (confinamiento), pérdidas humanas y diferimiento de la vida no traerá consecuencias tras culminación de la pandemia. Es muy prematuro como para pronosticar cuáles. Pero, sobreviviremos, quizá con creces.  ¿Por qué no?

Estamos en un punto álgido, desafiante, decisivo e  ineludible de la humanidad al que no podemos rendirnos, sino afrontar con actitud firme y puntual o nos señalarán por nuestra indiferencia perniciosa.

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